Del «no pasarás» a una teoría política del límite

Por Carlos Merenson – La (Re) Verde


La escena —manifestantes caracterizados como el mítico mago Gandalf frente a la residencia porteña del magnate Peter Thiel— lejos de ser una mera anécdota condensa una transformación política cuyo alcance recién comienza a instalarse en el debate público. Interponiendo sus báculos y túnicas contra el desembarco de uno de los actores más influyentes del capitalismo tecnológico[1] contemporáneo, y al grito de «¡No pasarás!», la original protesta no solo logró ser ampliamente visualizada, sino que también impugnó la lógica de un actor que ha hecho del control y la vigilancia su modelo de negocios.

Recurrir a la mitología de J.R.R. Tolkien para enfrentar a uno de los hombres más influyentes del planeta no es una excentricidad. Es la respuesta adecuada al simbolismo que el propio Thiel inauguró al bautizar a su empresa insignia como Palantir, en referencia a las piedras videntes que en la obra de Tolkien permiten la comunicación y la visión a distancia, pero que en manos de Sauron y el corrompido Saruman se convierten en instrumentos de vigilancia y manipulación. De esta manera, el nombre elegido para la empresa quedó asociado a ese imaginario del ojo que todo lo ve, de un poder capaz de observar allí donde otros no pueden hacerlo, un poder que no reconoce fronteras. La respuesta ciudadana con la figura de Gandalf no es otra cosa que un contraataque en la guerra de los símbolos: la interposición de la autoridad moral que busca poner límites frente a la voluntad de dominación técnica absoluta.

Peter Thiel ha construido un imperio sobre la premisa de que la visión total es equivalente al control total. En la mitología tolkieniana, las palantíri son herramientas de comunicación y visión que, cuando caen en manos equivocadas o son utilizadas con voluntad de dominación, se convierten en instrumentos de vigilancia y manipulación. No son intrínsecamente malignas, pero su peligro radica en que concentran la capacidad de ver sin ser visto, y por eso, cuando quedan subordinadas a una voluntad de dominación, pueden convertirse en instrumentos de vigilancia y manipulación. Frente al vidente total que Thiel representa, Gandalf emerge como la figura que no desea poseer el poder, sino contener su desborde. La ficción ofrece una gramática particularmente eficaz para señalar aquello que el lenguaje tecnocrático oculta: la diferencia entre autoridad para contener y dominación para acumular. La expansión de las tecnologías de vigilancia no es un proceso políticamente neutral: plantea preguntas sobre autonomía, concentración de poder y control democrático que el lenguaje tecnocrático suele ocultar.

La consigna «No pasarás» coreada por los manifestantes abre las puertas a una política del límite que, para el ecologismo, resulta una distinción ética fundamental: la comprensión de que no todo lo que es técnicamente posible es social o ecológicamente legítimo. La crisis contemporánea emerge de invisibilizar este umbral. El problema de nuestro tiempo es que hemos confundido la capacidad de hacer cosas con el derecho a hacerlas. Esa distinción, que parece evidente, se ha ido debilitando bajo la influencia de una cultura económica que identifica libertad con ausencia de restricciones y progreso con expansión ilimitada.

El interés de Thiel por Argentina revela la convergencia entre el nuevo capitalismo tecnológico y el capitalismo extractivo. La reciente adquisición de una participación en Vista Energy, uno de los principales actores de Vaca Muerta, convierte esa conexión en algo más que una metáfora. Mientras el capitalismo tecnológico procesa datos y algoritmos, el extractivismo busca la valorización de los flujos de energía en la formación geológica más importante del país y una de las más grandes a nivel global. Ambos operan bajo la misma pulsión: tratar al mundo como un reservorio de recursos disponibles para la apropiación.

Este nuevo poder, que combina el silicio con el hidrocarburo, se apoya en la inteligencia artificial y el big data como herramientas de predicción y control social, en la industria militar como extensión de la vigilancia, en el capital financiero global como capacidad de doblegar soberanías estatales, y en una particular concepción de la libertad económica que considera los límites democráticos como meras «fricciones» a eliminar. Todo esto descansa sobre el pilar del productivismo: la fe ciega en que cualquier daño ecológico actual será resuelto por una innovación técnica futura.

El hecho de que los manifestantes se caracterizaran como Gandalf el Gris puede leerse como una imagen particularmente eficaz de la política del límite: el Gris, en la ficción, es el que advierte, el que persuade, el que no impone su voluntad. Es la ciudadanía que señala el peligro antes de que sea demasiado tarde. Su poder está deliberadamente limitado: no puede obligar, solo puede orientar.

