Lo que sabemos, pero actuamos como si no lo supiéramos

Por Carlos Merenson – La (Re) Verde

Vivimos una época en la que las crisis ecosociales avanzan más rápido que la capacidad de las instituciones para comprenderlas, y mucho más rápido que su voluntad de transformarse. Eso no es un accidente: es el síntoma más visible de una civilización que construyó su prosperidad sobre supuestos que la realidad biofísica lleva décadas desmintiendo.

Sabemos que ningún crecimiento físico puede prolongarse indefinidamente en un mundo materialmente limitado. Sabemos que los componentes de la ecosfera de los que depende la actividad humana son finitos, que los ecosistemas tienen capacidades de regeneración restringidas y que toda actividad económica transforma materia y energía produciendo residuos inevitables. Sabemos, también, que la Tierra funciona como un sistema complejo de interdependencias en el que ninguna acción carece de consecuencias. Y sin embargo, gran parte de nuestras instituciones, teorías económicas e imaginarios culturales siguen actuando como si nada de eso fuera cierto.

Hay verdades tan evidentes que terminan volviéndose invisibles. Muchas de las crisis contemporáneas no nacen de la ausencia de conocimiento, sino de la incapacidad colectiva para reconocer las implicancias de hechos elementales acerca de los límites físicos del planeta y de la dependencia de las sociedades humanas respecto de la biosfera.

Esta paradoja ha sido señalada por el filósofo esloveno Slavoj Žižek al analizar los mecanismos ideológicos de las sociedades contemporáneas. El problema ya no consiste principalmente en ocultar la realidad, sino en volverla inocua. Sabemos que enfrentamos una crisis ecológica global, conocemos la existencia de límites biofísicos y disponemos de abundante evidencia sobre las consecuencias de continuar por la trayectoria actual. Sin embargo, ese conocimiento suele quedar neutralizado mediante múltiples mecanismos culturales e institucionales que atenúan su significado y reducen su capacidad de cuestionar el orden existente.

La ideología contemporánea no opera necesariamente negando los hechos, sino permitiendo que sean reconocidos sin que ello obligue a extraer sus consecuencias. Sabemos, pero actuamos como si no supiéramos. Aceptamos la gravedad de los problemas mientras seguimos organizando la economía, la política y la vida cotidiana como si esos problemas fueran secundarios o pudieran resolverse más adelante. De este modo, lo evidente deja de ser negado para convertirse en algo aún más inquietante: una verdad conocida cuya importancia práctica ha sido sistemáticamente desactivada.

Las obviedades que hoy necesitamos recuperar no han sido olvidadas por cualquiera. Han sido sistemáticamente ignoradas por la corriente principal de la economía, disciplina que construyó gran parte de su edificio teórico sobre supuestos incompatibles con la física y la ecología: que -los mal denominados – “recursos naturales” pueden considerarse prácticamente ilimitados, que el crecimiento económico puede prolongarse indefinidamente y que el capital fabricado por los seres humanos puede sustituir sin restricciones al -también mal denominado- “capital natural”. Estos supuestos han sido refutados una y otra vez por la realidad biofísica, pero continúan influyendo sobre las políticas públicas, las decisiones empresariales y las expectativas sociales.

El astrofísico Sir Arthur Stanley Eddington formuló una advertencia que conserva plena vigencia:

Si se encuentra que tu teoría se contrapone con la segunda ley de la termodinámica, no puedo darte ninguna esperanza; no hay nada que pueda hacerse por ella sino sumirla en la humillación más profunda.

Aunque la advertencia estaba dirigida al campo de la física, su alcance trasciende esa disciplina. También es aplicable a cualquier teoría económica que ignore las leyes fundamentales que gobiernan el funcionamiento del mundo físico. Una teoría de ese tipo puede sobrevivir durante un tiempo en las universidades, en los mercados o en los discursos políticos. Lo que no puede hacer es modificar las condiciones materiales de las que depende su propia existencia. Tarde o temprano, la realidad biofísica termina imponiendo sus límites.

Hoy nos toca habitar una gran paradoja. Decimos que la economía depende de la naturaleza y, para los economistas de la corriente principal, esa afirmación suena más a ideología que a ciencia. Recordamos que el planeta tiene límites biofísicos y se nos llama pesimistas. Señalamos que todo crecimiento material tiene consecuencias ecológicas y se nos tacha de extremistas. Lo verdaderamente extraordinario no es que estas afirmaciones se formulen. Lo extraordinario es que hayan dejado de parecer evidentes.

