La razón ecosocial como proyecto de modulación alostática
Carlos Merenson
Julio 2026
DESCARGAR: CUADERNO 1
NOTA EDITORIAL
La (Re) Verde publica el Ensayo Ecosocial como una serie de seis Cuadernos autónomos, articulados por un mismo horizonte: la construcción de una nueva racionalidad política capaz de responder a la crisis civilizatoria contemporánea.
Este Cuaderno 1 —Fundamentos teóricos y sistémicos— es la puerta de entrada al proyecto. No contiene todas las respuestas, pero formula las preguntas decisivas y establece el lenguaje conceptual sin el cual esas respuestas no podrían siquiera formularse. Su tesis central es clara y provocadora: el sistema-mundo productivista —tanto en su versión capitalista como en la de los socialismos históricos— es estructuralmente incapaz de generar mecanismos internos de autocontención. Su dinámica lo impulsa hacia una expansión permanente que erosiona las condiciones ecológicas de su propia reproducción.
Para comprender esta falla de regulación, se introduce y articula categorías como metabolismo social, fractura metabólica, superideología productivista y, sobre todo, la distinción decisiva entre regulación homeostática y modulación alostática. La razón ecosocial es, en este marco, el proyecto político de construir esa modulación alostática desde la acción colectiva y la deliberación democrática.
Este primer Cuaderno es el cimiento, no el edificio completo. Su función es proporcionar la brújula teórica que permitirá navegar los volúmenes siguientes. Allí el lector encontrará el diagnóstico empírico del agotamiento de la racionalidad productivista (Cuaderno 2), los fundamentos filosóficos de la nueva racionalidad (Cuaderno 3), la propuesta política de la transición ecosocial y la democracia del metabolismo (Cuaderno 4), las herramientas concretas para la acción (Cuaderno 5) y un diálogo crítico con la obra de André Gorz (Cuaderno 6).
El Ensayo Ecosocial no ofrece recetas ni soluciones fáciles. Su apuesta es otra: dotar a quienes buscan alternativas de un mapa conceptual y una orientación estratégica para habitar, desde la política, el umbral de lo posible. Porque la transición ecosocial no será un destino garantizado, sino el nombre de un conflicto histórico que ya ha comenzado en los territorios, los metabolismos y los cuerpos.
Bienvenidos al Ensayo Ecosocial.
La (Re) Verde
Julio de 2026
PRÓLOGO
¿Por qué un sistema que se destruye a sí mismo no puede detenerse?
Esta es la pregunta que organiza todo el Ensayo ECOSOCIAL.
La civilización industrial alcanzó un nivel de desarrollo material sin precedentes en la historia de la humanidad. Produce más alimentos, más energía, más bienes y más información que cualquier generación anterior. Al hacerlo, destruye sistemáticamente las condiciones ecológicas que hacen posible la vida: la estabilidad climática, la fertilidad de los suelos, la disponibilidad de agua, la biodiversidad, la capacidad de los ecosistemas para absorber residuos y regenerarse.
El sistema que nos dio tanto está minando las bases de su propia continuidad. Ahí está la paradoja, evidente y brutal.
Si la expansión del metabolismo económico compromete progresivamente las condiciones biofísicas de la reproducción colectiva, ¿por qué no aparecen mecanismos internos capaces de corregir esa trayectoria? ¿Por qué el propio funcionamiento del sistema no incluye un dispositivo que diga «basta» cuando los límites están siendo sobrepasados?
Porque el sistema no puede generarlos. No es una cuestión de voluntad: su arquitectura está diseñada para la expansión permanente, y carece de los mecanismos de retroalimentación negativa que permitirían a un sistema autorregularse al acercarse a sus límites. No contamina demasiado por accidente. Está estructuralmente incapacitado para detenerse, y como no puede detenerse, su única forma de seguir funcionando es externalizar los costos: en el espacio, hacia territorios periféricos; en el tiempo, hacia generaciones futuras; en la estructura social, hacia los más vulnerables.
Esta incapacidad estructural de autocontención es el núcleo de la crisis civilizatoria contemporánea: una crisis de gobierno del metabolismo social, la incapacidad de las sociedades para decidir colectivamente sobre los límites de su propia expansión material.
Este Cuaderno 1 busca comprender esa falla de regulación y empezar a imaginar qué tipo de regulación sería necesaria para corregirla. Los conceptos que aquí se desarrollan —metabolismo social, fractura metabólica, superideología productivista, homeostasis y alostasis— son las herramientas que permiten nombrar con precisión aquello que la racionalidad productivista no puede nombrar: sus propios límites.
Llamaremos, desde ya, modulación alostática a la capacidad de modificar deliberadamente las reglas que organizan el metabolismo social cuando las condiciones ecológicas que las sostenían han cambiado de manera irreversible. Es una definición provisoria, que el Capítulo 3 desarrollará con el rigor conceptual que merece — pero el lector no debería atravesar las páginas siguientes sin un primer asidero de lo que ese término, repetido desde aquí, efectivamente significa.
Conviene decirlo desde ahora, sin rodeos: este Cuaderno no se propone solamente diagnosticar una crisis ecológica, tarea que la economía ecológica y la ecología política ya vienen haciendo con solvencia. Se propone algo más ambicioso — construir, a partir de ese diagnóstico, una teoría general de la regulación política de sociedades sometidas a límites biofísicos, que integre la teoría de sistemas, la economía ecológica y la filosofía política en un mismo marco conceptual. Esa ambición organiza cada uno de los capítulos que siguen, aunque solo se vuelva plenamente visible cuando el argumento, hacia el Capítulo 3, deje el terreno del diagnóstico para proponer un aparato de regulación de alcance general.
El recorrido se organiza en cuatro movimientos. Primero, se reconstruye la categoría de metabolismo social y el diagnóstico de la fractura metabólica: la ruptura estructural entre los procesos de producción social y los ciclos de regeneración de la naturaleza. Luego, el análisis se detiene en el productivismo como superideología para mostrar por qué el sistema no puede regularse a sí mismo, con una reflexión adicional sobre cómo esa ideología se reproduce en la cultura cotidiana y sobre el concepto de externalidad estructural. El tercer movimiento introduce la distinción decisiva entre regulación homeostática y modulación alostática, y sostiene que el proyecto ecosocial solo puede ser alostático. Cierra desplegando las implicaciones de esta tesis para la teoría y la práctica política.
NOTA METODOLÓGICA: ALCANCE Y LÍMITES DE LAS CATEGORÍAS
Antes de desplegar el aparato conceptual de este ensayo, hace falta precisar el estatuto epistemológico de sus categorías centrales, dado que varias de ellas —metabolismo social, fractura metabólica, modulación alostática— provienen de, o resuenan con, campos ajenos a las ciencias sociales. Esta precisión no es un excurso defensivo sino una condición de inteligibilidad del argumento: sin ella, el lector puede atribuirle a este ensayo compromisos teóricos que su contenido sustantivo rechaza.
Metabolismo social y fractura metabólica no son metáforas. A diferencia de otras categorías de este ensayo, estos dos términos no establecen una analogía entre sociedad y organismo. Designan, en sentido literal, flujos físicos de materia y energía: toneladas de biomasa extraída, julios de energía disipada, moléculas de carbono liberadas. Su filiación remite a la termodinámica y la economía ecológica —no a la biología—, la tradición que va de Georgescu-Roegen a Fischer-Kowalski y Martínez Alier, y que en su vertiente marxista (Foster) recupera el propio uso de Marx, quien empleó «metabolismo» (Stoffwechsel) para describir el intercambio material entre sociedad y naturaleza, no una semejanza estructural entre ambas. Que el sistema social «metabolice» materia no implica que sea un organismo, del mismo modo que decir que una fábrica «consume» energía no implica atribuirle digestión.
Modulación alostática: una genealogía dual, no biológica. El segundo núcleo terminológico —homeostasis y alostasis— sí proviene de la fisiología (Sterling y Eyer, 1988), y es aquí donde el riesgo de lectura organicista es real y debe ser desactivado explícitamente. El concepto retiene ese origen fisiológico solo como punto de partida: su fundamento conceptual en este ensayo no es biológico, sino doble —una tradición propiamente social y política (la teoría de la régulation de Aglietta, Boyer y Lipietz) y la cibernética de sistemas (Ashby), que ofrece un marco de control y retroalimentación aplicable a cualquier sistema complejo sin presuponer organismo alguno: un termostato no es un organismo, y sin embargo regula. El desarrollo completo de esta doble genealogía, con sus citas y matices, se encuentra en el Apéndice Metodológico.
Lo que el organicismo presupone y este ensayo rechaza. El organicismo en ciencias sociales no se define por el uso ocasional de vocabulario biológico. Se define por tres operaciones específicas: (a) naturalizar relaciones de poder como funciones necesarias de un sistema, (b) atribuir al sistema fines propios —un «querer» preservarse o ajustarse— independientes de la voluntad de los actores que lo componen, y (c) disolver el conflicto y la contingencia histórica en una imagen de autorregulación armónica. Este ensayo rechaza explícitamente las tres. No hay aquí ningún sistema que tienda naturalmente al ajuste: la tesis central es exactamente la inversa, que el sistema-mundo productivista carece de mecanismos de autocontención y que, dejado a su propia dinámica, no se modula, sino que colapsa. La modulación alostática no ocurre por sí sola, como un cuerpo que suda para regular su temperatura. Debe ser construida políticamente, contra la inercia del sistema, por sujetos colectivos en disputa. Un organismo no delibera sobre su propia homeostasis. La premisa de este ensayo es que la sociedad sí debe hacerlo —y que la crisis ecológica es, en gran medida, la consecuencia de no haberlo hecho.
Esta es la función que cumple la trilogía de la regulación ecosocial y, en particular, la democracia del metabolismo: introducir en el centro del aparato conceptual aquello que ninguna lectura organicista puede acomodar, a saber, la deliberación pública, el conflicto distributivo y la posibilidad —siempre abierta— del error político y el colapso. Por eso la razón ecosocial se define en este ensayo no como descripción de un equilibrio sino como proyecto: una apuesta cuya realización depende de la construcción de hegemonía y voluntad colectiva, no de ninguna tendencia inmanente del sistema hacia su propia salud.
Una precisión final sobre el término sistema-mundo productivista, usado a lo largo de este Cuaderno. Su uso reiterado —y el hecho de que con frecuencia funcione gramaticalmente como sujeto de la acción («el sistema no puede generar…», «el sistema pierde la capacidad de…»)— podría sugerir una totalidad con lógica propia, casi autosuficiente, que existiera con independencia de las decisiones y los conflictos históricos que la produjeron. No es esa la lectura correcta. El sistema-mundo productivista no es una esencia ni una totalidad cerrada: es una configuración histórica determinada, resultado contingente de instituciones, tecnologías, relaciones de poder y decisiones políticas concretas —muchas de ellas identificables, fechables y, en principio, reversibles—. Que el productivismo atraviese proyectos políticos que se creían antagónicos no lo vuelve una necesidad de la historia; lo vuelve, en todo caso, una hegemonía particularmente exitosa y particularmente extendida, pero hegemonía al fin, sostenida por actores concretos con intereses concretos, no una estructura que exista por fuera de ellos. Hablar de «el sistema» es, en esta Nota y en las páginas que siguen, una economía del lenguaje para referirse a esa configuración histórica — nunca una afirmación sobre su necesidad o su carácter suprahistórico.
(Sobre la genealogía completa de la modulación alostática y su relación con la literatura de resiliencia socioecológica, véase el Apéndice Metodológico).
CAPÍTULO 1: EL METABOLISMO SOCIAL Y LA FRACTURA METABÓLICA
1.1 La economía como proceso físico
Toda economía es, antes que un sistema de precios y contratos, un proceso de transformación física de materia y energía. Antes de ser valor monetario, el producto es biomasa, minerales, energía, agua. Antes de ser ingreso, el trabajo es energía corporal aplicada a la transformación del entorno. Antes de ser residuo, el desecho es materia que ha sido extraída, transformada y devuelta al entorno en un estado de mayor dispersión. Una afirmación que parece obvia, y sin embargo tiene consecuencias que la economía convencional ha preferido ignorar sistemáticamente.
La economía dominante privilegió históricamente el análisis de los flujos monetarios, relegando a un segundo plano la dimensión material sobre la que toda actividad económica se sostiene. El Producto Bruto Interno registra el valor monetario de la producción, pero no la magnitud de los materiales extraídos, la energía consumida ni la degradación ecológica que acompaña esos procesos. Puede crecer mientras los bosques se talan, los humedales se drenan, los suelos se agotan y los océanos se acidifican. Lo que la contabilidad convencional denomina «externalidades» —la contaminación, la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de los suelos— no es un conjunto de anomalías marginales: es la expresión material de un proceso económico que no incorpora plenamente sus propias condiciones biofísicas de existencia.
La categoría de metabolismo social nombra precisamente esa dimensión material de la vida colectiva. Designa el conjunto de flujos de materiales y energía que una formación social extrae del entorno, transforma mediante sus procesos productivos y devuelve a la biosfera en forma de residuos, calor y emisiones. Toda sociedad, independientemente de su organización política o económica, mantiene un intercambio permanente con la naturaleza del que depende su reproducción. Pero estos flujos no son un dato natural: están históricamente organizados por instituciones, normas, tecnologías y relaciones de poder que determinan su escala, su dirección y la distribución de sus costos. El metabolismo social es, por tanto, tanto un proceso físico como una forma histórica de organizarlo.
El concepto tiene una larga trayectoria intelectual. Su formulación moderna proviene de la fisiología del siglo XIX, donde el término alemán stoffwechsel describía el intercambio continuo de materia entre los organismos vivos y su entorno. Karl Marx incorporó esa noción para caracterizar el trabajo como el proceso mediante el cual la sociedad media su relación material con la naturaleza. Más de un siglo después, Fischer-Kowalski y Haberl desarrollaron esta intuición hasta convertirla en un objeto de análisis empírico, mediante el estudio sistemático de los flujos de materiales y energía que sostienen el funcionamiento de las economías contemporáneas.
La virtud principal del concepto es hacer visible aquello que las métricas monetarias no registran. Cuando un bosque es talado, la contabilidad económica registra la producción de madera. No registra la pérdida de biodiversidad, la disminución de la capacidad de captura de carbono, la alteración del ciclo hidrológico ni la erosión del suelo. El metabolismo social incorpora esas dimensiones porque analiza la economía como proceso físico antes que como circuito monetario.
Toda sociedad establece, explícita o implícitamente, reglas que definen qué se extrae, cuánto se transforma, cómo se distribuyen los beneficios obtenidos y quién asume los costos de ese intercambio con la biosfera. Comprender el metabolismo social exige entonces interrogar la forma en que esos flujos son organizados, no solo medirlos. Esa pregunta recorrerá los capítulos siguientes.
1.2 La fractura metabólica: diagnóstico de una ruptura estructural
La categoría de fractura metabólica designa la ruptura de los mecanismos que históricamente permitían articular los procesos sociales de producción con los ciclos de regeneración de la naturaleza. Su formulación contemporánea se debe principalmente a John Bellamy Foster, quien reconstruyó la preocupación de Marx por las consecuencias ecológicas de la agricultura industrial.
Marx observó que la creciente separación entre el campo y la ciudad interrumpía los ciclos naturales de nutrientes: los elementos extraídos del suelo eran trasladados hacia los centros urbanos en forma de alimentos y materias primas, pero no regresaban a los territorios de origen. El resultado era un progresivo agotamiento de la fertilidad del suelo. Lo que importa de ese diagnóstico no es solo el deterioro agrícola que describía, sino la lógica que revelaba: la producción empezaba a organizarse según los imperativos de la acumulación económica, no según las condiciones necesarias para reproducir los ciclos ecológicos que la hacían posible.
Lo que en el siglo XIX aparecía como un problema localizado se convirtió hoy en una fractura de escala planetaria. Los ciclos ecológicos fueron crecientemente reemplazados por cadenas lineales de extracción, producción, consumo y descarte. La materia sale de minas, bosques, océanos o suelos agrícolas y, tras sucesivas transformaciones, retorna a la biosfera como emisiones, residuos y materiales dispersos cuya reincorporación resulta parcial o imposible.
Esta fractura opera en tres dimensiones que se refuerzan entre sí.
La más visible es espacial: la creciente separación entre territorios de extracción y territorios de consumo impide que los impactos ecológicos retroalimenten las decisiones económicas. Los beneficios de la apropiación material se concentran en los centros de poder económico, mientras los costos ecológicos permanecen en las regiones proveedoras de materiales y energía. Esta geografía desigual del metabolismo ha sido caracterizada como intercambio ecológicamente desigual: las economías centrales se apropian de materiales y energía de baja entropía provenientes de las periferias y externalizan hacia ellas buena parte de los impactos ecológicos derivados de su propio metabolismo. A diferencia del intercambio desigual de valor —que opera en el plano de los precios—, este opera en el plano de los flujos físicos de materia y energía, y no puede corregirse modificando los términos de intercambio.
Hay, además, una dimensión temporal: la velocidad de la acumulación económica resulta crecientemente incompatible con los tiempos de regeneración de la biosfera. Los mercados financieros operan en fracciones de segundo; las decisiones empresariales se proyectan sobre balances trimestrales. La regeneración de un bosque, en cambio, requiere décadas; la recarga de numerosos acuíferos puede demandar siglos; la formación de un suelo fértil se mide en milenios. Cuando la extracción supera sistemáticamente la capacidad regenerativa de los ecosistemas, el metabolismo social deja de reproducir sus propias condiciones de existencia y empieza a erosionarlas.