Pero la política del límite no puede detenerse en la advertencia. Cuando el poder sigue avanzando y la persuasión resulta insuficiente, la resistencia necesita escalar. En la ficción, Gandalf el Gris muere en Moria enfrentando al Balrog y retorna como Gandalf el Blanco, con una autoridad renovada para completar una misión inconclusa. En el plano político, el Blanco no puede ser un líder providencial que recibe poder de arriba. Tiene que ser el momento en que la advertencia se vuelve ley, cuando la ciudadanía deja de solo señalar el peligro y comienza a establecer límites vinculantes mediante procedimientos colectivos.

El Gris advierte; el Blanco institucionaliza. No como etapas superiores e inferiores, sino como dos funciones de una misma misión: la capacidad ciudadana de advertir y resistir, por un lado; la capacidad democrática de convertir esa resistencia en reglas e instituciones, por el otro. El Blanco no es un individuo más poderoso que el Gris; es la sociedad adquiriendo capacidad institucional para hacer efectivo el límite.

Hay aquí una distinción adicional que ilumina el desafío político de nuestro tiempo. Saruman también es un Istari, [2] también es Blanco, pero su autoridad se corrompe porque la convierte en dominación. Saruman utiliza el conocimiento para acumular poder; Gandalf utiliza el poder que recibe para impedir que el poder se concentre despóticamente. Esa diferencia entre autoridad para contener y dominación para acumular es la que la política democrática debe aprender a construir. No se trata de reemplazar a un tirano por otro, sino de establecer controles que impidan que cualquier actor —económico, tecnológico o político— pueda traspasar los umbrales que la sociedad ha definido colectivamente.

La propuesta es transitar hacia una democracia del límite, donde la toma de decisiones no dependa de élites técnicas ni de urgencias financieras, sino de mecanismos de deliberación colectiva institucionalizada: convenciones ciudadanas ecosociales, referéndums vinculantes para grandes proyectos, auditorías tecnológicas participativas. El «no pasarás» debe convertirse en un piso de derechos que proteja la casa común como condición de posibilidad para la vida.

Quizás el verdadero significado de los Gandalf no esté en la extravagancia de la escena, sino en la pregunta que plantea. ¿Puede una democracia decir «no pasarás» frente a un poder económico, tecnológico o extractivo que dispone de recursos infinitamente mayores que los de cualquier ciudadano? ¿Puede establecer límites allí donde el mercado solo ve oportunidades, la tecnología posibilidades y el capital territorios disponibles para su valorización?

La respuesta no puede depender de un nuevo héroe ni de un poder providencial capaz de detener por sí solo al poder que avanza. El desafío consiste en algo mucho más difícil: construir una ciudadanía capaz de advertir, resistir y, finalmente, convertir sus límites en decisiones colectivas. El Gandalf Gris representa esa primera capacidad. El Blanco, la posibilidad de institucionalizarla. Entre ambos no hay una jerarquía, sino el recorrido que va de la conciencia a la decisión y de la protesta a la democracia.

Porque establecer límites no significa renunciar al futuro. Significa decidir qué futuro estamos dispuestos a construir. Una sociedad que no puede decir «hasta aquí» frente a la destrucción de sus ecosistemas, la concentración del poder tecnológico o la apropiación ilimitada de sus bienes comunes tampoco es plenamente libre. La libertad de unos pocos para avanzar sin restricciones puede convertirse, precisamente, en la pérdida de libertad de todos los demás.

Después de décadas en las que la política confundió progreso con expansión, desarrollo con crecimiento y libertad con ausencia de límites, quizá haya llegado el momento de recuperar una palabra que el productivismo convirtió en sinónimo de atraso: suficiente.

No todo lo que puede hacerse debe hacerse. No todo lo que puede extraerse debe extraerse. No todo lo que puede convertirse en mercancía debe serlo.

El verdadero retorno de Gandalf no sería, entonces, el regreso de un mago. Sería el regreso de una política capaz de recordar que ningún poder —por económico, tecnológico o político que sea— puede estar por encima de los límites que hacen posible la vida.

Y quizá ese sea el verdadero significado de aquel grito frente a la residencia de Thiel: «No pasarás» no es el rechazo al futuro. Es la exigencia de que el futuro nos pertenezca a todes.


[1] El capitalismo tecnológico es una fase del capitalismo contemporáneo en la que la acumulación de valor no depende principalmente de la producción industrial o la extracción de recursos naturales, sino de la monetización de datos, algoritmos, plataformas digitales, inteligencia artificial y sistemas de procesamiento de información. A diferencia del capitalismo industrial, que transformaba materia prima en mercancías, el capitalismo tecnológico transforma la información en activos y convierte la capacidad de procesamiento en una fuente de poder económico y político.

[2] Los Istari (que en élfico significa «sabios» o «magos») son un grupo de cinco espíritus enviados a la Tierra Media para ayudar a los pueblos libres en su lucha contra Sauron.