De esa constatación nace este texto. No pretende descubrir leyes ocultas ni presentar teorías complejas. Su propósito es más modesto y, al mismo tiempo, más urgente: recuperar algunas verdades elementales que la civilización productivista ha relegado al olvido. Habla de cuestiones simples: que habitamos un planeta finito; que no existe economía sin naturaleza; que los residuos no desaparecen; que la energía tiene límites; que ninguna tecnología puede abolir las leyes de la física; que la humanidad forma parte de la trama de la vida.

Cada una de estas afirmaciones parece tan evidente que resulta difícil imaginar por qué sería necesario explicarla. Sin embargo, basta observar los modelos económicos que se enseñan en las universidades, las políticas que se aplican en los gobiernos o las expectativas que orientan los mercados para advertir hasta qué punto hemos aprendido a ignorarlas.

Por eso este no es un resumen de novedades. Es, ante todo, un ejercicio de memoria. Porque uno de los desafíos intelectuales y políticos más urgentes de nuestro tiempo quizá no consista en descubrir nuevas verdades sobre el mundo, sino en recordar aquellas verdades elementales que nunca debimos olvidar.

Este texto está dirigido a quienes intuyen que algo fundamental no funciona en la civilización productivista y buscan un lenguaje más preciso para comprenderlo, argumentarlo y transformarlo. No simplifica porque subestime a sus lectores: simplifica porque la claridad conceptual es una condición indispensable para recuperar el sentido de lo evidente y convertirlo en herramienta política.


Las obviedades largamente olvidadas

Lo que sigue no es una lista de reivindicaciones ni un programa político. Es algo más básico y, por eso mismo, más urgente: un conjunto de verdades elementales que la civilización productivista aprendió a ignorar. Algunas provienen de la física. Otras, de la ecología. Unas pocas, del sentido común más antiguo. Todas tienen en común que fueron desplazadas —no refutadas— por una cultura que confundió el crecimiento con el progreso y la acumulación con el éxito. Leerlas hoy produce una sensación extraña: la de reconocer algo que siempre supimos y que, sin embargo, necesita ser dicho en voz alta.

1. El planeta que habitamos es finito.

La Tierra dispone de una cantidad limitada de minerales, combustibles fósiles, agua dulce, suelos fértiles y otros componentes indispensables para sostener la vida y las actividades humanas. Muchos de estos componentes no se renuevan, o lo hacen a escalas de tiempo incompatibles con los ritmos de extracción de la civilización industrial. Incluso los llamados “renovables” dependen de ciclos ecológicos que pueden degradarse cuando se sobreexplotan. Toda reflexión seria sobre el futuro debe arrancar de ahí.

2. Un planeta finito no puede sostener un crecimiento infinito.

Ninguna magnitud física puede expandirse indefinidamente dentro de un espacio limitado. El crecimiento continuo de la extracción de materiales, del consumo energético o de la ocupación de ecosistemas tropieza inevitablemente con límites biofísicos. El cuándo puede variar; la existencia del límite, no.

3. Ignorar los límites no los hace desaparecer.

Los límites existen con independencia de nuestras creencias, preferencias o decisiones políticas. Una sociedad puede ignorar durante un tiempo las restricciones que enfrenta, pero no puede abolirlas mediante teorías, decretos ni expectativas optimistas. La realidad biofísica no espera a que una ideología la reconozca.

4. La humanidad vive dentro de la biosfera, no fuera de ella.

Los seres humanos formamos parte de la red de la vida y dependen de ella para obtener agua, alimentos, estabilidad climática, materiales y energía. Ningún avance tecnológico ha eliminado esa dependencia fundamental. Todo lo que llamamos “civilización” sigue siendo un subsistema de la biosfera, no su sustituto.

5. Todo está relacionado con todo lo demás.

Los seres vivos, los ecosistemas, las sociedades y las economías forman parte de una compleja trama de interdependencias. Ningún fenómeno existe de manera completamente aislada. Las acciones realizadas en un ámbito producen efectos en otros, muchas veces de formas que no anticipamos. Quien no reconoce esas conexiones no comprende el sistema: solo ve fragmentos.

6. No hay sociedad sin ecosistemas.

Las comunidades humanas sólo pueden existir allí donde los ecosistemas mantienen las condiciones materiales necesarias para la vida. La fertilidad de los suelos, la disponibilidad de agua dulce, la regulación climática y otros procesos ecológicos constituyen la base sobre la que se construye toda organización social.

7. No hay economía sin ecosfera.

La economía extrae componentes de la naturaleza, los transforma y devuelve residuos a los ecosistemas. Su funcionamiento depende por completo de flujos de materia y energía que tienen origen en el mundo natural. No es la ecosfera la que está contenida en la economía: es la economía la que está contenida en la ecosfera.

8. Nada se crea de la nada.

Todo bien, infraestructura o artefacto requiere materiales y energía para existir. La riqueza material no surge del dinero, de los mercados ni de las ideas por sí solas. Detrás de cada producto hay materia extraída, energía consumida y trabajo destinado a transformarlos: naturaleza, en última instancia.