La tercera dimensión es política, y quizás la más determinante: la fractura expresa una profunda asimetría en la capacidad de decidir sobre la organización del metabolismo. Las decisiones sobre qué extraer, en qué cantidad, con qué tecnologías y para beneficio de quién permanecen concentradas en actores con enorme poder económico y político, mientras los costos ecológicos recaen desproporcionadamente sobre comunidades vulnerables, territorios periféricos y generaciones futuras. La fractura metabólica es también una fractura del poder que organiza los intercambios entre sociedad y biosfera.
La fractura metabólica no es, por tanto, un problema ecológico entre otros. Es la manifestación material de una incapacidad estructural del sistema productivista para autocontener su propia expansión. De esta incapacidad —y de sus implicaciones políticas— nos ocuparemos en los capítulos siguientes.
1.3 El límite termodinámico: la irreversibilidad del proceso económico
El desajuste de ritmos descripto en la dimensión temporal de la fractura no agota el problema. Más allá de la diferencia de velocidades entre acumulación económica y regeneración biosférica, hay un segundo obstáculo que ningún ajuste de ritmo puede resolver: no se trata de tiempo, sino de la irreversibilidad física del proceso mismo. La economía ecológica le dio a este diagnóstico un fundamento físico de alcance general a través de los trabajos de Nicholas Georgescu-Roegen, cuyo aporte principal fue demostrar que la economía no es un sistema autónomo regido exclusivamente por leyes monetarias, sino un subsistema inserto en la biosfera y sometido a las mismas leyes termodinámicas que regulan todos los procesos materiales.
Para entender por qué esta fractura no es reversible mediante simples ajustes técnicos, hace falta un principio físico de alcance general. La Segunda Ley de la Termodinámica establece que todo proceso de transformación incrementa la entropía del sistema total: la energía disponible se degrada y la materia tiende a dispersarse. Georgescu-Roegen trasladó este principio al análisis económico y mostró que toda actividad productiva transforma recursos de baja entropía —concentrados, organizados y disponibles para el trabajo humano— en residuos de alta entropía cuya reutilización nunca puede ser completa.
De ahí una consecuencia decisiva. El proceso económico no es un circuito perfectamente circular, capaz de reproducirse indefinidamente mediante el reciclaje o la innovación tecnológica: es un proceso físicamente irreversible. Cada ciclo productivo consume materiales y energía disponibles y devuelve al entorno residuos cuya recuperación siempre implica nuevas pérdidas de energía y nuevos incrementos entrópicos. El reciclaje puede reducir parcialmente el ritmo del agotamiento, pero no eliminarlo.
Que ningún metabolismo material pueda expandirse indefinidamente dentro de una biosfera finita cambia radicalmente los términos del problema del crecimiento económico. Ya no alcanza con administrar mejor los recursos disponibles: toda expansión permanente del volumen de materiales y energía movilizados termina encontrando límites físicos que ninguna innovación tecnológica puede abolir.
A partir de este diagnóstico, Herman Daly propuso orientar la economía hacia una situación de estado estacionario —entendido no como congelamiento, sino como flujo constante de materiales y energía dentro de la capacidad regenerativa de la biosfera—. La propuesta no busca detener el desarrollo humano. Busca distinguir entre crecimiento cuantitativo y desarrollo cualitativo: las sociedades pueden ampliar conocimientos, fortalecer instituciones, mejorar la salud, la educación o la calidad democrática sin incrementar indefinidamente el volumen físico de su metabolismo.
Conviene detenerse un momento en que implica esto en términos concretos, porque «desarrollo cualitativo» puede sonar a fórmula vacía si no se especifica qué se produce cuando deja de expandirse el volumen físico del metabolismo. La razón ecosocial no apuesta por una única respuesta, sino por dos movimientos que se refuerzan entre sí. El primero es un desplazamiento del centro de gravedad de la economía hacia actividades de metabolismo liviano: cuidados, salud, educación, cultura, vínculos comunitarios, mantenimiento y reparación de lo ya existente. Son actividades que generan bienestar sin requerir un incremento proporcional de materiales y energía —de hecho, buena parte de ellas hoy están invisibilizadas o mal remuneradas precisamente porque no producen el tipo de crecimiento que el PIB sabe medir. El segundo movimiento apunta en otra dirección: no a producir menos bienes materiales en general, sino a reorganizar la producción de aquellos que sí son necesarios —alimento, vestimenta, vivienda— en cadenas más cortas, más cercanas a los territorios de consumo, con menor intensidad energética y menor dependencia de transporte de larga distancia.
Pero esta relocalización no es un movimiento que pueda darse por descontado ni resolverse mediante una decisión administrativa. En economías como las latinoamericanas, donde la generación de divisas depende estructuralmente de la exportación de bienes primarios y donde la mitad de la población activa se sostiene en la informalidad, la transición hacia cadenas cortas plantea una paradoja formidable: el mismo movimiento que reduce la dependencia metabólica del centro global puede, en el corto plazo, desestabilizar el empleo, la balanza de pagos y la estabilidad de precios. Por eso la relocalización no es un principio abstracto, sino un objeto de planificación conflictiva que requiere instrumentos de reconversión productiva, financiamiento de transición y mecanismos de protección social durante el período de ajuste. Esa es la tarea del Cuaderno 4.
Ninguno de los dos movimientos sustituye al otro. Una economía que solo desplazara actividades hacia el sector servicios sin resolver cómo produce lo que necesita para vivir seguiría dependiendo de un metabolismo lejano e invisibilizado, con el riesgo de externalizar hacia otros territorios exactamente lo que dice haber vuelto liviano en casa. Y una relocalización productiva que no fuera acompañada de una expansión del tiempo y los recursos dedicados al cuidado y a los vínculos seguiría midiendo el progreso por el volumen de lo producido, aunque ese volumen se produjera más cerca. La transición ecosocial no es solo reducir: es reorientar la producción hacia el valor de uso y hacia las necesidades que el mercado no sabe (o no quiere) satisfacer, mientras se acorta y aliviana la producción material que sigue siendo indispensable.
Estas contribuciones importan más allá del reconocimiento de los límites biofísicos. Muestran, sobre todo, que el problema económico contemporáneo no se reduce a la eficiencia en el uso de los recursos: toda sociedad debe decidir cuál es la magnitud de su metabolismo y bajo qué criterios organiza sus intercambios con la biosfera. La crisis ecológica contemporánea no es solo el resultado de que esos intercambios hayan alcanzado una escala incompatible con los ciclos naturales. Es, también, que la racionalidad que hoy los organiza carece de mecanismos capaces de contener su propia expansión. Comprender esa incapacidad es el paso siguiente de este análisis.
CAPÍTULO 2: LA SUPERIDEOLOGÍA PRODUCTIVISTA Y SUS FALSAS SALIDAS
2.1 El productivismo como superideología
Si la fractura metabólica —diagnosticada en el capítulo anterior— es una característica estructural del sistema contemporáneo, y este carece de mecanismos capaces de autocontenerla, la pregunta decisiva es por qué. La respuesta no puede encontrarse únicamente en el funcionamiento de la economía ni únicamente en el terreno de las ideas. Requiere comprender la articulación entre una determinada estructura institucional y un imaginario cultural que, reforzándose mutuamente, convierten la expansión permanente del metabolismo social en una necesidad aparentemente indiscutible.
En el plano estructural, tanto el capitalismo como los socialismos históricamente existentes compartieron una misma lógica de reproducción: la expansión continua del metabolismo material. Organizaron la producción mediante instituciones diferentes —el mercado en un caso, la planificación central en el otro—, pero ambos dependieron del incremento sostenido del transumo como condición de estabilidad y legitimidad. En las economías capitalistas, el capital debe crecer para sobrevivir a la competencia; la acumulación deja de ser una opción para convertirse en una exigencia sistémica. En las economías de planificación central, la legitimidad política descansó igualmente sobre la capacidad de aumentar la producción material, acelerar la industrialización y demostrar la superioridad del sistema mediante indicadores cuantitativos de crecimiento.
Esta convergencia revela que el problema trasciende la oposición entre mercado y planificación. Lo que ambos modelos compartieron fue una misma concepción del progreso: la identificación del bienestar con la expansión permanente de la capacidad productiva y del consumo material. Cambiaban los mecanismos de coordinación económica; permanecía inalterado el supuesto de que producir más era, por definición, un objetivo deseable.
A esta coincidencia profunda la llamamos productivismo. No es simplemente una ideología económica entre otras, sino una superideología: una racionalidad que atraviesa proyectos políticos diferentes y les da un horizonte compartido de legitimación. En términos gramscianos, podría decirse que el productivismo logró constituirse como el sentido común hegemónico de la modernidad industrial —aquello que parece tan evidente que ya no necesita ser justificado—. Bajo esta racionalidad, el crecimiento deja de ser un medio para satisfacer determinadas necesidades humanas y se transforma en un fin en sí mismo. La expansión material pasa a ser el criterio con el que se evalúan el progreso, el éxito de los gobiernos, la fortaleza de las economías e incluso el bienestar de las sociedades.
Conviene detenerse en por qué se elige aquí el término superideología y no otras categorías disponibles en la teoría social —hegemonía, episteme, paradigma, cosmovisión— que podrían parecer intercambiables. Cada una de ellas ilumina un aspecto distinto y ninguna captura del todo lo que este concepto necesita nombrar. La hegemonía gramsciana describe el consenso que un bloque histórico construye para imponerse sobre otros bloques rivales; pero el productivismo no es el proyecto de un bloque sobre otro, sino algo compartido por bloques que se conciben a sí mismos como enemigos irreconciliables. La episteme foucaultiana, por su parte, opera en otro plano por completo: describe las condiciones históricas que hacen posible que ciertos enunciados cuenten como saber verdadero en una época —es una categoría del orden del discurso científico, no de la confrontación entre proyectos políticos—. No fue pensada para explicar por qué dos programas que se declaran enemigos irreconciliables terminan compartiendo el mismo criterio de éxito material; pertenece a un registro distinto del que aquí se necesita.
Lo específico del productivismo como superideología es justamente eso: opera por encima de ideologías que se experimentan a sí mismas como alternativas radicales —mercado contra planificación, capital contra Estado— y que, sin embargo, comparten sin saberlo el mismo criterio de éxito. Ninguna de esas ideologías reconoce al productivismo como su ideología; cada una cree estar combatiendo a la otra. Superideología nombra precisamente esa invisibilidad estructural: el hecho de que la coincidencia más profunda entre proyectos antagónicos ocurra en un nivel que ninguno de los dos alcanza a ver desde dentro de su propio marco.
La consecuencia es que el sistema pierde la capacidad de reconocer sus propios límites. Ninguno de los mecanismos que orientan las decisiones económicas registra de manera adecuada la degradación de los procesos ecológicos que sostienen la reproducción social. Los precios reflejan relaciones de oferta y demanda, no la capacidad regenerativa de los ecosistemas. Las tasas de rentabilidad expresan beneficios monetarios, no la pérdida de fertilidad de los suelos, la alteración del clima o la disminución de la biodiversidad. Los indicadores macroeconómicos celebran el incremento de la producción sin distinguir si ese crecimiento fortalece o debilita las condiciones materiales que hacen posible la vida.
El resultado es una dinámica de retroalimentación positiva. La expansión económica genera incentivos para nuevas inversiones; estas producen mayor extracción de materiales y energía; el incremento de la producción alimenta nuevas expectativas de crecimiento, mientras la degradación ecológica permanece sistemáticamente invisibilizada o desplazada hacia otros territorios, otras poblaciones o las generaciones futuras. El sistema registra con extraordinaria precisión la evolución de los precios financieros. No tiene mecanismos equivalentes para registrar el deterioro del metabolismo del que depende su propia continuidad.
Por eso la incapacidad de autocontención no es una falla accidental del sistema, sino consecuencia de su propia arquitectura institucional y cultural. Un mecanismo que limitara deliberadamente la expansión del metabolismo cuestionaría el principio sobre el que descansa la legitimidad de la racionalidad productivista: lo que debe crecer para garantizar la reproducción del sistema no puede, al mismo tiempo, convertirse en objeto de una limitación consciente.
Diversos autores identificaron tempranamente esta convergencia. André Gorz advirtió que la cuestión decisiva no era únicamente la crítica del capitalismo, sino la crítica de una concepción del progreso compartida por buena parte del pensamiento moderno, según la cual el crecimiento de las fuerzas productivas era el camino inevitable hacia la emancipación. Jonathon Porritt caracterizó al productivismo como una superideología que engloba tanto al capitalismo como a los socialismos industriales. Cornelius Castoriadis mostró que ambos proyectos compartían el imaginario de un dominio ilimitado sobre la naturaleza mediante la expansión de la técnica.
La noción de superideología permite entender por qué la crítica ecológica no puede agotarse en la sustitución de un régimen económico por otro si ambos conservan intacta la misma racionalidad expansiva. Da igual quién controle los medios de producción: lo que organiza la producción misma es el objetivo que persigue. Mientras el crecimiento ilimitado siga siendo el criterio último de legitimación política, cualquier transformación institucional tenderá a reproducir la expansión del metabolismo social, aunque cambien sus formas de administración.
Esta superideología, sin embargo, no se presenta del mismo modo en todos los contextos históricos, y conviene precisar su variante latinoamericana porque tiene una genealogía propia y suele reivindicarse, precisamente, como alternativa al productivismo del capital transnacional. El desarrollismo —en su versión cepalina, en su articulación con los proyectos nacional-populares de industrialización por sustitución de importaciones, y en su reformulación contemporánea como neoextractivismo progresista (Gudynas, 2009) o consenso de los commodities (Svampa, 2013)— nació como una crítica legítima a la división internacional del trabajo que condenaba a la región a exportar materias primas sin valor agregado. Esa crítica sigue siendo, en gran medida, válida. Pero el desarrollismo, en todas sus variantes, comparte con el productivismo que este capítulo describe el mismo criterio último de legitimación: el aumento de la producción material —ahora con un Estado más fuerte, una redistribución más justa y un discurso soberanista— como condición y medida del progreso. Un gobierno puede nacionalizar la renta extractiva, redistribuirla hacia políticas sociales y reivindicar soberanía frente al capital extranjero, y aun así reproducir exactamente la misma lógica que este ensayo cuestiona: la escala de extracción como variable a maximizar, nunca como parámetro a redefinir. La disputa, entonces, no es entre desarrollismo y productivismo transnacional, sino entre ambos y la razón ecosocial que este ensayo propone.
Esta constatación desplaza el punto de partida del análisis. Ya no alcanza con explicar por qué el metabolismo social alcanzó una escala incompatible con los límites biofísicos. Hace falta comprender por qué una civilización llegó a considerar deseable una expansión que ya no puede sostener. Para eso hay que examinar la dimensión cultural del productivismo: la manera en que esta racionalidad organiza los deseos, las expectativas y las formas cotidianas de imaginar el bienestar.
2.2 La cultura de la infinitud: cómo el productivismo habita la vida cotidiana
La persistencia del productivismo no puede explicarse únicamente por la existencia de determinadas estructuras económicas o instituciones políticas. Si así fuera, bastaría con modificar esas instituciones para transformar el funcionamiento del sistema. Sin embargo, la extraordinaria capacidad de reproducción del productivismo revela que su arraigo es mucho más profundo. No opera solamente como una lógica de organización económica; es también una racionalidad cultural que modela la forma en que las personas interpretan el bienestar, el éxito, la libertad y el sentido mismo de una vida lograda.
Esta dimensión cultural explica por qué una sociedad puede experimentar simultáneamente un deterioro creciente de sus condiciones ecológicas y, al mismo tiempo, seguir identificando el crecimiento económico como la solución a ese deterioro. El productivismo no solo organiza la producción; organiza también las expectativas colectivas y las categorías mediante las cuales las personas interpretan su propia experiencia.
Una de sus manifestaciones más visibles es la colonización de los deseos. La publicidad, las industrias culturales, las plataformas digitales y múltiples dispositivos de socialización construyen permanentemente nuevas necesidades y redefinen las existentes. El bienestar deja de asociarse con la satisfacción suficiente de las necesidades humanas para quedar vinculado a una expansión incesante del consumo. La promesa de plenitud se desplaza siempre hacia el próximo bien, la próxima innovación tecnológica, la próxima experiencia de consumo. La satisfacción definitiva resulta imposible porque el sistema necesita reproducir continuamente nuevas formas de insatisfacción que mantengan en funcionamiento la expansión del mercado.
Esta dinámica no constituye un fenómeno psicológico aislado, sino un requisito funcional del metabolismo productivista. Una sociedad orientada hacia el crecimiento permanente necesita producir continuamente nuevos objetos de deseo capaces de sostener la ampliación del consumo material. La economía ya no responde prioritariamente a necesidades previamente existentes: se organiza, cada vez más, alrededor de la producción permanente de nuevas demandas.
Iván Illich advirtió tempranamente otra dimensión de este proceso. Muchas de las herramientas concebidas para ampliar la autonomía humana terminan reorganizando la vida alrededor de sus propias exigencias de funcionamiento. El automóvil modifica la estructura de las ciudades; las redes digitales reorganizan el tiempo cotidiano; numerosas tecnologías que prometían ampliar la libertad terminan generando nuevas dependencias. El resultado va más allá de una mayor complejidad técnica: es una transformación profunda de las condiciones bajo las cuales las personas construyen su autonomía.
El productivismo también opera mediante la naturalización de lo histórico. Presenta como leyes inevitables aquello que es el resultado de procesos sociales e históricos específicos. La identificación entre progreso y crecimiento económico, la idea de que la naturaleza existe primordialmente para ser explotada o la convicción de que el bienestar depende del incremento permanente del consumo aparecen como evidencias incuestionables, no como construcciones culturales susceptibles de ser discutidas. El imaginario productivista no necesita imponerse continuamente mediante la coerción: le basta con delimitar el horizonte de lo pensable. Lo que queda fuera de ese horizonte empieza a parecer irrealizable, irracional o simplemente imposible.
