Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
¿Por qué, tras décadas de alternancias democráticas y promesas de «desarrollo», las venas de América Latina parecen seguir tan abiertas como siempre, con crisis ambientales aceleradas y desigualdades que se tornan estructurales? La respuesta no reside únicamente en la mala gestión de tal o cual gobierno, sino en una racionalidad invisible que opera como el sistema operativo compartido de todo el arco político: el productivismo. Esta lógica, que antepone la expansión incesante de los flujos de materiales al sostenimiento de la vida, se ha convertido en una ilusión anacrónica. Cuestionar este «sentido común» económico es la tarea urgente de nuestra época; una invitación a desmantelar la fe ciega en el crecimiento para empezar a hablar, finalmente, de supervivencia.
El Productivismo: La «Súper-ideología» que une a rivales políticos
Para desentrañar la crisis contemporánea, es imperativo desplazar el foco del «capitalismo» hacia un concepto más abarcador y profundo: el productivismo. Esta racionalidad trasciende la propiedad de los medios de producción; ha colonizado tanto a las democracias liberales como a las experiencias socialistas del siglo pasado. El productivismo es la subordinación de la vida social, los territorios y la naturaleza al imperativo del crecimiento continuo.
Esta «súper-ideología» ignora lo que James O’Connor denominó la «segunda contradicción»: el conflicto insalvable entre el capital y las condiciones de producción (la naturaleza). Al ignorar los límites biofísicos, el crecimiento deja de ser un instrumento de bienestar para convertirse en un dogma sagrado.
Crecer deja de ser un medio para satisfacer necesidades y se convierte en un fin en sí mismo; la pregunta legítima —¿para qué se crece, y hasta cuándo?— es reemplazada por una pregunta puramente técnica: ¿cómo seguir creciendo?
En este marco, preguntar «¿para qué crecemos?» resulta una impertinencia para un sistema que solo sabe acelerar hacia el abismo del sobregiro ecológico.
Las Tres Máscaras: El engaño del crecimiento perpetuo
Ante la evidencia del colapso ecológico, el productivismo ha desarrollado una capacidad camaleónica para disfrazarse. Estas son las tres «máscaras» que prometen salvar el modelo sin alterar su metabolismo extractivo:
- Productivismo Socialmente Responsable: La ficción de que la ética corporativa y los reportes de sostenibilidad pueden frenar la acumulación permanente. Es una contradicción en los términos: ninguna empresa puede escapar a la competencia por el beneficio sin perecer.
- Productivismo Sostenible: El espejismo del «desacoplo», que sugiere que la tecnología permitirá que el PIB crezca mientras el consumo de recursos disminuye. En la práctica, es una «cosmética verde» que desplaza los costos ambientales hacia el futuro o hacia los territorios más vulnerables.
- Productivismo con Rostro Humano: La ilusión predilecta del progresismo latinoamericano. Sostiene que el problema no es el modelo de extracción infinita, sino la falta de un «administrador honesto» que distribuya la renta.
Administrar con «manos limpias» un modelo basado en la devastación de la biósfera no cambia el resultado final. Si el metabolismo social —la forma en que procesamos energía y materia— permanece intacto, el colapso es solo cuestión de tiempo.
La distinción vital: «Crecer para Vivir» vs. «Crecer para Acumular»
Superar el productivismo no es una apología de la pobreza para el Sur Global; es un acto de justicia ecosocial. Debemos distinguir entre la expansión necesaria para garantizar derechos y la acumulación ciega de capital:
- Crecer para vivir: Es la expansión de infraestructuras básicas —salud, vivienda, agroecología, transporte público— para saldar la deuda histórica con nuestros pueblos.
- Crecer para acumular: Es la profundización de sectores extractivos (megaminería, fracking) de bajo valor social que solo alimentan el flujo global de mercancías.
