Por Carlos Merenson — La (Re)Verde

La mayor parte de los debates políticos contemporáneos gira alrededor de las mismas preguntas: ¿qué modelo económico genera más crecimiento?, ¿cómo distribuir mejor la riqueza?, ¿qué tipo de Estado resulta más eficiente? Antes de discutir cualquiera de estas cuestiones, sin embargo, convendría formular una pregunta más elemental: ¿es realmente posible la sociedad que estamos imaginando?

Posible no en términos electorales, financieros o tecnológicos. Posible en el único sentido que finalmente importa: compatible con los límites biofísicos del planeta, con una distribución justa de sus beneficios y costos, y con instituciones democráticas capaces de decidir colectivamente sobre el uso de la energía, los materiales y los territorios.

Durante décadas se enfrentaron distintas concepciones del desarrollo. Algunas privilegiaron el crecimiento económico aun a costa del ambiente; otras buscaron mayor igualdad social sin tocar la lógica productivista; otras depositaron su confianza en el mercado, en el Estado o en la innovación tecnológica. Todas compartieron, pese a sus diferencias, un mismo punto ciego: casi ninguna se preguntó si la organización social que proponían podía sostenerse indefinidamente sin destruir las condiciones que hacen posible la vida.

La crisis ecosocial global cambia el orden de las preguntas. Ya no alcanza con evaluar si un sistema produce riqueza, innovación o estabilidad política. Lo decisivo es si puede reproducirse en el tiempo sin erosionar la base material de la que depende, sin trasladar sus costos a los sectores más vulnerables y sin privar a las comunidades de la capacidad de decidir sobre su propio destino.

Desde esta perspectiva, cualquier proyecto político puede evaluarse mediante tres criterios inseparables: la viabilidad biofísica, la justicia ecosocial y la democracia del metabolismo. Juntos conforman lo que puede llamarse la Trilogía de lo Posible.

Conviene distinguir esta Trilogía del difundido esquema de las tres esferas del desarrollo sostenible —social, económica y ambiental—, del que a primera vista podría parecer una variante. La diferencia no es de vocabulario sino de arquitectura. En el diagrama clásico, las tres esferas son magnitudes equivalentes que se superponen hasta encontrar un punto de equilibrio: la economía figura como un círculo más, del mismo rango que lo social y lo ambiental, y lo sostenible aparece como la intersección negociada entre ellas. Es la lógica de la sustituibilidad de capitales que la economía ecológica llama sostenibilidad débil.

La Trilogía de lo Posible invierte ese orden. La viabilidad biofísica no es una esfera que se pondera contra las otras dos, sino la condición que las antecede: no hay intersección posible entre los límites termodinámicos del planeta y las decisiones económicas, porque no pertenecen al mismo tipo de magnitud. Y donde el esquema de las tres esferas trata la economía como un dato autónomo, la Trilogía disuelve esa autonomía —la actividad económica es siempre un subsistema del metabolismo social— y agrega lo que ningún diagrama de sostenibilidad contempla: la pregunta por quién decide. La democracia del metabolismo no tiene equivalente en el triángulo clásico, y esa ausencia no es casual: ese modelo fue pensado para gestionarse sin necesidad de democratizar nada.

La primera dimensión es la más básica y también la más ignorada por el pensamiento económico dominante: si una sociedad se puede sostener dentro de los límites biofísicos del planeta.

Toda economía es un subsistema de la biosfera. Extrae energía y materiales, los transforma mediante trabajo humano y tecnología, y devuelve residuos al ambiente. Ninguna actividad económica escapa a esta condición material. Buena parte del pensamiento económico dominante, sin embargo, sigue actuando como si la economía fuera un sistema autónomo, capaz de expandirse indefinidamente gracias a la innovación tecnológica o a los mecanismos del mercado.

La realidad es otra. Los ecosistemas tienen capacidades limitadas de regeneración. Los minerales de alta ley se agotan. La energía exige esfuerzos crecientes de extracción. Los suelos se degradan, los ciclos hidrológicos se alteran, el clima cambia. Ignorar estos límites no los hace desaparecer. Respetarlos es la primera condición de posibilidad de cualquier proyecto histórico. Lo imposible no se vuelve posible porque exista voluntad política, rentabilidad económica o consenso social.