A ello se suma una tercera dimensión: la compensación emocional. Las mismas dinámicas que intensifican la competencia, la precariedad y la fragmentación de los vínculos sociales generan necesidades afectivas que el propio consumo pretende satisfacer. La adquisición de bienes ya no responde únicamente a necesidades funcionales: se convierte en un mecanismo de reconocimiento, pertenencia e identidad. Los objetos consumidos adquieren un significado simbólico que excede ampliamente su utilidad material. Consumir significa también ocupar un lugar, construir una imagen de sí mismo y participar de una determinada forma de reconocimiento social.
Este mecanismo explica por qué las críticas al consumismo suelen vivirse como cuestionamientos personales antes que como discusiones sobre la organización económica. Cuando la identidad individual queda estrechamente vinculada a determinadas formas de consumo, poner en cuestión esas prácticas puede sentirse como una amenaza a la propia autoestima o a la posición social alcanzada.
La eficacia cultural del productivismo se apoya igualmente en una realidad material que no puede ignorarse: la precariedad estructural. Millones de personas dependen de que la economía continúe creciendo para conservar su empleo, sostener sus ingresos o acceder a bienes y servicios esenciales. En estas condiciones, la promesa de crecimiento no aparece únicamente como un discurso ideológico, sino como la garantía inmediata de supervivencia. Para quienes viven bajo condiciones permanentes de incertidumbre económica, el crecimiento representa la posibilidad concreta de evitar el desempleo, la pobreza o la exclusión.
Esta circunstancia obliga a evitar una simplificación frecuente en ciertos discursos ambientalistas. La adhesión social al crecimiento no puede interpretarse exclusivamente como una falsa conciencia inducida por la propaganda. En gran medida responde a una experiencia material objetiva: dentro de la arquitectura institucional vigente, el bienestar y la seguridad económica dependen efectivamente de la continuidad del crecimiento. Precisamente por eso, una transición ecosocial solo podrá consolidarse si ofrece nuevas formas de seguridad material que no descansen sobre la expansión permanente del metabolismo.
El productivismo encuentra, además, uno de sus soportes simbólicos más eficaces en el Producto Bruto Interno. Más que un simple indicador estadístico, el PIB funciona como un dispositivo cultural que traduce la complejidad de la vida colectiva a una única magnitud cuantitativa. A través de él, el crecimiento económico se vuelve sinónimo de progreso, mientras dimensiones esenciales como la calidad de los vínculos sociales, la salud de los ecosistemas, el trabajo de cuidados, la cohesión comunitaria o el tiempo disponible para la vida permanecen prácticamente invisibles. Como lo expresó Robert F. Kennedy en 1968, el PIB «mide todo, excepto aquello que hace que la vida valga la pena».
La persistencia del PIB como principal referencia para evaluar el éxito de gobiernos y economías no se explica únicamente por razones técnicas. Responde, sobre todo, a su capacidad para condensar en un único indicador el imaginario productivista: una sociedad progresa en la medida en que produce más, independientemente de qué produce, para quién produce o de las consecuencias ecológicas y sociales de esa producción.
El sistema educativo es, en este mismo sentido, uno de los dispositivos más sistemáticos de reproducción del imaginario productivista. Desde la escolarización temprana, la formación de las subjetividades se organiza en torno a la competencia, la medición del rendimiento y la preparación para el mercado laboral. La naturaleza aparece como un conjunto de recursos a explotar; el tiempo, como un insumo que debe optimizarse; el éxito, como acumulación de créditos y calificaciones. El currículo escolar rara vez enseña a leer los metabolismos que sostienen la vida, a reconocer la interdependencia ecológica o a valorar el cuidado como actividad socialmente necesaria. La educación no es, por tanto, un ámbito neutral que deba ser ‘agregado’ a la transición ecosocial: es un territorio de disputa fundamental, donde se juega la posibilidad de construir nuevas formas de desear, de habitar el mundo y de entender el bienestar.
Comprender esta dimensión cultural es indispensable para cualquier proyecto de transformación ecosocial. La transición no podrá limitarse a modificar instituciones económicas o tecnologías productivas. También deberá disputar el imaginario que identifica el bienestar con la expansión ilimitada del consumo material, y construir nuevos horizontes de sentido capaces de articular suficiencia, autonomía, seguridad y calidad de vida dentro de los límites de la biosfera. Mientras el crecimiento siga ocupando el lugar de principal promesa civilizatoria, cualquier intento de reorganizar el metabolismo social encontrará resistencias que exceden ampliamente el terreno de la economía y se inscriben en la cultura misma de la modernidad productivista.
2.3 Las falsas salidas: mercado, tecnología, planificación
Si el productivismo es una racionalidad compartida por sistemas económicos aparentemente antagónicos, las respuestas que esa racionalidad ofrece frente a la crisis ecológica difícilmente puedan resolver el problema que ella misma generó. A lo largo de las últimas décadas se consolidaron tres grandes estrategias para enfrentar los límites ambientales: la confianza en la autorregulación del mercado, la expectativa de una solución tecnológica y la apelación a una planificación central capaz de orientar racionalmente la producción. Difieren en sus instrumentos, pero comparten un mismo supuesto: la crisis puede resolverse sin modificar la lógica expansiva del metabolismo social.
Su diferencia está en el mecanismo propuesto; su coincidencia, en aquello que permanece fuera de discusión. Ninguna interroga la magnitud del metabolismo material que sostiene la economía. Todas presuponen que el crecimiento puede continuar indefinidamente si se administran mejor las variables del sistema. Y, en consecuencia, ninguna cuestiona el principio productivista según el cual el aumento permanente de la producción es el objetivo fundamental de la organización social.
El mercado como mecanismo de autorregulación
La primera respuesta sostiene que el mercado tiene la capacidad de corregir espontáneamente los problemas ecológicos mediante el sistema de precios. Si los bienes ambientales adquieren un precio adecuado, argumenta esta perspectiva, los agentes económicos modificarán racionalmente su comportamiento y la propia dinámica competitiva conducirá hacia soluciones ambientalmente eficientes.
Esta interpretación le atribuye al mercado una capacidad de regulación que excede ampliamente su ámbito de funcionamiento. Los precios expresan relaciones de escasez relativas entre bienes intercambiables; no expresan los límites absolutos de los sistemas ecológicos. Pueden indicar que un recurso se volvió relativamente más costoso respecto de otro, pero no pueden determinar cuál es el volumen máximo de materiales y energía que una biosfera finita puede sostener sin deteriorar sus funciones esenciales.
El caso del carbono resulta ilustrativo. El precio de las emisiones no deriva de la capacidad física de la atmósfera para absorber dióxido de carbono. Deriva de decisiones políticas sobre la cantidad de permisos emitidos y de la interacción entre oferta y demanda en los mercados correspondientes. El mercado administra derechos de emisión previamente definidos; no determina cuáles deberían ser esos límites desde el punto de vista ecológico.
Hay, además, una incompatibilidad temporal difícil de superar. Los mercados operan mediante decisiones de corto plazo guiadas por expectativas de rentabilidad, mientras los procesos ecológicos fundamentales se desarrollan en escalas temporales mucho más extensas. La regeneración de un bosque, la recuperación de un acuífero o la estabilización del sistema climático responden a ritmos que no encuentran traducción adecuada en los mecanismos de formación de precios. Lo que resulta económicamente rentable en el presente puede ser ecológicamente irreversible en el largo plazo.
Por estas razones, el mercado puede desempeñar funciones de asignación dentro de límites previamente establecidos, pero carece de los instrumentos necesarios para definir esos límites. La cuestión decisiva —cuánto puede expandirse el metabolismo social sin comprometer las condiciones de reproducción de la biosfera— permanece fuera de su alcance.
La promesa tecnológica
La confianza en la innovación tecnológica ofrece la segunda respuesta. Según esta perspectiva, el desarrollo científico permitirá desacoplar progresivamente el crecimiento económico del consumo de materiales y energía, de modo que las economías puedan seguir expandiéndose mientras disminuye su impacto ambiental.
Sin desconocer la enorme importancia de los avances tecnológicos, esta expectativa suele confundir eficiencia con suficiencia. Es indudable que numerosas innovaciones permiten reducir la cantidad de materiales o energía necesaria para producir una unidad determinada de bienes o servicios. Pero esa mejora en la eficiencia no implica necesariamente una disminución del metabolismo total.
La razón es sencilla. Cuando el ahorro obtenido por unidad de producto queda compensado —o superado— por el incremento del volumen total producido y consumido, el resultado final es un aumento, no una reducción, del uso agregado de materiales y energía. Este fenómeno, conocido como efecto rebote o paradoja de Jevons, muestra que las ganancias de eficiencia, bajo una racionalidad orientada al crecimiento permanente, suelen convertirse en un estímulo para expandir aún más la producción.
La historia de la industrialización ofrece numerosos ejemplos de este proceso. La mejora en la eficiencia de las máquinas de vapor durante el siglo XIX no redujo el consumo de carbón: contribuyó a multiplicarlo, al hacer económicamente viable un número mucho mayor de aplicaciones industriales. El mismo mecanismo sigue operando en múltiples tecnologías contemporáneas: vehículos más eficientes, electrodomésticos de menor consumo o procesos productivos menos intensivos pueden coexistir con un incremento sostenido del consumo total de materiales y energía.
El problema, entonces, no está en la tecnología en sí misma, sino en la racionalidad que orienta su utilización. Una tecnología capaz de disminuir la intensidad material de un proceso productivo puede convertirse tanto en un instrumento para reducir el metabolismo social como en un medio para acelerar su expansión. La dirección del cambio no la determina la innovación técnica, sino el proyecto político y económico dentro del cual esa innovación se inserta.
La planificación central
La tercera respuesta desplaza el diagnóstico: sostiene que la incapacidad para conducir el metabolismo social no proviene del crecimiento en sí mismo, sino del carácter anárquico de la producción capitalista. Desde esta perspectiva, una planificación racional permitiría orientar la economía hacia objetivos socialmente deseables y superar las limitaciones propias del mercado.
La experiencia histórica de las economías de planificación central, sin embargo, muestra que sustituir el mercado por mecanismos administrativos de coordinación no modificó necesariamente la lógica productivista. Esas economías demostraron una notable capacidad para movilizar recursos, acelerar procesos de industrialización y reorganizar sectores completos de la producción, pero compartieron con el capitalismo una misma concepción del progreso, basada en la expansión permanente de las fuerzas productivas.
La planificación permitió cambiar quién decidía sobre la producción, pero no transformó el criterio que orientaba esas decisiones. El éxito siguió midiéndose por el aumento de la producción material, el crecimiento industrial y la capacidad de incrementar el consumo energético. Los límites ecológicos estuvieron tan ausentes de la planificación como lo estaban del mercado.
Los grandes desastres ambientales ocurridos bajo los socialismos históricos ilustran esa continuidad. La desecación del Mar de Aral, la contaminación del lago Baikal o el accidente de Chernóbil no fueron simples errores administrativos ni excepciones desafortunadas: expresan una racionalidad que subordinó igualmente la reproducción de los procesos ecológicos a la expansión de la producción material.
Esto no significa que toda forma de planificación sea incompatible con una transición ecosocial. Significa, más precisamente, que una planificación subordinada a objetivos productivistas reproduce las mismas tendencias expansivas que pretende corregir. La planificación, al igual que el mercado o la tecnología, es un instrumento. Su sentido depende de la racionalidad que organiza sus fines.
2.4 El desarrollo sostenible insostenible
Existe una cuarta respuesta que merece un tratamiento diferenciado, porque a diferencia del mercado, la tecnología o la planificación, no es un instrumento entre otros: es el marco normativo que los engloba a todos. El desarrollo sostenible, formulado en su versión canónica por el Informe Brundtland (1987) como aquel desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las propias, adquirió una posición prácticamente hegemónica en el discurso ambiental institucional, desde los organismos multilaterales hasta las estrategias corporativas de sostenibilidad.
En su formulación dominante, sin embargo, el desarrollo sostenible reproduce con notable precisión la lógica que este capítulo identificó como insuficiente. La pregunta que hace no es en qué condiciones resulta legítimo continuar. Es cómo continuar: presupone que el desarrollo —y el crecimiento material que históricamente lo sostuvo— puede proseguir su trayectoria si se gestionan adecuadamente sus efectos colaterales. No interroga la escala del metabolismo social; busca volverla compatible, mediante ajustes técnicos y normativos, con una noción difusa de continuidad intergeneracional. Es, en este sentido, una estrategia que opera sobre variables —intensidad de emisiones, eficiencia en el uso de recursos, indicadores de impacto ambiental— sin modificar el parámetro que las origina.
Esta lectura se confirma al examinar el supuesto teórico que sostiene a la versión dominante del concepto: la sostenibilidad débil, según la cual el capital natural y el capital producido por el ser humano son sustituibles entre sí. Bajo este supuesto, la pérdida de un ecosistema puede compensarse con una inversión equivalente en infraestructura, tecnología o capital financiero, de modo que el patrimonio total —natural más artificial— se mantenga constante. Esta premisa elimina, por definición, la posibilidad de un límite biofísico absoluto. Si la naturaleza es sustituible sin pérdida neta, ya no hace falta redefinir ningún parámetro: queda solo una cuestión de asignación eficiente entre formas de capital relativamente intercambiables. Leído de esta manera, el desarrollo sostenible no supera la racionalidad productivista, sino que constituye su forma más sofisticada de continuidad: absorbe el lenguaje de los límites sin alterar el mandato de crecimiento que los origina.
Conviene precisar, no obstante, que el concepto no es monolítico. Las formulaciones que parten de una sostenibilidad fuerte —que niegan la sustituibilidad entre capital natural y capital producido y reconocen límites planetarios no negociables— se aproximan a una lógica distinta, más cercana a la que este ensayo desarrollará en el capítulo siguiente bajo el nombre de alostasis. La distinción decisiva no está, por tanto, en la palabra «sostenible», sino en si el concepto que la sostiene autoriza o impide la redefinición del parámetro de escala. En su versión institucionalizada y mayoritaria, el desarrollo sostenible no la autoriza: opera como un mecanismo de conservación que le permite a la racionalidad productivista incorporar la crítica ecológica sin modificar su núcleo expansivo.
2.5 La raíz común del error: variables frente a parámetros
Las respuestas analizadas —mercado, tecnología, planificación y desarrollo sostenible en su versión dominante— difieren en los instrumentos que proponen, pero comparten un mismo supuesto epistemológico: creen que la crisis ecológica puede resolverse optimizando el funcionamiento del sistema existente, sin modificar los criterios que determinan su escala y dirección. Todas buscan administrar mejor el metabolismo social; ninguna cuestiona la racionalidad que lo impulsa a expandirse de manera permanente.
Esta coincidencia remite a una confusión conceptual cuya importancia trasciende el debate económico: la confusión entre variables y parámetros.
Las variables son magnitudes que pueden fluctuar dentro de un sistema sin alterar su estructura básica. La tasa de interés, la inflación, el empleo, la intensidad energética de la producción, las emisiones por unidad de producto o el crecimiento del PIB son variables susceptibles de aumentar o disminuir mediante políticas públicas, innovaciones tecnológicas o cambios en el comportamiento de los agentes económicos. Son los objetos habituales de la gestión económica, precisamente porque pueden modificarse sin poner en cuestión la lógica general del sistema.
Los parámetros cumplen una función distinta. No describen el comportamiento del sistema, sino las condiciones que delimitan el rango dentro del cual ese comportamiento puede desarrollarse. Definen el marco de funcionamiento de las variables y establecen los límites que no pueden superarse sin alterar la naturaleza del propio sistema.
Conviene precisar que los parámetros no se agotan en magnitudes físicas como la escala de extracción o el volumen de emisiones. Buena parte de lo que hace posible —o imposible— redefinir esos límites biofísicos son, a su vez, parámetros de otro orden: institucionales. Las reglas fiscales que determinan qué actividades se subsidian y cuáles se gravan, el régimen monetario que privilegia ciertos horizontes de inversión sobre otros, los derechos de propiedad que definen quién puede disponer de un territorio o un recurso, las formas jurídicas que hacen posible o imposible una explotación determinada, los indicadores oficiales de éxito —el PIB, la calificación crediticia, la tasa de inversión— que orientan la acción de gobiernos y empresas: todos ellos son también parámetros, en el sentido preciso que aquí se define, porque no fluctúan como variables dentro de un sistema dado sino que constituyen el marco que hace posible ese sistema tal como es. Esta ampliación no es accesoria: retoma la tradición de la régulation (Aglietta, Boyer, Lipietz), que ya en la Nota metodológica se identificó como una de las genealogías propias de la modulación alostática, precisamente porque esa escuela describe los «modos de regulación» como configuraciones institucionales históricas y contingentes —no como equilibrios naturales—. Redefinir el parámetro biofísico de la escala metabólica, en consecuencia, exige casi siempre redefinir también los parámetros institucionales que hoy lo sostienen: sin un cambio en el régimen fiscal, en los derechos de propiedad o en los indicadores de éxito, ningún límite biofísico puede volverse operativo en la práctica.
En términos ecosociales, la escala del metabolismo social es precisamente un parámetro. La cantidad total de materiales y energía que una sociedad extrae, transforma y devuelve a la biosfera no es una variable más entre otras: determina el rango dentro del cual es posible la reproducción de los sistemas ecológicos que sostienen la vida. Una vez superado ese rango, la degradación deja de ser un fenómeno corregible mediante ajustes parciales y empieza a comprometer las condiciones mismas de funcionamiento del sistema.