Como bien señaló Eduardo Galeano: «el subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno y continúa alimentándolo». Pero esta transición exige una dimensión global: para que el Sur pueda expandir su infraestructura vital, el Norte Global debe aceptar una contracción drástica de su excedente material. La justicia climática pasa por liberar Espacio Ecológico, exigiendo que quienes más han consumido reduzcan su metabolismo para permitir una vida digna en el resto del planeta.
Resistencia en el territorio: La defensa del agua como vanguardia
La alternativa al productivismo no nace en los despachos, sino en la resistencia territorial. Movimientos como el MST en Brasil o los pueblos Yaquis en México son laboratorios de formas de vida postextractivista.
Un caso testigo de la «transversalidad del productivismo» ocurrió en Argentina (2026), con la reforma de la Ley de Glaciares. Allí vimos cómo una administración de ultraderecha, aliada con sectores del peronismo minero, intentó vulnerar presupuestos mínimos ambientales para favorecer la renta minera. La respuesta fue una movilización masiva que apeló al Acuerdo de Escazú y al Principio de No Regresión para frenar judicialmente la destrucción de las reservas estratégicas de agua dulce. Estas luchas demuestran que la verdadera fractura política hoy no es solo entre izquierda y derecha, sino entre quienes defienden la vida y quienes defienden la acumulación a cualquier costo.
La Trilogía de lo Posible: Una brújula para la supervivencia
Para salir del laberinto del «crecimientismo», necesitamos sustituir el PIB por una nueva métrica de civilización. Siguiendo a pensadores como André Gorz e Iván Illich, proponemos tres pilares:
- Viabilidad biofísica: Ajustar la economía a los límites regenerativos de la Tierra, reemplazando el lucro por la salud ecosistémica.
- Justicia ecosocial: Distribuir equitativamente las cargas del metabolismo social, garantizando la solidaridad intergeneracional.
- Democracia del metabolismo: Recuperar la soberanía para que las comunidades decidan qué producir y qué reducir, priorizando la Convivencialidad —el tiempo liberado para la vida y los vínculos— sobre el trabajo alienado.
Como advirtió Gorz, no estamos ante una opción política más: La salida del productivismo ya ha comenzado. No es una opción: es un hecho impuesto por los límites biofísicos. La única cuestión que resta discutir es el tipo de salida y su ritmo.
Conclusión: La carrera contra el reloj
La verdadera soberanía de una nación en el siglo XXI no se mide por sus toneladas de exportación, sino por su capacidad de preservar las condiciones que hacen posible la vida. El tiempo de las ilusiones desarrollistas se ha agotado; seguir pensando en un planeta inagotable no es optimismo, es negacionismo.
La pregunta que nos interpela como sociedad es final y definitiva: ¿estamos dispuestos a cambiar la promesa fallida del «consumo infinito» por la promesa de una vida con sentido, organizada en torno a la convivencialidad y el equilibrio con nuestra casa común? El futuro ya no depende de cuánto más podamos extraer, sino de cuánto seamos capaces de cuidar.
El presente texto es una versión resumida del ensayo que publicamos en la “Colección de Ensayos Breves” bajo el título «La última ilusión del progresismo: un productivismo con rostro humano, sostenible y socialmente responsable». En ese trabajo, se desarrolla con mayor profundidad el andamiaje conceptual que aquí se esboza —la distinción entre productivismo y capitalismo, el análisis del metabolismo económico, la crítica a los mecanismos de mercado, la recuperación de las tradiciones de Illich y Gorz, y el recorrido por las resistencias territoriales en América Latina—, y ofrece un despliegue más detallado de los casos mencionados, incluyendo la reforma de la Ley de Glaciares en Argentina. La lectura del texto completo permite acceder a la densidad argumentativa que estas páginas, por su carácter sintético, solo pueden sugerir.
Descargar aquí: LA ÚLTIMA ILUSIÓN DEL PROGRESISMO: UN PRODUCTIVISMO CON ROSTRO HUMANO, SOSTENIBLE Y SOCIALMENTE REPONSABLE