Pero la viabilidad biofísica, siendo indispensable, no alcanza.

Una sociedad podría mantenerse dentro de ciertos límites ecológicos y, al mismo tiempo, distribuir de manera profundamente desigual los beneficios y los costos de su funcionamiento material. La historia ofrece numerosos ejemplos de sociedades relativamente estables desde el punto de vista ambiental que descansaban sobre relaciones extremas de explotación, privilegio o exclusión.

La pregunta deja de ser cuánto consume una sociedad para volverse otra, más incómoda: quién consume, quién se beneficia, quién paga las consecuencias.

Las poblaciones más pobres suelen ser las que menos contribuyen a la degradación ecológica y las que soportan con mayor intensidad sus impactos. Numerosos territorios periféricos sostienen, del mismo modo, enormes niveles de extracción destinados a satisfacer patrones de consumo concentrados en sectores privilegiados o en los países centrales.

La justicia ecosocial exige distribuir de manera equitativa tanto los beneficios como las cargas del metabolismo social. No existe transición ecológica legítima si reproduce desigualdades estructurales o desplaza sus costos hacia otros territorios, otras generaciones o los sectores históricamente más vulnerables.

La tercera dimensión suele ser la menos discutida, aunque probablemente sea la más política de todas: quién decide sobre los flujos de energía, materiales, trabajo e información que toda sociedad organiza, con qué criterios y en beneficio de quién.

El modelo energético, la ocupación del territorio, el aprovechamiento de los bienes naturales, las infraestructuras de transporte o las formas de consumo no son cuestiones exclusivamente técnicas: son decisiones profundamente políticas. Gran parte de ellas, sin embargo, permanece hoy concentrada en corporaciones, mercados financieros, burocracias estatales o élites tecnocráticas que operan lejos del control ciudadano.

La democracia del metabolismo propone ampliar el campo de la deliberación democrática hacia las decisiones que configuran la relación material entre sociedad y naturaleza. No se trata únicamente de elegir gobernantes cada cierto número de años, sino de democratizar las decisiones que determinan cómo producimos, qué extraemos, qué consumimos y qué legado dejamos a las generaciones futuras.

Una sociedad ecológicamente viable y socialmente justa difícilmente pueda consolidarse de manera duradera si carece de mecanismos democráticos capaces de orientar colectivamente su transformación.

La fortaleza principal de la Trilogía de lo Posible reside en impedir que la complejidad de la crisis contemporánea quede reducida a una sola dimensión.

La viabilidad biofísica sin justicia ecosocial puede desembocar en formas de eco-autoritarismo. La justicia ecosocial sin respeto por los límites materiales termina chocando contra restricciones ecológicas insoslayables. La democracia, cuando ignora esos límites, puede incluso legitimar decisiones colectivamente autodestructivas. La sostenibilidad ecológica y la justicia distributiva, del mismo modo, difícilmente puedan sostenerse si las decisiones fundamentales permanecen concentradas en estructuras de poder inaccesibles para la ciudadanía.

Las tres dimensiones no compiten entre sí. Se necesitan mutuamente.

La Trilogía de lo Posible no es un programa político cerrado ni una nueva ideología. Es, ante todo, un criterio de evaluación: permite analizar gobiernos, políticas públicas, proyectos empresariales o sistemas económicos completos mediante tres preguntas simples y decisivas —¿es biofísicamente viable?, ¿es ecosocialmente justo?, ¿es democráticamente gobernable en la gestión de su metabolismo?

Si alguna de esas condiciones falta, la propuesta podrá parecer innovadora, rentable o electoralmente atractiva. Pero difícilmente pueda considerarse sostenible en el sentido profundo del término.

La gran tarea política del siglo XXI ya no consiste únicamente en administrar lo deseable, sino en distinguir con claridad lo posible de lo imposible. Toda organización social que viola los límites ecológicos reproduce la injusticia o concentra las decisiones fundamentales puede imponerse durante un tiempo. Pero tarde o temprano termina chocando contra las condiciones que hacen posible su propia existencia.

Antes de discutir cuánto crecer, cómo distribuir o quién debe gobernar, conviene formular estas tres preguntas más básicas. Allí empieza, quizás, la verdadera política de nuestro tiempo.