Esta distinción permite entender por qué numerosas políticas ambientales producen resultados limitados aun cuando logran mejorar determinados indicadores. Es posible reducir la intensidad energética de la producción, aumentar las tasas de reciclaje, incorporar tecnologías más eficientes o disminuir parcialmente algunas emisiones específicas sin modificar la escala total del metabolismo material. En esos casos, las variables mejoran mientras el parámetro fundamental permanece inalterado.
El resultado es una paradoja característica del productivismo contemporáneo: las economías pueden volverse relativamente más eficientes y, sin embargo, seguir incrementando su presión total sobre la biosfera. La mejora de las variables crea la apariencia de una transición ecológica mientras el parámetro que determina la magnitud del metabolismo sigue expandiéndose. Hay ahí una adaptación del sistema a sus propias contradicciones, no una transformación de la racionalidad que las genera.
La confusión entre variables y parámetros tiene, además, profundas consecuencias políticas. Mientras los problemas se interpreten como desviaciones cuantitativas susceptibles de corrección, las respuestas se orientarán inevitablemente hacia instrumentos de gestión: incentivos económicos, regulaciones sectoriales, innovaciones tecnológicas o mejoras administrativas. Todas ellas pueden ser necesarias y, en muchos casos, deseables. Pero ninguna puede resolver una crisis cuyo origen está en la definición misma del rango de operación del metabolismo social.
Por eso la cuestión decisiva ya no es cómo optimizar el funcionamiento del sistema, sino quién define sus parámetros fundamentales. ¿Qué volumen de extracción es compatible con la regeneración de los ecosistemas? ¿Qué nivel de consumo material puede sostenerse sin comprometer las condiciones de vida de las generaciones futuras? ¿Qué necesidades deben satisfacerse prioritariamente y cuáles responden a una dinámica expansiva que ya no puede sostenerse? Estas preguntas no admiten respuestas exclusivamente técnicas ni económicas. Son, ante todo, preguntas políticas.
Ese es el punto de inflexión para el análisis que sigue. Mientras el debate permanezca circunscripto a la administración de variables, la racionalidad productivista conservará intacto su principio organizador; solo cuando la sociedad asuma la capacidad de redefinir deliberadamente los parámetros de su propio metabolismo aparecerá la posibilidad de una modulación diferente. Eso exige abandonar la ilusión de que los límites biofísicos pueden gestionarse únicamente mediante ajustes internos del sistema, y reconocer que la crisis contemporánea plantea un problema de reorganización profunda del modo en que las sociedades modulan sus intercambios con la biosfera: ya no se trata de hacer funcionar mejor el metabolismo existente, sino de redefinir, democráticamente, su escala y su orientación para hacerlas compatibles con la continuidad de la vida. Esa será precisamente la cuestión que abordará el capítulo siguiente al introducir el problema de la regulación.
2.6 Externalidad estructural: el modo normal de funcionamiento del sistema
La economía convencional llama externalidades a los costos o beneficios que una actividad económica genera sobre terceros sin que queden reflejados en los precios de mercado. La contaminación de un río, la pérdida de biodiversidad, las emisiones de gases de efecto invernadero o los impactos sobre la salud pública aparecen, desde esta perspectiva, como efectos secundarios que el mercado no logra incorporar adecuadamente a sus mecanismos de asignación.
Esta formulación resulta insuficiente porque presupone que el funcionamiento normal del sistema sería compatible con la sostenibilidad ecológica, y que las externalidades son simples desviaciones corregibles mediante impuestos, regulaciones o mercados de derechos. La evidencia acumulada por la ecología política y la economía ecológica conduce, sin embargo, a una conclusión diferente: aquello que la teoría económica llama externalidades es, en realidad, una condición estructural del metabolismo productivista.
Toda economía necesita transformar materiales y energía para sostener su funcionamiento. Pero la racionalidad productivista organiza esa transformación mediante un mecanismo sistemático de desplazamiento de costos. Los beneficios económicos tienden a concentrarse allí donde se localizan la producción, la inversión y el consumo, mientras los costos biofísicos y sociales se transfieren hacia otros territorios, otras poblaciones o las generaciones futuras. La externalización no es un accidente: es un principio organizador del sistema.
Ese desplazamiento toma distintas formas, y conviene distinguirlas. Espacialmente, cuando los procesos de extracción degradan ecosistemas alejados de los lugares donde se consumen los bienes producidos. En el tiempo, cuando el bienestar presente se sostiene mediante procesos cuyos costos recaerán sobre las generaciones futuras. Entre grupos sociales, cuando los impactos ambientales afectan de manera desproporcionada a comunidades con menor capacidad económica o política para defender sus territorios. Y en el plano político, cuando quienes soportan esos costos carecen de poder efectivo para intervenir en las decisiones que los producen.
Un teléfono móvil es un ejemplo elocuente de esta lógica. Detrás de un objeto cotidiano convergen minerales extraídos en distintos continentes, grandes consumos de energía y agua, procesos industriales intensivos, cadenas globales de transporte y, finalmente, residuos electrónicos cuya disposición suele recaer sobre regiones periféricas. El precio final refleja los costos monetarios asumidos por las empresas participantes, pero no incorpora plenamente la degradación ecológica acumulada a lo largo de toda la cadena metabólica. El producto aparece como un bien de mercado; su historia material permanece prácticamente invisible.
La noción de externalidad estructural permite entender que esta invisibilidad no responde a una falla circunstancial del mercado, sino a un requisito funcional del propio proceso de acumulación. Si todos los costos ecológicos y sociales fueran efectivamente incorporados a los procesos de valorización económica, buena parte de las actividades actualmente rentables dejarían de serlo. Numerosos modelos de producción dependen precisamente de la posibilidad de trasladar una parte significativa de sus costos hacia ámbitos que no participan de la contabilidad económica.
Por eso la propuesta de «internalizar las externalidades» mediante instrumentos exclusivamente económicos tiene límites importantes. Esos mecanismos pueden modificar comportamientos, incentivar innovaciones o reducir determinados impactos, y en algunos casos son herramientas útiles. Pero no alteran necesariamente la racionalidad que produce de manera sistemática nuevos procesos de externalización. No se trata solo de que ciertos costos permanezcan fuera del mercado: la reproducción misma del metabolismo productivista depende de esa posibilidad de desplazarlos.
La cuestión adquiere entonces una dimensión política que la economía convencional tiende a invisibilizar. Toda externalización implica una decisión —explícita o implícita— sobre quién asumirá los costos de la reproducción material de la sociedad. Determinar qué territorios serán explotados, qué comunidades soportarán la contaminación, qué ecosistemas podrán degradarse y qué riesgos se trasladarán hacia el futuro nunca es una decisión puramente técnica. Es siempre una decisión atravesada por relaciones de poder.
Desde esta perspectiva, la crisis ecológica contemporánea no puede entenderse como la acumulación de múltiples externalidades independientes entre sí. Expresa una forma históricamente determinada de organizar el metabolismo social, basada en la posibilidad permanente de desplazar costos más allá de los límites del cálculo económico y de la responsabilidad política inmediata. Mientras esa lógica permanezca intacta, cada intento de resolver un problema tenderá a generar nuevas formas de externalización en otros lugares, tiempos o escalas.
Con esto se cierra el recorrido iniciado en este capítulo. El productivismo no solo impulsa la expansión permanente del metabolismo social: necesita, además, ocultar buena parte de sus consecuencias para sostener su propia legitimidad. Mercado, tecnología y planificación —y también el desarrollo sostenible en su versión homeostática— fracasan cuando pretenden resolver la crisis ecológica porque operan dentro de una racionalidad que sigue considerando la expansión material como criterio fundamental del progreso. El problema no está solo en los instrumentos usados para gestionar el metabolismo: está en la lógica que determina su escala, su orientación y la distribución de sus costos.
El capítulo siguiente aborda precisamente esa cuestión. Si la crisis ecológica es, en su raíz, una crisis de regulación del metabolismo social ya no alcanza con preguntar cómo optimizar el sistema existente. Hay que preguntar qué forma de regulación puede hacer compatibles las necesidades humanas con los límites de la biosfera.
CAPÍTULO 3: HOMEOSTASIS, ALOSTASIS Y LA NUEVA RACIONALIDAD
3.1 Homeostasis o alostasis: el problema de fondo
Hasta aquí, el argumento se sostuvo en el terreno de la ecología política y la economía ecológica: metabolismo social, fractura metabólica, límites termodinámicos, productivismo. Son categorías que describen y explican una crisis específica. Lo que sigue cambia de registro. Ya no se trata de seguir diagnosticando la crisis ecológica, sino de proponer una teoría general sobre cómo debe regularse una sociedad sometida a límites que no puede modificar por decreto. La distinción entre homeostasis y alostasis, la diferencia entre parámetros y variables, y la Trilogía de la regulación ecosocial no son herramientas pensadas exclusivamente para el problema ambiental: son un marco de regulación política aplicable, en principio, a cualquier sistema social que enfrente límites estructurales — biofísicos o de otra naturaleza— que su propia dinámica no le permite reconocer. Este Cuaderno lo desarrolla a partir del caso ecosocial, por ser el más urgente y el mejor documentado empíricamente. Pero conviene decirlo desde ahora: lo que sigue no es solo un diagnóstico más fino de la crisis ambiental. Es una teoría de la regulación.
Los capítulos precedentes permitieron establecer tres conclusiones fundamentales. En primer lugar, toda sociedad se reproduce mediante un metabolismo que organiza el intercambio permanente de materia y energía con la biosfera. En segundo lugar, el sistema-mundo productivista llevó ese metabolismo a una escala incompatible con los ritmos de regeneración de los procesos ecológicos que sostienen la vida. Finalmente, ni el mercado, ni la innovación tecnológica, ni la planificación central, ni el desarrollo sostenible en su versión homeostática lograron resolver esa contradicción, porque comparten una misma racionalidad orientada hacia la expansión permanente del metabolismo material.
La cuestión decisiva ya no es demostrar la existencia de los límites biofísicos ni describir las consecuencias de su transgresión. El verdadero problema es otro: cómo regular un metabolismo social que perdió la capacidad de contener su propia expansión.
Formulada de este modo, la crisis ecológica deja de aparecer únicamente como una crisis ambiental o económica. Se revela, ante todo, como una crisis de regulación. Lo que está en cuestión no es solamente el volumen de materiales y energía que moviliza la sociedad, sino la ausencia de mecanismos capaces de ajustar ese metabolismo a las condiciones de funcionamiento de la biosfera. Mientras esa capacidad reguladora siga ausente, cualquier mejora tecnológica o institucional tenderá a ser absorbida por una dinámica expansiva que reproduce las mismas contradicciones bajo nuevas formas.
Conviene precisar el sentido del término regulación. No alude simplemente al conjunto de normas jurídicas mediante las cuales un Estado controla determinadas actividades económicas, ni se limita a los mecanismos de coordinación propios del mercado o de la planificación. En un sentido más amplio, designa el conjunto de procesos mediante los cuales un sistema mantiene su organización a lo largo del tiempo, responde a las perturbaciones y preserva las condiciones necesarias para su continuidad.
Toda sociedad regula permanentemente su metabolismo, aunque no siempre lo haga de manera consciente. Lo hace mediante instituciones, normas, tecnologías, formas culturales, sistemas de incentivos y relaciones de poder que determinan qué se extrae de la biosfera, cuánto se transforma, cómo se distribuyen los beneficios y quién asume los costos de ese intercambio material. La pregunta nunca fue si existe regulación, sino qué tipo de regulación organiza el metabolismo social y con qué criterios.
El problema contemporáneo, entonces, no es la ausencia absoluta de regulación. Es la persistencia de una forma de regulación incapaz de reconocer los límites biofísicos de los que depende su propia reproducción. La racionalidad productivista regula con gran eficacia la expansión de la producción, la circulación de mercancías, la acumulación de capital y la innovación tecnológica. Lo que no regula adecuadamente es la magnitud del metabolismo material que esas mismas dinámicas generan. El sistema administra con notable precisión sus variables económicas, pero carece de mecanismos equivalentes para mantener sus intercambios con la biosfera dentro de un rango ecológicamente compatible.
Esta distinción es fundamental. No toda regulación favorece la estabilidad de un sistema en el largo plazo. Existen formas de regulación que amplifican las perturbaciones en lugar de contenerlas y que, precisamente por su eficacia inmediata, terminan erosionando las condiciones que sostienen su propia continuidad. Un sistema puede estar altamente organizado y, sin embargo, avanzar hacia una trayectoria de creciente inestabilidad.
Comprender esta diferencia exige abandonar una idea demasiado extendida: que todo equilibrio representa necesariamente un estado deseable. Los sistemas vivos muestran otra cosa: la estabilidad no depende de permanecer inmóviles, sino de conservar la capacidad de responder a cambios permanentes sin perder la organización fundamental. La vida no se sostiene por ausencia de perturbaciones. Se sostiene porque hay mecanismos capaces de adaptarse continuamente a ellas.
Esta observación introduce una cuestión decisiva para la ecología política. Si la biosfera y las sociedades humanas son sistemas complejos sometidos a transformaciones constantes, la regulación no puede concebirse como la simple conservación de un estado fijo. Debe entenderse como la capacidad de mantener la viabilidad del sistema modificando oportunamente sus formas de funcionamiento cuando cambian las condiciones del entorno.
Hay maneras profundamente diferentes de preservar la estabilidad de un sistema complejo, y no cualquiera de ellas sirve para enfrentar la crisis ecológica contemporánea. De esa diferencia depende buena parte del horizonte político que se abre para las sociedades del siglo XXI.
La teoría de los sistemas distingue, en este sentido, dos grandes formas de regulación: la homeostasis, orientada a conservar un estado de equilibrio mediante respuestas compensatorias, y la alostasis, orientada a preservar la viabilidad del sistema mediante procesos continuos de adaptación anticipatoria. Comprender esa diferencia es el paso necesario para construir una nueva racionalidad ecosocial capaz de reorganizar el metabolismo humano dentro de los límites de la biosfera.
3.2 Homeostasis: la lógica de la restauración
La primera forma de regulación que distingue la teoría de los sistemas es la homeostasis. Busca mantener un estado de referencia relativamente estable mediante mecanismos de retroalimentación negativa que compensan las perturbaciones del entorno. Cuando una variable se desvía del rango considerado normal, el sistema activa respuestas correctivas destinadas a restablecer las condiciones previas de funcionamiento. El ejemplo clásico es el termostato: si la temperatura desciende por debajo del valor programado, el sistema enciende la calefacción; cuando la temperatura vuelve al nivel deseado, la calefacción se apaga. La regulación actúa para conservar un equilibrio previamente definido.
Los organismos vivos usan permanentemente mecanismos homeostáticos. La regulación de la temperatura corporal, de la glucemia o del equilibrio ácido-base responde a esta lógica: pequeñas variaciones se compensan para preservar condiciones internas compatibles con la vida. Mientras el entorno no experimente modificaciones que superen la capacidad adaptativa del organismo, la homeostasis es un mecanismo extraordinariamente eficaz.
Trasladada al ámbito socioecológico, esta lógica inspiró buena parte de las políticas contemporáneas de sostenibilidad. Muchas parten del supuesto de que existe un estado de equilibrio adecuado entre la sociedad y la biosfera que puede mantenerse mediante regulaciones apropiadas: impuestos ambientales, mercados de emisiones, áreas protegidas, estándares tecnológicos o mecanismos de compensación. Buscan corregir las desviaciones sin modificar sustancialmente la organización general del sistema.
Estas estrategias produjeron avances relevantes y, en numerosos casos, son indispensables para limitar daños específicos. Pero comparten un supuesto que la crisis ecológica contemporánea puso profundamente en cuestión: la existencia de un estado de referencia relativamente estable al que sería posible regresar una vez corregidas las perturbaciones.
Ese supuesto resulta cada vez más difícil de sostener. La magnitud de las transformaciones provocadas por la actividad humana durante los últimos siglos alteró de manera profunda los principales procesos que regulan el funcionamiento del sistema terrestre. La concentración atmosférica de gases de efecto invernadero, la modificación de los ciclos biogeoquímicos, la pérdida acelerada de biodiversidad, la transformación del uso del suelo y la acidificación de los océanos no son alteraciones transitorias susceptibles de corregirse con un simple retorno a las condiciones anteriores. Expresan una reorganización de gran escala del metabolismo entre sociedad y biosfera.
Esta situación llevó a diversos científicos a sostener que la humanidad abandonó las condiciones relativamente estables del Holoceno —período durante el cual se desarrollaron la agricultura, las ciudades y las grandes civilizaciones— para ingresar en una nueva etapa caracterizada por la influencia decisiva de las actividades humanas sobre el funcionamiento del sistema terrestre. Más allá de los debates existentes sobre la formalización geológica del Antropoceno, el concepto sirve para describir un hecho fundamental: la acción humana adquirió una capacidad de transformación planetaria que modifica las propias condiciones bajo las cuales debe organizarse la vida social.
En este contexto, la homeostasis encuentra límites que no son meramente técnicos, sino estructurales.
Primero, porque muchos de los cambios ya producidos tienen un elevado grado de irreversibilidad. Incluso una reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero no restauraría automáticamente las condiciones climáticas del pasado. Numerosos procesos ecológicos presentan inercias, umbrales y retroalimentaciones que prolongan sus efectos durante décadas, siglos o incluso milenios. La regulación ya no puede reducirse a volver atrás, porque el punto de partida dejó de existir.
Segundo, porque preservar el estado actual implicaría consolidar profundas asimetrías ecológicas y sociales. El metabolismo global contemporáneo descansa sobre relaciones de apropiación material extraordinariamente desiguales entre regiones, clases sociales y generaciones. Mantener sin modificaciones esa organización significaría perpetuar un intercambio ecológicamente desigual en el que determinados territorios concentran los beneficios del consumo mientras otros soportan desproporcionadamente los costos ambientales. En estas condiciones, la homeostasis no es ya una estrategia neutral de conservación: es una forma de estabilizar relaciones históricas de desigualdad.
