Nota de homenaje de La (Re)Verde
El 29 de mayo de 2026 falleció, a los 104 años, Edgar Morin, uno de los pensadores más influyentes del último siglo. Su obra atravesó disciplinas, desafió fronteras académicas y dejó una huella profunda en la manera de comprender la relación entre humanidad, sociedad y naturaleza.
Mucho antes de que el Antropoceno se instalara en el debate científico y político, Morin comprendió que la crisis ecológica no era simplemente un problema ambiental. No era una falla técnica ni un error de gestión. Era, ante todo, la consecuencia de una forma de pensar. De un pensamiento que fragmenta, separa y simplifica; que disocia al ser humano de la naturaleza, a la economía de la biosfera, a la técnica de la ética.
Frente a esa racionalidad fragmentaria, Morin propuso una revolución intelectual cuyos alcances apenas comenzamos a dimensionar. La expresó con particular claridad en “El pensamiento ecologizado”, [1] donde sostuvo que la ecología no debía entenderse únicamente como una disciplina científica o una preocupación ambiental, sino como una nueva forma de conocimiento. Una manera de pensar capaz de reconocer que nada existe aisladamente, que todo ser forma parte de una trama de relaciones, dependencias e intercambios.
Pero mejor dejemos que hable Morin:
El pensamiento ecologizado emerge como resultado de la reintegración de nuestro ambiente en nuestra consciencia antroposocial y de la complejización de la idea de naturaleza a través de las ideas de ecosistema y de biosfera. El pensamiento ecologizado rompe con el paradigma de simplificación y disyunción y requiere un nuevo paradigma complejo de la auto-eco-organización. No se puede separar un ser autónomo (autos) de su hábitat bio-físico (oikos), a la par que oikos está en el interior de autos sin que por esto autos cese de ser autónomo. Este paradigma rehúye la concepción «extra-viviente» del ser humano y define a éste por su inserción (somos íntegramente seres bio-físicos) a la vez que por su distinción (distanciamiento bio-socio-cultural a través del proceso evolutivo) con respecto a la naturaleza.
De esta manera, la ecologización del pensamiento resulta una transición desde una perspectiva reduccionista y fragmentada a una visión integradora y compleja; desde una perspectiva antropocéntrica y egocéntrica a una visión centrada en la interdependencia y la sostenibilidad.
Morin, aporta aquí una clara fundamentación contraria a la predominante posición antropocéntrica:
Es necesario dejar de ver al hombre como un ser sobre-natural. Es preciso abandonar el proyecto de conquista y posesión de la naturaleza, formulado a la vez por Descartes y Marx. Este proyecto ha llegado a ser ridículo a partir del momento en que nos hemos dado cuenta de que el inmenso cosmos permanece fuera de nuestro alcance. Ha llegado a ser delirante a partir del momento en que nos hemos dado cuenta de que es el devenir prometeico de la tecnociencia el que conduce a la ruina de la biosfera y por ello al suicidio de la humanidad. La divinización del hombre debe cesar. Ciertamente, nos es necesario valorar al hombre, pero hoy sabemos que sólo podemos valorar verdaderamente al hombre si valoramos también la vida, y que el respeto profundo hacia el hombre pasa por el respeto profundo hacia la vida. La religión del hombre insular es una religión inhumana. (Morin, 1996)
El pensamiento ecologizado parte de una idea tan sencilla como profunda: la autonomía no se opone a la dependencia. Por el contrario, todo ser vivo es autónomo precisamente porque mantiene relaciones permanentes con aquello que lo rodea. La vida no existe fuera de los ecosistemas que la sostienen. La sociedad no existe fuera de la naturaleza. La humanidad no existe fuera de la biosfera.
Esta inversión conceptual tiene consecuencias políticas de enorme alcance. Cuestiona el mito del individuo completamente autosuficiente. Desmonta la idea del progreso entendido como dominio creciente sobre la naturaleza. Y obliga a repensar la libertad, no como ausencia de vínculos, sino como la capacidad de actuar responsablemente dentro de las múltiples relaciones que nos unen a los demás seres humanos, a las generaciones futuras y al conjunto de lo vivo.
Para la ecología política, esta contribución resulta fundamental. Morin ayudó a comprender que los grandes problemas contemporáneos no pueden abordarse por separado. La crisis climática, la pérdida de biodiversidad, las desigualdades sociales, la degradación de los territorios, la crisis democrática y la aceleración tecnológica forman parte de una misma realidad compleja. No son fenómenos independientes, sino expresiones diferentes de una crisis civilizatoria común.
Otro de sus aportes centrales fue la noción de dialógica: la capacidad de pensar conjuntamente elementos que aparecen como opuestos sin reducirlos a una falsa síntesis. Orden y desorden, autonomía y dependencia, individuo y comunidad, certeza e incertidumbre. Allí donde el pensamiento simplificador busca eliminar las contradicciones, Morin nos enseñó a comprenderlas y habitarlas.
En tiempos atravesados simultáneamente por el tecno-optimismo ingenuo y el catastrofismo paralizante —dos respuestas que comparten una misma simplificación de la realidad—, su obra conserva una vigencia extraordinaria. Nos recuerda que la incertidumbre no es una anomalía que deba ser eliminada, sino una condición permanente de la existencia humana.
Morin defendió a lo largo de su vida causas vinculadas con la paz, la democracia, los derechos humanos y la protección de la naturaleza. Solía definirse como un «humanólogo»: alguien que intentaba comprender la condición humana articulando saberes provenientes de la filosofía, la sociología, la antropología, la biología y la historia. Rechazó siempre el encierro disciplinario. Comprendió que el conocimiento fragmentado podía producir especialistas cada vez más competentes y, al mismo tiempo, sociedades cada vez más incapaces de entender los problemas que ellas mismas generan.
Hoy, cuando se multiplican las señales de agotamiento de la racionalidad productivista; cuando los ecosistemas se aproximan a puntos críticos; cuando las crisis económicas, sociales y ambientales se entrelazan a escala planetaria, la obra de Morin adquiere una actualidad renovada. No porque ofrezca recetas o programas cerrados, sino porque proporciona algo más valioso: una manera diferente de situarse frente a la realidad.
Desde la perspectiva de la ecología política, su legado ocupa un lugar singular. Fue uno de los pensadores que ayudó a construir los fundamentos epistemológicos de una visión ecosocial del mundo. Nos enseñó que la crisis ecológica es inseparable de una crisis del conocimiento; que la comprensión de las interdependencias es una condición para la acción responsable; y que no habrá una sociedad sostenible si seguimos pensando con las mismas categorías que produjeron la insostenibilidad.
El mejor homenaje que podemos rendirle desde La (Re) Verde es mantener viva esa tarea intelectual y política. Resistir la simplificación. Rechazar las falsas separaciones entre naturaleza y sociedad, economía y ecología, técnica y ética. Insistir en que la cuestión ecológica no es un tema sectorial, sino una nueva manera de comprender el mundo y nuestro lugar en él.
Edgar Morin ha muerto. Pero el pensamiento ecologizado que ayudó a formular sigue siendo una herramienta indispensable para quienes buscan construir una civilización capaz de reconciliar libertad, justicia y límites ecológicos.
Porque transformar el mundo exige, antes que nada, transformar la forma en que lo pensamos.
Hasta siempre, Edgar Morin.
[1] Morin, E. (1996). El pensamiento ecologizado. Gazeta de Antropología. Morin, E. (1996). “El Pensamiento Ecologizado”, documento electrónico: https://digibug.ugr.es/bitstream/handle/10481/13582/G12_01Edgar_Morin.pdf?sequence=10&isAllowed=y