9. Todo lo que consume una sociedad debe provenir de alguna parte.

Cada tonelada de minerales, cada litro de combustible, cada alimento y cada objeto utilizado por una sociedad tiene un origen físico concreto. Consumir implica extraer, transformar y transportar componentes de la ecosfera. Ninguna economía puede abastecerse sin recurrir a la naturaleza que la sostiene.

10. Toda transformación requiere energía.

Extraer componentes de la ecosfera, fabricar bienes, construir infraestructuras, transportar mercancías o reciclar materiales exige energía. No existe actividad económica ni proceso productivo que pueda saltarse ese requisito. La energía no es un insumo más: es la condición previa de todo lo demás.

11. Toda transformación degrada la energía disponible.

Cada vez que se usa energía, disminuye su capacidad para realizar trabajo útil. Aunque la energía no desaparece —la física lo prohíbe—, su calidad se degrada en cada transformación. Por eso ninguna sociedad puede reutilizar indefinidamente toda la energía que consume. La segunda ley de la termodinámica no es una recomendación: es una condición del universo en que vivimos.

12. Toda transformación genera residuos.

Ningún proceso físico convierte la totalidad de sus insumos en productos útiles. Siempre aparecen pérdidas, emisiones, desechos o formas degradadas de materia y energía. Los residuos no son una falla del sistema económico ni un problema de gestión: son la consecuencia inevitable de cualquier transformación material.

13. Nada desaparece sin dejar rastro.

Los materiales pueden cambiar de forma, dispersarse o trasladarse, pero no se esfuman. Los residuos enterrados, vertidos o emitidos continúan existiendo bajo otras configuraciones y siguen interactuando con los ecosistemas. Lo que desaparece de nuestra vista no desaparece del mundo.

14. No hay “afuera” al que enviar los residuos.

Todo desecho permanece dentro del mismo sistema planetario del que forman parte quienes lo generan. Los océanos, la atmósfera, los suelos y las regiones periféricas pueden funcionar como destinos aparentes de los residuos, pero ninguno constituye un exterior real. En un planeta finito no hay “afuera”: solo hay casa.

Estas catorce obviedades no agotan la lista. Son apenas una muestra —significativa, pero parcial— de las verdades elementales que la civilización productivista aprendió a ignorar. Hay muchas más, ancladas en la biología, en la historia de los territorios, en la experiencia de los pueblos que llevan siglos habitando los límites que el crecimiento pretende abolir. La intención de este artículo no es ofrecer un catálogo cerrado, sino actuar como disparador: una invitación a que cada lector siga identificando, en su propio campo y desde su propia experiencia, las obviedades que todavía esperan ser nombradas en voz alta.


La gran obviedad olvidada no es una sola verdad, sino la condición que hace posibles todas las demás:

Vivimos dentro de la ecosfera, dependemos de ella para existir y somos incapaces de sustituirla por ninguna creación propia.

Nada de lo que hemos visto a lo largo de estas páginas constituye un descubrimiento revolucionario. La finitud del planeta, la dependencia de la energía, la existencia de límites físicos, la interdependencia ecológica o la imposibilidad de un crecimiento material infinito no son hipótesis recientes. Son realidades que siempre estuvieron allí.

La pregunta verdaderamente inquietante no es por qué desconocemos estas obviedades. La pregunta es por qué una civilización que dispone de un conocimiento científico sin precedentes ha organizado su economía, su política y su cultura como si pudiera ignorarlas.

La respuesta no reside únicamente en la ignorancia. También intervienen intereses económicos, estructuras de poder, instituciones diseñadas para expandir el metabolismo social y una cultura que confunde crecimiento con prosperidad. El problema nunca fue solamente que olvidáramos ciertas verdades elementales. El problema es que muchas veces resultó más conveniente actuar como si no existieran.

Sin embargo, ninguna sociedad puede negociar indefinidamente con la realidad física. Las leyes de la ecología, de la termodinámica y de la evolución no votan, no negocian y no suspenden sus efectos porque una ideología las considere incómodas. Como advertía Arthur Eddington, las teorías pueden ignorar las leyes físicas; las consecuencias de hacerlo no desaparecen por ello.

Quizás el desafío central del siglo XXI no consista en descubrir nuevas respuestas. Quizás consista, simplemente, en recordar aquello que nunca debimos olvidar.

Porque el futuro dependerá menos de nuestra capacidad para inventar nuevas ficciones que de nuestra disposición a reconciliarnos con las obviedades que sostienen la vida. Menos de nuestra habilidad para expandir indefinidamente la economía y más de nuestra capacidad para habitar con responsabilidad una ecosfera finita.