Tercero, porque la propia escala de la transformación impide identificar un estado de referencia único y permanente. Cuando las condiciones del sistema cambian de manera continua, la regulación ya no puede limitarse a conservar un equilibrio preexistente. Un mecanismo diseñado para restaurar el pasado pierde eficacia cuando el entorno sobre el cual fue concebido fue profundamente modificado.
La metáfora del termostato ilustra con claridad este límite. Un termostato funciona adecuadamente mientras la estructura de la vivienda permanece estable y las variaciones de temperatura ocurren dentro de un rango previsible. Pero deja de ser suficiente cuando el edificio mismo está siendo transformado o cuando las condiciones externas cambian de manera permanente. Ahí, conservar el valor programado ya no es el principal desafío: lo decisivo es la capacidad del sistema para adaptarse a un entorno diferente sin perder su viabilidad.
La crisis ecológica contemporánea presenta precisamente esta característica. No enfrenta a las sociedades con una perturbación pasajera, sino con una transformación profunda de las condiciones biofísicas que hicieron posible la expansión del metabolismo productivista durante los últimos siglos. Por eso una regulación orientada exclusivamente a restaurar un equilibrio perdido resulta insuficiente. El desafío ya no es volver al mundo de ayer: es desarrollar una forma de regulación capaz de operar en un mundo cuya estabilidad fue irreversiblemente alterada.
Esa forma de regulación recibe, en la teoría de los sistemas, el nombre de alostasis.
3.3 Alostasis: la lógica de la recalibración
Si la homeostasis es una estrategia adecuada cuando las perturbaciones son limitadas y las condiciones generales del sistema permanecen relativamente estables, la situación cambia radicalmente cuando el propio entorno experimenta transformaciones profundas e irreversibles. En esas circunstancias, preservar inalterado el estado previo deja de ser garantía de estabilidad y puede convertirse, paradójicamente, en un factor de vulnerabilidad. Cuando cambia el sistema de referencia, la continuidad ya no depende de conservar los mismos parámetros, sino de redefinirlos.
Esta segunda forma de regulación recibe, en fisiología, el nombre de alostasis. El concepto fue desarrollado por Peter Sterling y Joseph Eyer para describir aquellos procesos mediante los cuales un organismo mantiene su viabilidad modificando activamente sus propios parámetros de funcionamiento frente a cambios persistentes del entorno. A diferencia de la homeostasis, que busca restablecer un estado considerado normal, la alostasis permite construir una nueva normalidad cuando las condiciones anteriores dejaron de existir.
La diferencia no es meramente terminológica. Expresa dos maneras profundamente distintas de entender la estabilidad. La homeostasis supone que las perturbaciones son excepcionales y que el equilibrio original sigue siendo válido como referencia. La alostasis parte del supuesto contrario: reconoce que las condiciones del entorno pueden transformarse de tal manera que conservar el equilibrio anterior deje de ser posible, o incluso deseable. En esos casos, la estabilidad solo se alcanza mediante una reorganización deliberada del propio sistema.
Conviene precisar el alcance con el que este concepto se usará en las páginas siguientes. Incorporarlo desde la fisiología no implica asumir una concepción organicista de la sociedad ni establecer una equivalencia entre un organismo vivo y una formación social. Las sociedades no tienen mecanismos automáticos de autorregulación comparables a los procesos fisiológicos, ni responden espontáneamente a las perturbaciones mediante ajustes biológicos.
La utilidad del concepto está en otro plano. La fisiología identificó un problema general —la necesidad de modificar los parámetros de funcionamiento de un sistema cuando cambian irreversiblemente las condiciones de su entorno— y elaboró una categoría capaz de describir ese fenómeno con notable precisión. La ecología política enfrenta hoy un desafío análogo respecto del metabolismo social. La analogía no pretende establecer una identidad entre ambos dominios: aprovecha una herramienta conceptual cuya potencia heurística permite iluminar un problema compartido, cómo preservar la viabilidad de un sistema cuando ya no es posible regresar a las condiciones anteriores.
La alostasis es, en este sentido, una categoría analítica y no una metáfora biológica. Su valor no depende de que la sociedad funcione como un organismo, sino de que ambos ámbitos enfrentan una cuestión estructural semejante: la necesidad de reorganizar su funcionamiento cuando el entorno modifica de manera irreversible las condiciones de estabilidad previamente existentes.
Desde la perspectiva ecosocial, recalibrar no significa optimizar el funcionamiento del sistema vigente. Tampoco equivale a introducir mejoras tecnológicas, aumentar la eficiencia de los procesos productivos o perfeccionar los mecanismos de mercado. Todas esas estrategias pueden modificar el rendimiento de un sistema sin alterar los parámetros fundamentales que orientan su funcionamiento.
Recalibrar es otra cosa: redefinir deliberadamente los parámetros que determinan el rango de operación del metabolismo social —la escala de extracción de materiales y energía, la velocidad de los flujos metabólicos, la relación entre producción y regeneración ecológica, la distribución social de los beneficios y de los costos, y los criterios con que una sociedad decide qué necesidades deben satisfacerse y cuáles deben limitarse.
Una analogía sencilla ilustra la diferencia. Optimizar es perfeccionar el funcionamiento de un vehículo para que consuma menos combustible o alcance una mayor eficiencia. Recalibrar es preguntarse si ese vehículo sigue siendo adecuado para el territorio que debe recorrer, o si hay que sustituirlo por otro completamente distinto. Lo primero mejora el desempeño del sistema existente; lo segundo redefine las condiciones bajo las cuales ese sistema puede seguir siendo viable.
Esta distinción es decisiva para entender la especificidad de la transición ecosocial. El desafío no es solo reducir impactos ambientales dentro de una lógica productivista que permanece intacta. Es redefinir la propia racionalidad que organiza el metabolismo social — sustituir una dinámica orientada hacia la expansión permanente por otra capaz de ajustar deliberadamente la escala de los intercambios entre sociedad y biosfera a las condiciones materiales que hacen posible su continuidad.
La diferencia entre ambas formas de regulación puede resumirse así:
| Homeostasis (preservación) | Alostasis (recalibración) |
| Procura restaurar un equilibrio previamente definido. | Procura construir una nueva estabilidad cuando cambian las condiciones del entorno. |
| Parte del supuesto de que las perturbaciones son transitorias. | Parte del reconocimiento de que ciertas transformaciones son irreversibles. |
| Busca corregir desviaciones respecto de un estado considerado normal. | Busca redefinir los parámetros que hacen posible la continuidad del sistema. |
| Conserva el rango de funcionamiento existente. | Modifica deliberadamente el rango de operación del metabolismo. |
| Pregunta: ¿cómo volver a la situación anterior? | Pregunta: ¿bajo qué nuevas condiciones puede seguir siendo viable el sistema? |
Tabla 1. Homeostasis y alostasis: rasgos comparativos.
La importancia de esta distinción trasciende el ámbito de la teoría de los sistemas. Es el punto de inflexión sobre el que se apoya la propuesta de este ensayo. Si la crisis ecológica contemporánea expresa una transformación irreversible de las condiciones biofísicas que sostienen la vida social, la respuesta ya no puede limitarse a restaurar un equilibrio perdido. Exige una racionalidad capaz de recalibrar deliberadamente el metabolismo social para hacerlo compatible con una biosfera cuyos límites ya no pueden seguir siendo ignorados. Esa racionalidad se llamará, en las páginas siguientes, razón ecosocial.
3.4 Tres ejemplos de la diferencia
La diferencia entre una regulación homeostática y una modulación alostática se aprecia con mayor claridad al examinar problemas concretos. En todos los casos, la distinción no está solo en las soluciones propuestas, sino en la pregunta inicial desde la que se define el problema. La regulación homeostática procura conservar el funcionamiento general del sistema introduciendo correcciones parciales. La modulación alostática empieza interrogando si los parámetros que organizan ese funcionamiento siguen siendo compatibles con las nuevas condiciones ecológicas e históricas.
La transición energética
En el ámbito energético, la misma lógica separa a quienes buscan sustituir combustibles fósiles por renovables sin modificar el volumen del consumo, de quienes preguntan primero cuánta energía necesita realmente una sociedad para garantizar una vida digna dentro de los límites de la biosfera. El apartado 3.6 desarrolla este caso en profundidad.
El sistema alimentario
En la alimentación, la perspectiva homeostática apunta a mantener los actuales niveles de producción mediante tecnologías más eficientes: agricultura de precisión, mejoras genéticas, optimización del uso de fertilizantes, reducción de pérdidas postcosecha o sistemas digitales de gestión agrícola. La lógica permanece centrada en producir más con un menor impacto relativo.
La pregunta alostática es otra: ¿qué sistema alimentario es compatible con la conservación de los procesos ecológicos que sostienen la producción de alimentos? Ahí el centro del análisis se desplaza de la productividad hacia la reproducción del metabolismo agrario. Ya no alcanza con mirar el rendimiento por hectárea: entran en juego el tipo de dieta predominante, la diversidad de los sistemas productivos, la organización territorial de la producción, la conservación de los suelos, la disponibilidad de agua, la biodiversidad y la resiliencia de los ecosistemas agrícolas. La eficiencia sigue importando, pero subordinada a un criterio más amplio: la capacidad del sistema para sostener indefinidamente las condiciones que hacen posible la producción de alimentos.
El territorio urbano
El contraste es igual de visible en la organización de las ciudades. Una estrategia homeostática busca mejorar el desempeño ambiental del modelo urbano existente mediante vehículos eléctricos, edificios energéticamente eficientes, digitalización de los servicios públicos, sistemas inteligentes de gestión del tránsito o nuevas infraestructuras tecnológicas. Estas iniciativas pueden reducir determinados impactos ambientales sin modificar la lógica territorial que genera una elevada demanda de energía y materiales.
¿Es compatible el actual patrón de urbanización con los límites biofísicos de la biosfera? Esa es la pregunta que abre la modulación alostática. Si la respuesta es negativa, la transición no puede limitarse a hacer más eficiente la ciudad existente: tiene que reconsiderar la forma misma de organizar el territorio. Eso implica favorecer la proximidad entre vivienda, trabajo y servicios, reducir la dependencia del transporte motorizado, relocalizar parte de la producción, fortalecer las economías de cercanía y disminuir los desplazamientos obligatorios que caracterizan al urbanismo expansivo contemporáneo. Otra vez, lo que cambia no es solamente la tecnología utilizada, sino el parámetro que organiza el sistema.
Cambiar los parámetros
Los tres ejemplos muestran una diferencia de alcance general. La regulación homeostática busca optimizar el funcionamiento de un metabolismo cuyos parámetros fundamentales permanecen inalterados. La modulación alostática, en cambio, examina críticamente esos parámetros y los redefine cuando dejan de ser compatibles con las condiciones que garantizan la continuidad de la vida.
La transición ecosocial no puede reducirse, entonces, a un conjunto de mejoras técnicas o administrativas, por importantes que sean. Su núcleo es una recalibración deliberada del metabolismo social: una redefinición de la escala de extracción, de la velocidad de los flujos materiales y energéticos, de la organización territorial de la producción y del consumo, y de los criterios con que una sociedad decide qué necesita producir y en qué cantidad.
Esta diferencia permite entender por qué la alostasis no es simplemente una nueva técnica de regulación. Representa un cambio de racionalidad. Mientras la homeostasis pregunta cómo preservar el sistema existente frente a las perturbaciones, la alostasis pregunta bajo qué nuevas condiciones puede seguir siendo legítima y viable la reproducción de la vida colectiva en una biosfera profundamente transformada. Esa nueva racionalidad es la que fundamenta la propuesta de una razón ecosocial.
El caso del desarrollo sostenible, examinado en el Capítulo 2, ilustra esta distinción con particular claridad. En su formulación institucional dominante —sustentada en el supuesto de sustituibilidad entre capital natural y capital producido—, el desarrollo sostenible es un ejercicio homeostático: presupone que el crecimiento material puede continuar si se compensan sus efectos, sin redefinir la escala del metabolismo que lo sostiene. Una agenda genuinamente alostática no pregunta cómo sostener el desarrollo existente, sino qué nuevo rango de operación metabólica es compatible con la regeneración de la biosfera y con la justicia entre generaciones y territorios.
3.5 La razón ecosocial como proyecto de modulación alostática
Si la crisis ecológica contemporánea expresa una falla estructural en la regulación del metabolismo social, y si la respuesta adecuada ya no puede ser restaurar un equilibrio definitivamente perdido, la razón ecosocial puede definirse como el proyecto político orientado a construir mecanismos de modulación alostática del metabolismo entre sociedad y biosfera.
Esta definición desplaza el centro del problema. Ya no se trata de cómo sostener el crecimiento económico con menores impactos ambientales, sino de cómo una sociedad decide, de manera deliberada y democrática, los parámetros dentro de los cuales debe desarrollarse su reproducción material. No es cuestión de administrar más eficientemente un metabolismo expansivo: hay que determinar colectivamente cuál es la escala de ese metabolismo compatible con la continuidad de la vida y con criterios de justicia.
La razón ecosocial no es una nueva teoría de la sostenibilidad entendida como búsqueda de un crecimiento menos dañino, ni propone simplemente una mejor gestión ambiental del sistema existente. Su propósito es más profundo: construir una teoría política de la autocontención colectiva. La autocontención no es una renuncia al bienestar ni una ética del sacrificio. Es la capacidad de una comunidad política para establecer deliberadamente límites a su propio metabolismo cuando reconoce que esos límites son condición de su continuidad histórica dentro de una biosfera finita.
Esta concepción invierte una de las premisas fundamentales del productivismo. Mientras este considera que los límites aparecen únicamente como obstáculos externos que deben superarse mediante el crecimiento, la razón ecosocial los entiende como condiciones internas de toda organización social durable. No se trata de negar la libertad humana, sino de ejercerla reconociendo las condiciones materiales que la hacen posible.
Un proyecto de modulación alostática, ahora bien, no puede reducirse a una formulación normativa. Debe ofrecer criterios que permitan evaluar las distintas formas posibles de reorganizar el metabolismo social. Con ese propósito proponemos una trilogía de la regulación ecosocial, integrada por tres dimensiones inseparables: viabilidad biofísica, justicia ecosocial y democracia del metabolismo.
La viabilidad biofísica es la primera de ellas. Ninguna organización social puede sostenerse si su metabolismo supera de manera sistemática la capacidad regenerativa de la biosfera. Toda propuesta debe responder, por tanto, a una pregunta elemental: ¿la escala de extracción de materiales y energía, los ritmos de transformación y los volúmenes de residuos permanecen dentro de los rangos compatibles con la estabilidad de los sistemas ecológicos? Es el umbral mínimo de toda política ecosocial: lo físicamente imposible no puede convertirse en proyecto político.
Permanecer dentro de esos límites es necesario, pero no alcanza. Ahí entra la justicia ecosocial, la segunda dimensión: importa también cómo se distribuyen las oportunidades, las responsabilidades y los costos de esa reorganización metabólica. Una transición que preserve los ecosistemas trasladando sus costos hacia las poblaciones más vulnerables, o reproduciendo las relaciones de intercambio ecológicamente desigual, carece de legitimidad. La regulación ecosocial exige reconocer las desigualdades históricas, la deuda ecológica acumulada y el derecho de todas las personas a satisfacer las necesidades que hacen posible una vida digna.
Queda la democracia del metabolismo. La redefinición de los parámetros del metabolismo social no puede quedar subordinada exclusivamente al mercado, a las burocracias estatales ni a los intereses de los grandes actores económicos. Las decisiones sobre cuánto extraer, qué producir, para quién producir y dentro de qué límites tienen que volverse objeto de deliberación democrática. La regulación del metabolismo es, en este sentido, una cuestión eminentemente política: sin capacidad colectiva para decidir sobre su escala y su orientación, las otras dos dimensiones difícilmente puedan sostenerse en el tiempo.
Estas tres dimensiones forman un sistema inseparable. La viabilidad biofísica sin justicia puede derivar en formas autoritarias de conservación. La justicia sin viabilidad termina ignorando los límites materiales que hacen posible la reproducción de la vida. Y ambas quedan incompletas si la definición de los parámetros metabólicos sigue concentrada en poderes económicos o políticos ajenos al control democrático.
Cabe preguntarse, sin embargo, si una democracia del metabolismo podría decidir legítimamente ignorar la viabilidad biofísica —votar, por ejemplo, sostener una escala de extracción incompatible con la regeneración de los ecosistemas—. La respuesta que este ensayo sostiene es que no, pero no porque la democracia deba subordinarse a una autoridad externa que le dicte sus límites, sino porque la viabilidad biofísica no es una preferencia social entre otras: es una condición material que no se modifica por decisión colectiva, del mismo modo que ninguna asamblea puede votar que la entropía deje de aumentar. Una sociedad puede, en los hechos, decidir ignorar esos límites —es exactamente lo que hace el productivismo, con plena legitimidad institucional en muchos casos—, pero esa decisión no vuelve elástico el límite: solo acumula la deuda ecológica que este Cuaderno llamó fractura metabólica, hasta que la propia biosfera impone el ajuste que la política se negó a hacer. La democracia del metabolismo, entonces, no delibera sobre si respetar la viabilidad biofísica, sino sobre cómo hacerlo: con qué ritmos, qué distribución de costos, qué prioridades entre necesidades en competencia. Ahí, y solo ahí, empieza el terreno propiamente democrático. La viabilidad biofísica funciona, en este sentido, menos como una de tres variables a ponderar en pie de igualdad que como el umbral no negociable dentro del cual se despliega la deliberación sobre justicia y democracia.
La racionalidad productivista, por el contrario, tiende a reducir el problema a cuestiones de eficiencia técnica. Cuando incorpora consideraciones ambientales, lo hace principalmente para disminuir la intensidad material de la producción, sin interrogar la escala del metabolismo ni las relaciones de poder que la determinan. La democracia queda subordinada a los imperativos del crecimiento, mientras los límites biofísicos aparecen como restricciones que la innovación tecnológica resolverá en algún momento futuro.
La razón ecosocial propone invertir ese orden de prioridades. La técnica conserva un papel indispensable, pero deja de definir los fines de la organización social; su función es contribuir a hacer posible aquello que una comunidad democrática reconoció previamente como biofísicamente necesario y socialmente justo. La política recupera así su capacidad de decidir sobre los fines del metabolismo social, y la técnica pasa a ocupar el lugar que le corresponde: instrumento al servicio de la vida, no criterio último de organización de la sociedad.
Queda así definido el núcleo conceptual del ensayo. La razón ecosocial no se agota en reconocer los límites de la biosfera. Su apuesta central es desarrollar la capacidad política de recalibrar deliberadamente el metabolismo social, para que la continuidad de la vida, la justicia y la democracia dejen de ser objetivos contrapuestos y se vuelvan dimensiones inseparables de un mismo proyecto civilizatorio. Esta aspiración resuena, desde el Sur global, con las tradiciones del Buen Vivir o Sumak Kawsay (Acosta, 2012; Gudynas, 2011), que proponen una relación armónica con la naturaleza y una concepción del bienestar desligada de la acumulación material infinita — aunque el marco aquí propuesto se diferencia de ellas en su anclaje en la teoría del metabolismo social y en la centralidad que otorga a la democracia deliberativa como mecanismo de modulación.
3.6 Un ejemplo concreto: la transición energética como modulación alostática
La diferencia entre regulación homeostática y modulación alostática se aprecia con mayor claridad al aplicarla a un problema concreto. La transición energética es un caso particularmente ilustrativo porque permite ver cómo dos estrategias aparentemente orientadas hacia el mismo objetivo pueden responder a racionalidades profundamente distintas.
La mayor parte de las políticas de transición actualmente en marcha responde a una lógica predominantemente homeostática. Buscan sustituir progresivamente los combustibles fósiles por fuentes renovables sin modificar de manera sustancial los parámetros que organizan el metabolismo energético contemporáneo. La atención se concentra en reemplazar una fuente de energía por otra, mientras permanecen prácticamente intactos el volumen global de consumo, la organización centralizada de la producción, la elevada demanda de materiales, los patrones de movilidad basados en el transporte individual y una estructura territorial diseñada para un metabolismo altamente intensivo.
Desde esta perspectiva, el éxito de la transición se mide por la velocidad con que disminuyen las emisiones de carbono o aumenta la participación de las energías renovables en la matriz energética. Estos objetivos son indudablemente importantes, pero dejan abierta una cuestión previa: si la escala del metabolismo energético sigue expandiéndose, la sustitución tecnológica puede reducir determinadas presiones ambientales mientras genera otras nuevas asociadas a la extracción de minerales, la ocupación del territorio, el consumo de agua o la creciente competencia por bienes naturales estratégicos. La transición cambia la fuente energética, pero no necesariamente la lógica que impulsa la expansión del metabolismo.
Una modulación alostática arranca desde otra pregunta. Antes de decidir con qué energía producir, interroga cuánta energía necesita realmente una sociedad para garantizar una vida digna dentro de los límites de la biosfera. Ya no se trata de preservar los niveles actuales de consumo, sino de redefinir deliberadamente la demanda energética.
Este cambio de perspectiva transforma el conjunto del problema. La transición ya no es solo descarbonizar la oferta: es reorganizar el metabolismo energético revisando simultáneamente los patrones de movilidad, la estructura urbana, la organización territorial de la producción, la eficiencia material de las actividades económicas y los propios criterios que definen las necesidades energéticas socialmente legítimas.
La cuestión, así planteada, ya no es exclusivamente tecnológica: es un problema político. Una modulación alostática debe preguntarse qué formas de movilidad permiten satisfacer las necesidades de desplazamiento con un menor requerimiento energético; qué organización del territorio reduce la dependencia de largos circuitos de transporte; qué grado de descentralización fortalece la autonomía energética de las comunidades; y cómo redistribuir el acceso a la energía de manera que quienes hoy carecen de niveles mínimos de bienestar puedan satisfacer sus necesidades mientras los sectores de mayor consumo reducen sustancialmente su transumo.
Conviene precisar este punto, porque es aquí donde la modulación alostática corre el riesgo de confundirse con algo que no es: una austeridad energética disfrazada de ecologismo. La austeridad verde reduce el consumo agregado dejando intacta —o incluso profundizando— su distribución previa: pide un ajuste general que, en los hechos, termina recayendo sobre quienes menos tienen, porque no discrimina entre el consumo que sostiene una vida digna y el consumo que excede ampliamente cualquier necesidad razonable. Es, en el fondo, la misma lógica homeostática de siempre, aplicada ahora sobre la demanda en lugar de sobre la oferta: administrar la escala existente sin tocar quién se apropia de ella.
La modulación alostática parte de un criterio distinto, que conviene volver explícito: no se reduce la demanda energética en abstracto, se redistribuye la capacidad de consumo antes o al mismo tiempo que se reduce el total. El punto de partida no es cuánto hay que bajar en promedio, sino quién está por encima de un umbral de suficiencia y quién todavía no lo alcanzó. Bajo este criterio de asimetría distributiva, la reducción del metabolismo energético agregado no es uniforme: recae sobre el consumo suntuario y sobre los sectores de mayor apropiación material, mientras garantiza —o incluso amplía— el acceso de quienes hoy están por debajo de un piso de bienestar. Sin esta asimetría como condición previa, cualquier política de reducción energética, por bienintencionada que sea, termina operando como austeridad verde y no como transición ecosocial.
Sin embargo, que este criterio sea necesario no lo vuelve automáticamente aceptable. Las clases medias del Sur global, que han construido su identidad y su movilidad social en torno al consumo de bienes que antes eran privilegio de minorías, pueden percibir cualquier llamada a la reducción como una pérdida de estatus, no como una redistribución justa. Allí donde el consumo es también un marcador de reconocimiento y pertenencia, la transición no puede limitarse a establecer umbrales técnicos: debe disputar el imaginario que asocia bienestar con posesión, y construir nuevas gramáticas del prestigio ancladas en la calidad de los vínculos, el tiempo disponible, la participación comunitaria y el cuidado de los ecosistemas. Ese es el terreno de una política cultural de la suficiencia —una disputa por el sentido de la buena vida— que el Cuaderno 3 abordará desde sus fundamentos filosóficos, y que los Cuadernos 4 y 5 traducirán en estrategias de comunicación, pedagogía y deliberación democrática.
La diferencia, entonces, no está solo en la elección entre distintas tecnologías. Afecta al conjunto de las relaciones sociales que organizan el metabolismo energético. Mientras una estrategia homeostática procura mantener el funcionamiento general del sistema sustituyendo unas fuentes por otras, una estrategia alostática redefine simultáneamente la escala del consumo, la estructura de la demanda, la organización territorial, las formas de propiedad de las infraestructuras energéticas y los mecanismos mediante los cuales la sociedad decide sobre ellas.
Aquí adquiere pleno significado la noción de democracia del metabolismo desarrollada en el apartado anterior. La transición energética no es solamente producir electricidad mediante tecnologías diferentes. Implica decidir colectivamente qué necesidades energéticas deben priorizarse, qué usos pueden considerarse socialmente legítimos, qué límites deben establecerse al consumo y cómo distribuir equitativamente tanto los beneficios como los costos de esa reorganización. La modulación alostática exige, por ello, una ampliación de la deliberación democrática sobre cuestiones que hasta ahora permanecieron subordinadas fundamentalmente a decisiones técnicas, corporativas o financieras.
La oposición entre ambas estrategias suele presentarse como una elección entre una alternativa realista y otra utópica. Pero esa formulación invierte el problema: no se trata de determinar cuál resulta más sencilla de implementar, sino cuál tiene capacidad efectiva para enfrentar las causas estructurales de la crisis ecológica. Una transición limitada a sustituir tecnologías puede reducir determinados impactos y, al mismo tiempo, mantener intacta la dinámica expansiva que los reproduce. Una transición alostática, en cambio, aborda directamente los parámetros que organizan el metabolismo energético y crea las condiciones para una reducción duradera de la presión material sobre la biosfera.
Este ejemplo permite apreciar con claridad la diferencia fundamental desarrollada a lo largo del capítulo. La regulación homeostática busca preservar un estado de referencia mediante ajustes parciales; la modulación alostática redefine deliberadamente los parámetros del sistema cuando las condiciones que hacían posible ese estado desaparecieron. La transición ecosocial pertenece a esta segunda categoría. No propone optimizar un metabolismo estructuralmente insostenible, sino reorganizarlo a partir de nuevos criterios de viabilidad biofísica, justicia ecosocial y democracia del metabolismo.
La fundamentación empírica de esta necesidad es el objeto del Cuaderno 2. Allí se examinarán las evidencias que muestran que la expansión del metabolismo social sobrepasó múltiples límites planetarios, y que la regulación homeostática, aunque pueda mitigar algunos impactos, resulta insuficiente para enfrentar una crisis cuya naturaleza exige una recalibración profunda de la relación entre sociedad y biosfera.
CAPÍTULO 4: IMPLICACIONES Y AGENDA
4.1 La disputa por los parámetros de la sociedad
Si la razón ecosocial es un proyecto de modulación alostática del metabolismo social, su realización no puede entenderse como un problema exclusivamente técnico ni como una cuestión de buena administración pública. Redefinir los parámetros que organizan el metabolismo es, ante todo, un proceso político. La escala de extracción de materiales y energía, los patrones de producción y consumo, la distribución de los costos ambientales o los criterios que determinan qué necesidades deben satisfacerse nunca son datos neutrales. Expresan relaciones históricas de poder, instituciones específicas y conflictos permanentes en torno a la apropiación y el uso de la biosfera.
Esto obliga a abandonar una imagen tecnocrática de la transición ecosocial. Ninguna sociedad modifica espontáneamente los principios que organizan su reproducción material. Los parámetros del metabolismo vigente se mantienen porque hay actores, instituciones e intereses cuya continuidad depende de ellos. Por eso toda propuesta orientada a recalibrar deliberadamente el metabolismo social va a encontrar resistencias políticas, económicas y culturales.
La transición ecosocial no puede pensarse, entonces, como una simple corrección de las fallas del sistema existente. Implica disputar la definición misma de aquello que una sociedad entiende por progreso, bienestar, desarrollo y prosperidad. Mientras el crecimiento económico siga ocupando el lugar de principal criterio de legitimidad política, cualquier intento de limitar deliberadamente la expansión del metabolismo va a aparecer como una anomalía o una amenaza. La transformación exige una profunda revisión del imaginario que identifica el bienestar con el incremento permanente de la producción y el consumo materiales.
Esta disputa tiene una dimensión institucional, pero también una dimensión cultural. Las sociedades no se organizan únicamente mediante leyes y políticas públicas; también lo hacen a través de narrativas, valores y representaciones que delimitan aquello que resulta deseable, posible o incluso pensable. La hegemonía del productivismo reside precisamente en haber naturalizado la idea de que el crecimiento es la condición necesaria de toda mejora social. Cuestionar ese supuesto requiere construir nuevas formas de entender la prosperidad, la seguridad, la libertad y la calidad de vida, capaces de desvincularlas de la expansión indefinida del metabolismo material.
Pero la disputa no se juega solo en el plano de las ideas. Se manifiesta también en los territorios donde se decide qué bienes naturales serán extraídos, qué actividades productivas serán promovidas, quién soportará los impactos ambientales y quién se beneficiará de los flujos de materiales y energía que sostienen la economía global. La reorganización del metabolismo social afecta intereses concretos y modifica relaciones de poder consolidadas. Por eso la transición ecosocial no puede entenderse al margen de los conflictos distributivos que atraviesan toda sociedad.
Acá la ecología política aporta algo decisivo. Los límites biofísicos no operan automáticamente como principios de organización social. Entre el reconocimiento científico de esos límites y su incorporación efectiva a las instituciones median relaciones de poder, conflictos de intereses y procesos de construcción de legitimidad. La pregunta relevante no es únicamente cuáles son los límites de la biosfera, sino quién tiene la capacidad de definir cómo se distribuyen sus costos, sus beneficios y las responsabilidades derivadas de respetarlos.
Los actores cuya reproducción económica depende de la expansión permanente del metabolismo material tienen, por eso mismo, fuertes incentivos para preservar el orden existente. Sectores vinculados a la extracción de combustibles fósiles, al sistema financiero, al agronegocio industrial, a las grandes cadenas globales de producción y consumo o a otras actividades intensivas en materiales y energía tienden a defender un modelo cuya continuidad es la base de su poder económico y político. Esta resistencia no responde únicamente a preferencias ideológicas: deriva de la posición estructural que ocupan dentro del metabolismo contemporáneo.
Reducir la transición ecosocial a una confrontación entre intereses contrapuestos sería, sin embargo, igualmente insuficiente. Toda transformación de gran alcance requiere, además de conflictos, la construcción de nuevas instituciones, nuevos consensos sociales y nuevas formas de legitimidad democrática. La modulación alostática no puede imponerse exclusivamente mediante decisiones administrativas ni surgir únicamente de la acumulación de evidencias científicas. Requiere procesos políticos capaces de articular conocimiento, deliberación democrática y capacidad institucional para redefinir los parámetros del metabolismo social.
La razón ecosocial debe entenderse, entonces, menos como un modelo acabado de organización social que como un horizonte político abierto. Su desarrollo va a depender de la capacidad colectiva para transformar los conflictos ecológicos en procesos democráticos de redefinición del metabolismo entre sociedad y biosfera. La disputa por los límites no es solo decidir cuánto puede crecer la economía. Es, más profundamente, determinar en qué condiciones materiales, políticas y culturales puede reproducirse una sociedad que aspira a ser, al mismo tiempo, ecológicamente viable, socialmente justa y democráticamente gobernada.
4.2 Cuatro dimensiones de la modulación alostática
Si la razón ecosocial es un proyecto de modulación alostática del metabolismo social, esa regulación no puede reducirse a un único instrumento ni a una única institución. Requiere una transformación simultánea de las formas de conocer, de gobernar, de distribuir y de ejercer el poder sobre los intercambios entre sociedad y biosfera.
Estas dimensiones son analíticamente distinguibles, pero operan de manera inseparable. Ninguna regulación será efectiva si desconoce la realidad biofísica que pretende ordenar; ninguna será legítima si reproduce relaciones de injusticia; ninguna será duradera si carece de instituciones capaces de sostenerla; ninguna podrá consolidarse sin una base social que le dé respaldo político.
La dimensión epistémica: hacer visible el metabolismo
Toda regulación empieza por hacer visible aquello que pretende regular. Sin conocimiento no hay posibilidad de orientar la acción colectiva.
Las sociedades contemporáneas desarrollaron instrumentos extraordinariamente sofisticados para medir precios, rentabilidades, productividad, inflación o crecimiento económico. Disponen, en cambio, de sistemas mucho más limitados para registrar los flujos materiales y energéticos que sostienen la reproducción social. La consecuencia es una profunda asimetría cognitiva: conocemos con gran precisión la evolución de las variables monetarias, pero mucho menos la evolución del metabolismo que hace posible la economía.
Superar esta invisibilidad es una condición previa para cualquier proyecto ecosocial. Exige desarrollar sistemas públicos de contabilidad metabólica capaces de integrar el análisis de flujos de materiales y energía, el uso de bienes naturales, la apropiación de productividad biológica, la generación de residuos, la degradación de ecosistemas y la distribución territorial de esos procesos.
Esta contabilidad no debe entenderse como un simple conjunto de indicadores ambientales complementarios del sistema económico. Tiene que convertirse en una institución permanente de conocimiento público que permita evaluar, de manera continua, si el metabolismo social permanece dentro de rangos compatibles con la estabilidad de la biosfera y con criterios de justicia ecosocial. Solo aquello que se hace visible puede convertirse en objeto de deliberación democrática.
La dimensión institucional: gobernar el metabolismo
Sin instituciones que la ejerzan, no hay regulación posible. Los parámetros del metabolismo social no pueden quedar exclusivamente sometidos a decisiones individuales ni a la coordinación espontánea de los mercados. Tampoco pueden depender únicamente de decisiones administrativas centralizadas. Su complejidad exige instituciones específicas orientadas a gobernar los intercambios entre sociedad y biosfera en múltiples escalas territoriales.
La modulación alostática supone construir capacidades institucionales para decidir sobre la extracción de materiales, el uso del agua, la ocupación del territorio, la conservación de los ecosistemas y la organización de las infraestructuras que sostienen la reproducción social. Estas decisiones requieren mecanismos permanentes de coordinación entre escalas locales, regionales, nacionales y globales, porque los procesos metabólicos desbordan sistemáticamente las fronteras administrativas tradicionales.
En este marco cobra especial importancia la gobernanza de los bienes comunes. Agua, suelos, bosques, biodiversidad y otros componentes esenciales de la biosfera no pueden considerarse exclusivamente como objetos de apropiación privada o de administración estatal. Su preservación requiere instituciones que incorporen la participación efectiva de las comunidades directamente involucradas y que sometan las decisiones sobre su utilización a criterios de viabilidad biofísica, justicia ecosocial y responsabilidad intergeneracional.
La dimensión distributiva: reorganizar la justicia metabólica
Regular el metabolismo no significa únicamente establecer límites cuantitativos. También implica decidir cómo se distribuyen los beneficios y los costos derivados de esos intercambios materiales.
La fractura metabólica contemporánea tiene una dimensión distributiva evidente. Una parte relativamente reducida de la población mundial concentra niveles muy elevados de consumo de materiales y energía, mientras buena parte de los impactos ecológicos asociados a ese consumo recaen sobre territorios periféricos, comunidades vulnerables y generaciones futuras. La reorganización del metabolismo exige, por tanto, corregir simultáneamente las desigualdades ecológicas y las desigualdades sociales que caracterizan al sistema vigente.
Esta perspectiva obliga, además, a ampliar el propio concepto de reproducción social. El metabolismo no depende exclusivamente de los flujos de materiales y energía; requiere también el conjunto de actividades que sostienen cotidianamente la vida. El trabajo de cuidados, históricamente invisibilizado por la economía convencional y asumido de manera desproporcionada por las mujeres, es una condición indispensable para la reproducción de toda sociedad. Incorporar esta dimensión significa reconocer que la justicia metabólica no se limita a distribuir recursos materiales: incluye también el reconocimiento y la reorganización social de las tareas que hacen posible la continuidad de la vida.
No existe regulación metabólica legítima cuando los costos de la transición recaen sistemáticamente sobre quienes menos contribuyeron a generar la crisis, o cuando la preservación de los límites biofísicos se obtiene reproduciendo relaciones de explotación, exclusión o dependencia.
La dimensión política: construir capacidad colectiva de regulación
Toda regulación, finalmente, depende de que existan actores sociales capaces de sostenerla. Las mejores instituciones carecen de eficacia cuando no hay poder político suficiente para defenderlas frente a los intereses que buscan preservar el orden existente.
La modulación alostática exige, por eso, construir capacidades colectivas de decisión sobre el metabolismo social. Esa capacidad no surge espontáneamente del reconocimiento científico de los límites ecológicos, ni puede reducirse a la acción del Estado o del mercado. Se desarrolla mediante procesos de organización social, deliberación democrática, articulación entre movimientos sociales, comunidades territoriales, organizaciones sindicales, instituciones públicas y otros actores comprometidos con la reorganización ecosocial.
Construir esta capacidad política es lo que permite transformar el conocimiento en instituciones y las instituciones en decisiones efectivas. Sin ella, la contabilidad metabólica quedaría como un ejercicio descriptivo, y los límites biofísicos seguirían siendo reconocidos científicamente, pero ignorados en la práctica.
Esta capacidad política, sin embargo, no puede pensarse únicamente como un ejercicio de persuasión colectiva. La democracia del metabolismo presupone deliberación, pero no todos los actores que participan del conflicto ecosocial están dispuestos a deliberar. Quienes ocupan una posición estructural de poder dentro del metabolismo vigente —el sector hidrocarburífero, el agronegocio, las grandes cadenas financieras y de commodities— no suelen sentarse a discutir de buena fe los límites de su propia expansión. Con mayor frecuencia, despliegan su poder para impedir que esa discusión ocurra: financian desinformación, litigan para demorar regulaciones, capturan agencias estatales o simplemente trasladan la actividad hacia jurisdicciones más permisivas.
Frente a esto, sería ingenuo sostener que la modulación alostática se resuelve por la sola fuerza de mejores argumentos. La construcción de capacidad democrática sobre el metabolismo social incluye, necesariamente, la construcción de poder para forzar a esos actores a aceptar límites que no aceptarían voluntariamente. Esa capacidad se ejerce en dos registros distintos, que conviene no confundir. Hay una guerra de posiciones —lenta, institucional, cultural— orientada a construir hegemonía: nuevos sentidos comunes, nuevas instituciones, nuevas mayorías sociales capaces de sostener en el tiempo una racionalidad ecosocial. Pero hay también momentos de confrontación directa, en los que la desobediencia civil, la acción directa territorial y la movilización de base cumplen una función que ninguna deliberación institucional puede reemplazar: interrumpir físicamente la expansión de un proyecto extractivo, visibilizar un conflicto que el poder económico prefiere mantener invisible, o abrir una ventana de oportunidad política allí donde las instituciones existentes se muestran incapaces de actuar.
La democracia del metabolismo, entendida de este modo, no es un procedimiento neutral entre partes igualmente dispuestas a negociar. Es, ante todo, una correlación de fuerzas que la propia acción colectiva debe construir —y que determina, en cada coyuntura concreta, si la deliberación es siquiera posible.
Las cuatro dimensiones forman un sistema integrado. El conocimiento hace visible el metabolismo; las instituciones permiten gobernarlo; la justicia distributiva orienta su reorganización; y la capacidad política hace posible sostener en el tiempo las transformaciones necesarias. La modulación alostática solo puede consolidarse cuando estas dimensiones actúan de manera convergente, articulando el conocimiento científico, la deliberación democrática y la responsabilidad ecológica en un mismo proyecto de reorganización del metabolismo entre sociedad y biosfera.
4.3 Superar la falsa dicotomía entre reforma y ruptura
La interpretación de la razón ecosocial como un proyecto de modulación alostática del metabolismo social no solo redefine el objeto de la disputa política —los parámetros del sistema—: exige también una reconsideración profunda de las estrategias para alcanzarlo. Esta reconsideración permite trascender la dicotomía, largamente estéril, entre reforma y ruptura, que polarizó el pensamiento crítico y la praxis política de los siglos XIX y XX.
La dicotomía reforma/ruptura se asienta sobre un presupuesto comúnmente compartido: que la transformación social opera sobre un sistema cuyas reglas fundamentales pueden modificarse a través de un único tipo de acción. Quienes abogan por la reforma suponen una capacidad de ajuste incremental del sistema; quienes propugnan la ruptura, una sustitución radical del mismo. Ambas posiciones, en su versión más dogmática, sostienen que el cambio debe ser o bien gradual y pactado, o bien súbito y conflictivo. Desde la perspectiva de la modulación alostática, esta disyuntiva resulta no solo falsa, sino además contraproducente, pues no se ajusta a la naturaleza del desafío: la redefinición de los parámetros de un sistema complejo que es, a la vez, histórico, material y discursivo.
La modulación alostática no busca conservar un estado previo (homeostasis): instaura conscientemente un nuevo rango de operación metabólica, y eso modifica el criterio de evaluación de la acción política. La pregunta axial deja de ser «¿reforma o ruptura?» para convertirse en: «¿Qué tipo de acción, en qué coyuntura específica, y articulada con qué otros procesos, contribuye de manera más efectiva a modificar los parámetros estructurales que determinan la relación entre sociedad y biosfera?».
Esta reformulación implica un giro desde una ontología del evento (la ruptura fundacional) o del proceso (la reforma continua) hacia una ontología de la trayectoria y la modulación. La transición ecosocial se concibe como un proceso histórico de recalibración permanente, donde la tensión entre la necesidad de cambios profundos y la inercia de las estructuras existentes debe gestionarse de manera estratégica y reflexiva.
En este marco, reformas parciales adquieren una nueva legitimidad si se conciben como reformas estructurantes, en la tradición de transformación gradual pero no acomodaticia que André Gorz inauguró: reformas que no se limitan a optimizar el funcionamiento del sistema existente, sino que generan condiciones de posibilidad para transformaciones ulteriores, construyendo poder social, creando instituciones alternativas y modificando el sentido común hegemónico sobre lo que es posible y deseable. Una política de renta básica universal, por ejemplo, no es meramente una reforma del mercado laboral. Es una herramienta que puede desvincular la subsistencia del empleo productivista, liberando tiempo y energía para la construcción de economías cooperativas y ecosociales.
Las rupturas o momentos de quiebre institucional pueden ser necesarios, de manera análoga, no como fines en sí mismos sino como aperturas que permiten reorganizar los parámetros fundamentales. Momentos de crisis política, ecológica o social pueden actuar como «ventanas de oportunidad» en las que las inercias institucionales se debilitan y se hace posible avanzar en configuraciones que, en condiciones de estabilidad, resultarían impensables. Un ejemplo paradigmático sería la posibilidad, en un contexto de crisis energética, de implementar un racionamiento democrático y equitativo de energía — una medida que en condiciones «normales» sería políticamente inviable y quedaría etiquetada como ruptura autoritaria.
La clave, por tanto, no está en la esencia de la acción (si es reformista o rupturista), sino en su función estratégica dentro de un proyecto de transformación de los parámetros metabólicos. Se trata de preguntarse:
- ¿La acción fortalece o debilita la capacidad de las comunidades para ejercer soberanía sobre su metabolismo? (Dimensión política).
- ¿La acción redistribuye el poder, los recursos y los costos de manera que se reduzcan las asimetrías ecológico-distributivas? (Dimensión distributiva).
- ¿La acción contribuye a redefinir los criterios de legitimidad social, desplazando el crecimiento como valor central y afirmando la suficiencia ecosocial? (Dimensión cultural).
- ¿La acción abre o cierra posibilidades futuras para una transformación más profunda? (Dimensión estratégica).
La respuesta a estas preguntas no es apriorística. Debe ser el resultado de un análisis concreto de la coyuntura, de las relaciones de fuerza y de la correlación de fuerzas entre los actores que defienden el statu quo productivista y aquellos que impulsan una racionalidad ecosocial.
Superar la falsa dicotomía entre reforma y ruptura es, en esencia, adoptar una estrategia de transformación meta-paradigmática. No se trata de reformar el capitalismo para que sea verde, ni de romper con él para instaurar un socialismo que reproduzca la lógica productivista, sino de construir, desde la acción colectiva en todas sus formas, una nueva constelación de poder, saber e instituciones capaz de redefinir los parámetros de la vida material. Es un proceso de construcción de hegemonía en el sentido gramsciano, donde la lucha por las ideas, las instituciones y la vida cotidiana son dimensiones igualmente cruciales de una misma batalla. La distinción entre reforma y ruptura se disuelve en una praxis que es, simultáneamente, reformista en su carácter incremental y rupturista en su aspiración de transformar los fundamentos mismos de la sociedad.
4.4 Una advertencia necesaria sobre la necesidad y la inevitabilidad: La política en el umbral de lo posible
Antes de cerrar el Cuaderno 1, hace falta una precisión de naturaleza epistemológica y política, para despejar cualquier interpretación determinista que pudiera desprenderse del argumento central. El proyecto ecosocial, al fundamentar su necesidad en las leyes de la termodinámica, la capacidad de carga de los ecosistemas y los límites planetarios, podría malinterpretarse como una profecía autocumplida o un destino histórico ineluctable. Nada más alejado de la intención del autor y de la naturaleza de la política.
Afirmar que la modulación alostática del metabolismo social es una necesidad derivada de las condiciones biofísicas no implica, en modo alguno, su inevitabilidad histórica. Esta distinción es crucial: evita caer en el determinismo ecológico o en un nuevo teleologismo de la historia, tan erróneos como el determinismo económico que el proyecto ecosocial critica.
La necesidad se refiere a una condición sine qua non: no puede haber continuidad de la vida social organizada bajo los patrones actuales de extracción y consumo. Los datos empíricos de la fractura metabólica, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad señalan con creciente claridad que, a largo plazo, el metabolismo productivista es incompatible con la estabilidad del sistema terrestre. Es una necesidad físico-biológica, un imperativo categórico de la especie si desea preservar su nicho ecológico.
La inevitabilidad es otra cosa: una categoría histórica y política. Alude a la certeza de que un proceso ocurrirá con independencia de la acción humana. La historia de las civilizaciones está plagada de ejemplos de sociedades que persistieron en trayectorias insostenibles hasta su colapso, no porque el colapso fuera inevitable, sino porque su organización política y cultural les impidió realizar los cambios necesarios. La caída de imperios, el agotamiento de islas como la de Pascua, o las crisis de civilizaciones complejas documentadas por Tainter, son testimonio de que la necesidad ecológica no opera como un mecanismo automático de corrección.
La modulación alostática, en consecuencia, no es un proceso espontáneo ni una respuesta orgánica del sistema a su propia degradación. Es un proyecto político. Su realización depende enteramente de procesos históricos abiertos, contingentes y conflictivos: la capacidad de los movimientos sociales para organizarse, la emergencia de liderazgos políticos con visión ecosocial, la construcción de alianzas intersectoriales, la transformación cultural y, sobre todo, la resolución de conflictos de poder entre los actores que se benefician del statu quo y los que impulsan el cambio.
Reconocer esta contingencia no debilita el argumento. Le da, más bien, una solidez intelectual y una honestidad política que lo distinguen de las ideologías dogmáticas. Al situar la tarea ecosocial en el terreno de la historia, el conflicto y la acción colectiva, el proyecto se aleja de cualquier garantía teleológica o de cualquier forma de mecanicismo ecológico. Se aleja también de una concepción ingenua del cambio, la que espera que «los hechos» o «la ciencia» hablen por sí mismos y convoquen a la acción.
La advertencia sobre la no-inevitabilidad nos sitúa, por el contrario, en el núcleo de la reflexión política más clásica y, a la vez, más actual: el futuro está abierto. Es un terreno de disputa. La necesidad ecológica establece el telos o la dirección deseable y necesaria del cambio (viabilidad biofísica) —el fin normativo, no un despliegue automático—, pero el camino para alcanzarlo —los ritmos, las alianzas, los conflictos y los resultados concretos, con sus dimensiones de justicia y democracia— es el objeto de la política. La transición ecosocial no es un plan por ejecutar, sino un horizonte a construir.
La razón ecosocial se define, en parte, por esta conciencia lúcida de su propia contingencia. Su potencia política no está en la garantía de un «progreso inevitable», sino en la capacidad de ofrecer un diagnóstico certero, un horizonte deseable y una orientación estratégica para la acción, en un mundo donde la única certeza es que, sin esa acción, el deterioro y el colapso son un escenario cada vez más probable. Ahí está la distinción que le da su carácter político al proyecto: necesidad no es lo mismo que inevitabilidad. El futuro no está escrito — depende de lo que decidamos y construyamos colectivamente, y esa construcción, en condiciones de límites biofísicos, es la esencia misma de la política ecosocial del siglo XXI.
EPÍLOGO: LA PREGUNTA QUE ORGANIZA TODO
La razón ecosocial es el proyecto político de construir mecanismos de autocontención democrática del metabolismo social que el sistema-mundo productivista es estructuralmente incapaz de generar por sí mismo. La alostasis es el mecanismo de ese proyecto. La autocontención es su objetivo. La vida es su fundamento.
Si nuestro sistema está diseñado para no detenerse nunca —si su arquitectura institucional, su imaginario cultural y su dinámica de retroalimentación positiva lo impulsan hacia una expansión permanente que erosiona sus propias bases materiales—, la pregunta que debemos responder, colectiva y democráticamente, es la siguiente: ¿dónde termina el crecimiento y dónde comienza la vida?
No es un mero ejercicio retórico ni una invitación a la contemplación filosófica. Es, ante todo, una pregunta política en sentido fuerte: su respuesta no puede delegarse en expertos, tecnócratas o instancias de planificación central que operen al margen del control democrático. Tampoco puede resolverla el mercado, cuya lógica es inherentemente expansiva y ajena a los límites biofísicos. Exige, por el contrario, construir arenas deliberativas donde las comunidades afectadas —en sus múltiples escalas territoriales— puedan decidir sobre la escala, la composición y la orientación de su metabolismo.
Interpela, en rigor, el núcleo mismo de la soberanía popular en el siglo XXI: una soberanía que no puede limitarse a la gestión de lo existente, sino que debe extenderse a la definición de los parámetros que organizan la reproducción material de la vida colectiva. Funda, en ese sentido, una nueva gramática política — la de la suficiencia ecosocial, donde el bienestar no se mide por el volumen de lo producido sino por la calidad de los vínculos, la estabilidad de los ecosistemas y la garantía de una vida digna para todos.
Nos sitúa, además, en el terreno de una responsabilidad histórica ineludible. Como argumentamos a lo largo de este Cuaderno, la necesidad de una modulación alostática es una necesidad biofísica, derivada de las leyes de la termodinámica y de la capacidad de carga de la biosfera. Pero esa necesidad, como se advirtió, no se traduce automáticamente en inevitabilidad. El futuro no está escrito, no porque sea indeterminado en abstracto, sino porque es un campo de disputa política concreta. Su dirección va a depender de nuestra capacidad colectiva para organizarnos, para construir poder, para disputar el sentido común y para crear instituciones que encarnen una nueva racionalidad.
La arquitectura conceptual para pensar esa respuesta —los instrumentos políticos, institucionales y culturales que permiten construir una nueva escala de lo posible— es el objeto de los Cuadernos que siguen a este. Cada uno aborda una dimensión específica del desafío:
- El Cuaderno 2 desarrolla el diagnóstico empírico del agotamiento de la racionalidad productivista: la evidencia de la fractura metabólica, el choque contra los límites planetarios, la crisis convergente del metabolismo social. Allí se documenta con rigor la evidencia empírica de la imposibilidad de autocontención que este Cuaderno 1 formuló en términos teóricos.
- El Cuaderno 3 construye los fundamentos filosóficos de la nueva racionalidad: la interdependencia como principio de inteligibilidad, el metabolismo social y el cuidado como ejes centrales de una ontología relacional que cuestiona el individualismo posesivo de la modernidad productivista. Esa ontología no describe una naturaleza armónica ni un equilibrio a preservar — es, por el contrario, una ontología del metabolismo conflictivo, donde toda estabilidad, incluida la ecológica, es resultado de disputa y no un dato de partida.
- El Cuaderno 4 despliega la propuesta política: la democracia del metabolismo como mecanismo de modulación alostática, la transición justa como proceso de recalibración de los parámetros metabólicos, y la construcción de mayorías ecosociales capaces de sostener institucionalmente esa transformación.
- El Cuaderno 5 ofrece herramientas concretas para la acción: el Manifiesto Ecosocial como horizonte normativo, el Protocolo de Evaluación de Impacto Metabólico y Territorial (PEIMT) como instrumento de diagnóstico y deliberación.
- El Cuaderno 6 desarrolla una relectura crítica de la obra de André Gorz como interlocutor fundamental para pensar la articulación entre ecología, autonomía y emancipación.
Pero todos ellos presuponen el marco que este Cuaderno 1 estableció: que la crisis contemporánea no es una crisis ambiental, ni siquiera una crisis económica en sentido estricto, sino una crisis de regulación de la relación entre sociedad y biosfera; que el sistema-mundo productivista no puede generar los mecanismos de autocontención que necesita, porque su dinámica se sostiene precisamente sobre la ausencia de esos límites; y que la tarea política fundamental del siglo XXI es construir, desde la acción colectiva, esos mecanismos de modulación alostática que el productivismo es incapaz de producir por sí mismo.
El futuro, en consecuencia, no está garantizado. Pero tampoco está clausurado. No existe un «fin de la historia» que nos condene a la perpetuación del orden existente, ni una lógica teleológica que asegure la llegada de un mundo mejor. Lo que existe es un espacio de posibilidad abierto por la contradicción entre la dinámica expansiva del metabolismo productivista y los límites biofísicos del planeta. Y es precisamente ahí, en esa tensión constitutiva entre necesidad ecológica y contingencia política, donde la razón ecosocial encuentra su tarea histórica: ser el proyecto político que, desde la conciencia de los límites, construye la capacidad colectiva de transgredirlos en sentido emancipatorio — es decir, para hacer de ellos condición de una vida más justa, más plena y más vivible para todos.
GLOSARIO DE TÉRMINOS CLAVE
Alostasis (modulación alostática). Modalidad de regulación que no busca preservar un estado de referencia dado, sino modificar los parámetros de funcionamiento de un sistema cuando las condiciones del entorno han cambiado de manera irreversible. Implica la redefinición deliberada del rango de operación metabólica. Es el tipo de regulación que el proyecto ecosocial requiere. El término se adopta de la fisiología (Sterling y Eyer, 1988); sobre su genealogía dual y su estatuto no organicista, véase la Nota metodológica inicial.
Autocontención. Capacidad de un sistema para imponerse límites a su propia expansión. El sistema-mundo productivista carece estructuralmente de mecanismos de autocontención, porque su dinámica institucional produce retroalimentaciones positivas que impulsan el crecimiento continuo sin generar señales de corrección.
Autocontención democrática. Capacidad de una sociedad para imponerse colectivamente límites a su propio metabolismo mediante mecanismos de deliberación, decisión y control que garanticen la participación efectiva de las comunidades afectadas. No es una imposición externa ni una restricción autoritaria, sino el ejercicio de soberanía sobre las condiciones materiales de la existencia. Es el objetivo político de la razón ecosocial y la condición que permite distinguir una modulación alostática de una mera gestión tecnocrática de la escasez.
Efecto rebote (paradoja de Jevons). Fenómeno por el cual las ganancias de eficiencia en el uso de un recurso tienden a ser devoradas por la expansión de la producción o el consumo. Una mayor eficiencia abarata el recurso, lo que estimula su mayor uso, cancelando total o parcialmente el ahorro ecológico esperado.
Externalidad estructural. Costos ecológicos, sociales y territoriales que el sistema económico desplaza sistemáticamente a poblaciones y territorios que no participan en las decisiones. No son fallas del mercado, sino condición de posibilidad de la acumulación capitalista. La economía moderna puede definirse como un sistema de desplazamiento estructural de costos biofísicos y sociales. A diferencia de la noción convencional de «externalidad» (fallo marginal corregible mediante impuestos o regulaciones), la externalidad estructural es constitutiva del metabolismo capitalista y no puede ser resuelta mediante su mera «internalización» en los precios.
Fractura metabólica. Ruptura de los mecanismos que articulan los procesos sociales de producción con los ciclos de regeneración de la naturaleza. Designa la tendencia estructural del productivismo a degradar las condiciones ecológicas de las que depende su propia continuidad, convirtiendo ciclos cerrados en flujos lineales de extracción, transformación y descarte. Es la manifestación material de la incapacidad de autocontención del sistema.
Homeostasis. Modalidad de regulación que busca preservar un estado de referencia dado mediante mecanismos de corrección. Es la lógica del termostato: cuando se produce una desviación, se activan mecanismos para restaurar el estado previo. Es inadecuada para la crisis contemporánea porque no existe un equilibrio socioecológico al que retornar, y porque, incluso si existiera, su preservación consolidaría las asimetrías ecológicas y sociales existentes. La homeostasis, aplicada al ámbito socioecológico, tiende a ser conservadora de las relaciones de poder que han generado la crisis.
Intercambio ecológicamente desigual. Asimetría estructural por la cual los países centrales extraen recursos de baja entropía (materiales concentrados, energía útil) de las periferias y les devuelven alta entropía (residuos, contaminación, pasivos ambientales). Es la dimensión metabólica de la dependencia y el colonialismo, y expresa la geografía desigual del metabolismo social global.
Interdependencia (ontología relacional). Principio según el cual ningún sistema social o ecológico existe ni se explica de manera aislada, sino en relación constitutiva con otros sistemas de los que depende y a los que afecta. No debe confundirse con el holismo orgánico ni con las lecturas de la naturaleza como totalidad armónica o autorregulada: la interdependencia no implica equilibrio, cooperación espontánea ni finalidad compartida. Los sistemas interdependientes son, con la misma frecuencia, sistemas en conflicto, sujetos a catástrofes, colapsos y transformaciones irreversibles. La ontología relacional que este proyecto desarrolla se ancla en el materialismo histórico —que entiende toda relación social como atravesada por relaciones de poder y disputa material— y en la teoría de sistemas complejos —que describe la interdependencia sin presuponer armonía, mediante nociones como retroalimentación, umbral e irreversibilidad—. La armonía entre sociedad y biosfera, cuando existe, es un logro político: no un estado que la naturaleza ofrezca por sí misma ni al que sea posible regresar.
Metabolismo social. Conjunto de flujos de materiales y energía que una formación social extrae del entorno natural, transforma mediante sus procesos productivos y devuelve al entorno en forma de residuos, calor y emisiones. Pero estos flujos no son un dato natural: están históricamente organizados por instituciones, normas, tecnologías y relaciones de poder que determinan su escala, su dirección y la distribución de sus costos. El metabolismo social es, por tanto, tanto un proceso físico como una forma histórica de organizarlo. La categoría, de raíz marxiana (Stoffwechsel), ha sido desarrollada por la economía ecológica y la ecología política como herramienta central para el análisis de la sostenibilidad.
Parámetro. Elemento que define el rango dentro del cual las variables de un sistema pueden variar sin alterar su estructura fundamental. La escala del metabolismo social (cuánto extraemos, transformamos y devolvemos) es un parámetro, no una variable. Los parámetros no se optimizan: se redefinen. La confusión entre parámetros y variables es la raíz del error de las «falsas salidas» (mercado, tecnología, planificación, desarrollo sostenible homeostático) analizadas en el Capítulo 2.
Productivismo / Superideología productivista. Racionalidad histórica que convierte la expansión de la producción y el crecimiento económico en fines en sí mismos, desvinculándolos de las necesidades humanas y los límites ecológicos. Atraviesa tanto al capitalismo como a los socialismos históricos, constituyendo una superideología compartida que impide la autocontención del metabolismo social. No es solo una ideología económica: es una estructura cultural profunda que organiza deseos, aspiraciones e identidades. Su crítica no puede limitarse, por tanto, a la sustitución de un régimen económico por otro, sino que exige una transformación de los imaginarios culturales que lo sostienen.
Razón ecosocial. Proyecto político orientado a construir mecanismos de modulación alostática del metabolismo social, fundado en el reconocimiento de la interdependencia ecológica, social y generacional. No es una teoría de la sostenibilidad (cómo hacer el crecimiento menos dañino), sino una teoría política de la autocontención colectiva: la capacidad de una sociedad para imponerse deliberadamente límites a su propio metabolismo, articulando simultáneamente viabilidad biofísica, justicia ecosocial y democracia del metabolismo.
Retroalimentación positiva. Mecanismo por el cual un cambio en una variable produce más cambio en la misma dirección, amplificando la desviación inicial. El productivismo es un sistema de retroalimentación positiva respecto al crecimiento del transumo: el crecimiento genera demanda de más crecimiento, y la degradación ecológica no activa ninguna señal de corrección. Es la dinámica que impide la autocontención.
Transumo (throughput). Volumen total de materiales y energía que un sistema económico extrae, transforma y devuelve al entorno. Es la medida agregada del metabolismo social. El objetivo de una modulación alostática es mantener el transumo dentro de los límites de la biocapacidad del sistema terrestre, no optimizar su eficiencia. La confusión entre reducir la intensidad del transumo (eficiencia) y reducir su escala (suficiencia) es uno de los equívocos centrales del ambientalismo convencional. El concepto, central en la economía ecológica, fue desarrollado por Herman Daly como un indicador clave para distinguir entre crecimiento cuantitativo (incremento del throughput) y desarrollo cualitativo (mejora del bienestar sin aumentar el flujo material).
Trilogía de la regulación ecosocial. Criterio de evaluación de toda organización social según tres dimensiones simultáneas e interdependientes: viabilidad biofísica (compatibilidad con los límites del sistema terrestre), justicia ecosocial (distribución equitativa de beneficios y costos metabólicos) y democracia del metabolismo (capacidad colectiva de decidir sobre la escala y orientación de los flujos materiales). El productivismo opera solo sobre la primera; la razón ecosocial exige las tres. La modulación alostática consiste en construir la viabilidad política de lo que es ecológicamente necesario y socialmente justo.
Variable. Elemento que fluctúa dentro de un sistema sin alterar su estructura fundamental. El PIB, la tasa de emisiones, la intensidad energética son variables. Las variables se optimizan; los parámetros se redefinen. Esta distinción es el núcleo epistemológico que permite comprender por qué las políticas de «crecimiento verde» o «modernización ecológica» son insuficientes para enfrentar la crisis estructural del metabolismo social.
APÉNDICE METODOLÓGICO
1. La genealogía dual de la modulación alostática
El concepto de alostasis fue desarrollado por Peter Sterling y Joseph Eyer (1988) en el ámbito de la fisiología, y posteriormente por McEwen y Wingfield (2003) en biomedicina, y aplicado al análisis de la relación entre ambiente social y regulación fisiológica por Gaytán Ramírez (2021). Este ensayo retiene el término, sin embargo, por dos razones ajenas a ese origen biológico.
Primero, porque existe una tradición propiamente social y política que articula la misma intuición sin pasar por la fisiología: la teoría de la régulation (Aglietta, Boyer, Lipietz), que desde los años setenta describe «modos de regulación» y «regímenes de acumulación» como configuraciones históricas, contingentes y conflictivas —no equilibrios naturales— que estabilizan temporalmente relaciones sociales de producción inherentemente inestables. Esta escuela nació, de hecho, como crítica al funcionalismo y al supuesto de equilibrio walrasiano; su parentesco con la idea de modulación alostática aquí propuesta es más cercano que el de la fisiología misma.
Segundo, porque la cibernética de sistemas (Ashby) ofrece un marco de control y retroalimentación aplicable a cualquier sistema complejo —social, ecológico o mecánico— sin presuponer organismo alguno. La fisiología es, en este sentido, solo una de tres fuentes posibles; se la menciona porque acuñó el término, no porque sea su fundamento conceptual.
2. Modulación alostática y resiliencia socioecológica
Conviene situar esta distinción frente a un campo con el que guarda un parentesco cercano: la literatura sobre resiliencia socioecológica (Holling, 1973; Walker y Salt, 2006; Folke, 2006). Esa tradición distingue, de manera similar, entre una resiliencia de ingeniería —la capacidad de un sistema de retornar a su estado de equilibrio previo tras una perturbación, cercana a lo que aquí se llama homeostasis— y una resiliencia ecológica, que admite que un sistema se reorganice en un régimen distinto sin perder su identidad funcional, en un sentido próximo a la alostasis. Esa escuela desarrolló, además, la noción de transformabilidad: la capacidad deliberada de crear un sistema socioecológico fundamentalmente nuevo cuando el régimen existente dejó de ser viable o deseable —un concepto que se superpone en buena medida con lo que este ensayo llama modulación alostática.
La diferencia no está en el diagnóstico sistémico, donde ambos marcos coinciden en lo esencial, sino en su orientación. La literatura de resiliencia es, en su mayor parte, descriptiva y orientada a la gestión: busca comprender qué hace que un sistema socioecológico persista, colapse o se reorganice, y cómo diseñar instituciones que eviten transiciones abruptas e indeseadas. La razón ecosocial retoma ese diagnóstico, pero lo subordina a un proyecto explícitamente normativo y político: no le basta con que el sistema sea resiliente o transformable en abstracto — exige que esa transformación se someta a los criterios de la Trilogía de la regulación ecosocial: viabilidad biofísica, justicia ecosocial y democracia del metabolismo. Dicho de otro modo: donde la resiliencia pregunta si un sistema puede reorganizarse y persistir, la modulación alostática pregunta, además, quién decide esa reorganización y en beneficio de quién.
BIBLIOGRAFÍA
Acosta, A. (2012). Buen vivir: Sumak Kawsay. Una oportunidad para imaginar otros mundos. Abya Yala.
Aglietta, M. (1979). A theory of capitalist regulation: The US experience. NLB. (Trabajo original publicado en 1976).
Ashby, W. R. (1956). An introduction to cybernetics. Chapman & Hall.
Boyer, R. (1990). The Regulation School: A Critical Introduction. Columbia University Press.
Castoriadis, C. (2008). Ventana al caos. Fondo de Cultura Económica.
Daly, H. E. (1996). Beyond growth: The economics of sustainable development. Beacon Press.
D’Hers, V., Barrios García, G., Veiguela, N. y Khoury, M. (2021). Metabolismo social: continuidades y rupturas desde el materialismo-histórico. Revibec: Revista Iberoamericana de Economía Ecológica, 34(1).
Fischer-Kowalski, M. y Haberl, H. (Eds.). (2007). Socioecological transitions and global change: Trajectories of social metabolism and land use. Edward Elgar.
Folke, C. (2006). Resilience: The emergence of a perspective for social–ecological systems analyses. Global Environmental Change, 16(3), 253-267.
Foster, J. B. (2000). Marx’s ecology: Materialism and nature. Monthly Review Press.
Gaytán Ramírez, E. (2021). La respuesta alostática al ambiente. El medio social como factor regulador de la fisiología y la salud humana. Revista Chilena de Antropología, (43), 147-166. https://doi.org/10.5354/0719-1472.2021.64437
Georgescu-Roegen, N. (1971). The entropy law and the economic process. Harvard University Press.
Gorz, A. (1980). Ecology as politics. South End Press.
Gudynas, E. (2009). Diez tesis urgentes sobre el nuevo extractivismo. Contextos y demandas bajo el progresismo sudamericano actual. En Extractivismo, política y sociedad (pp. 187-225). CAAP-CLAES.
Gudynas, E. (2011). Buen Vivir: Today’s tomorrow. Development, 54(4), 441-447.
Holling, C. S. (1973). Resilience and stability of ecological systems. Annual Review of Ecology and Systematics, 4, 1-23.
Hornborg, A. (1998). Towards an ecological theory of unequal exchange. Ecological Economics, 25(1), 127-136.
Illich, I. (2006). La convivencialidad. Traficantes de Sueños.
Kennedy, R. F. (1968). Discurso en la Universidad de Kansas (18 de marzo de 1968).
Lipietz, A. (1987). Mirages and miracles: The crisis of global Fordism. Verso.
Martínez Alier, J. (2002). The environmentalism of the poor: A study of ecological conflicts and valuation. Edward Elgar.
Marx, K. (1976). Capital: A critique of political economy (Vol. 1). Penguin.
McEwen, B. S. y Wingfield, J. C. (2003). The concept of allostasis in biology and biomedicine. Hormones and Behavior, 43(1), 2-15.
Merenson, C. (2024a). La ecología política al sur del sistema-mundo productivista. https://lareverde.com/2020/12/08/la-ecologia-politica-al-sur-del-sistema-mundo-productivista/
Merenson, C. (2024b). El desarrollismo en el pensamiento nacional: una mirada desde la ecología política. https://lareverde.com/2021/03/21/el-desarrollismo-en-el-pensamiento-nacional-una-mirada-desde-la-ecologia-politica/
Merenson, C. (2024c). Un desafío revolucionario: desmontar y desenmascarar las falacias de la sinrazón productivista. https://carlosmerenson.blogspot.com/2024/07/un-desafio-revolucionario-desmontar-y.html
Porritt, J. (1984). Seeing green: The politics of ecology explained. Blackwell.
Rockström, J., Steffen, W., Noone, K., Persson, Å., Chapin, F. S., Lambin, E. F., … y Foley, J. A. (2009). A safe operating space for humanity. Nature, 461(7263), 472-475.
Sorrell, S. (2009). Jevons’ Paradox revisited: The evidence for backfire from improved energy efficiency. Energy Policy, 37(4), 1456-1469.
Sterling, P. y Eyer, J. (1988). Allostasis: A new paradigm to explain arousal pathology. En S. Fisher y J. T. Reason (Eds.), Handbook of life stress, cognition and health (pp. 629-649). Wiley.
Svampa, M. (2013). «Consenso de los commodities» y lenguajes de valoración en América Latina. Nueva Sociedad, 244, 30-46.
Tainter, J. A. (1988). The collapse of complex societies. Cambridge University Press.
Walker, B. y Salt, D. (2006). Resilience thinking: Sustaining ecosystems and people in a changing world. Island Press.
World Commission on Environment and Development. (1987). Our common future. Oxford University Press.
