Errare humanum est, sed in errore perseverare stultum.
Marco Tulio Cicerón
Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
El falso dilema
¿La alternativa a Javier Milei es el liberalismo clásico? La pregunta misma revela el problema: supone que las opciones se agotan en variantes de un mismo esquema. Pero lo que empieza a evidenciarse es que el dilema está mal planteado. No se trata de elegir entre posiciones extremas y moderadas, sino de interrogar el marco que hace posibles a ambas.
En la Argentina, las crisis económicas rara vez se reconocen como lo que son. Cada vez que un ciclo de políticas de mercado termina en ajuste o colapso, emerge el mismo reflejo: no fue el liberalismo, sino su mala aplicación. La secuencia es difícil de ignorar: de Martínez de Hoz a Cavallo, de las reformas de los noventa a Macri y ahora Milei, el resultado es recurrente: desarticulación productiva, endeudamiento, fragilidad social y nuevas crisis. Lo que cambia es la reacción de sus impulsores, que toman distancia justo cuando los resultados se deterioran. No es solo oportunismo: es un dispositivo ideológico que preserva intacta la doctrina aun cuando la realidad la desmiente.
En ese contexto, Hernán Lacunza —en Modo Fontevecchia (Net TV)— propone una alternativa a Milei dentro del propio universo de mercado: un liberalismo más prudente, técnico y sensato, que corrija los desbordes sin abandonar los fundamentos. El planteo seduce por su aparente moderación, pero visto desde una perspectiva ecológica es menos una salida que una continuidad con mejor maquillaje.
Lo que Lacunza dice, y lo que no
Conviene tomarse en serio lo que Lacunza dice, porque lo dice con precisión. Reconoce que el programa de Milei tuvo logros reales: evitó una catástrofe hiperinflacionaria, consolidó un superávit primario del 1,8% del PIB y redujo la inflación de 200% anual a cerca del 30%. Pero a continuación introduce lo que llama las «luces amarillas»: la construcción y la industria manufacturera se encuentran en niveles de producción inferiores a los de hace dos años, y el empleo privado, lejos de recuperarse, empezó a caer. Para Lacunza, eso no es un detalle marginal: un programa de desarrollo requiere un triángulo virtuoso de estabilidad, crecimiento y apoyo popular, y si se quiebra cualquiera de esos vértices, se interrumpe el proceso.
El problema aparece cuando se pregunta qué alternativa propone. Lacunza considera necesario que la alternativa a Milei sea la del liberalismo clásico: algo más moderado, más intermedio, que no niegue las ideas del cambio, pero reconozca la necesidad de consensos. La diferencia con el enfoque de Milei sería, en sus términos, de estilo y de pericia técnica, no de dirección.
La diferencia con Milei es real en términos de gestión: gradualismo frente a shock, reglas frente a desregulación extrema. Pero esa distancia se reduce cuando se observan los supuestos profundos. Ambos comparten la misma fe en el mercado como mecanismo supremo de asignación de recursos y una idea de desarrollo que da por sentadas sus condiciones materiales de posibilidad: como si la expansión económica no tuviera límites biofísicos, como si la naturaleza fuera un mero insumo inagotable y no la base que sostiene cualquier proceso productivo. Dicho de otro modo, comparten el supuesto —extendido incluso entre sectores que se oponen al liberalismo— de que el crecimiento puede continuar indefinidamente sin que las restricciones ecológicas, energéticas y territoriales se conviertan en un problema económico de primer orden. La diferencia está en cómo gestionar el proceso, no en interrogar si es verdaderamente sostenible.
Lo que el liberalismo no ve
Ni el liberalismo clásico ni el libertarismo parten de un dato elemental: la economía no es un sistema autónomo, sino un subsistema inserto en la biosfera. Su funcionamiento está condicionado por restricciones materiales, energéticas y ecológicas que no pueden sortearse con precios ni incentivos. Puede haber orden macroeconómico mientras el mundo físico se desordena.
El propio Lacunza ofrece una pista involuntaria. Señala que los tres sectores que el Gobierno identifica como generadores de divisas —energía, minería y agro— no son intensivos en empleo y están concentrados en regiones alejadas de los grandes centros urbanos. La observación es precisa, pero sus implicancias son más profundas de lo que él parece dispuesto a reconocer.
Lo que emerge no es un desajuste coyuntural, sino una tensión estructural: una economía que genera dólares, pero no trabajo; que expande ciertos territorios mientras otros se vacían; que mejora indicadores macroeconómicos mientras amplios sectores quedan desconectados. Lacunza identifica la tensión, pero no la problematiza como un rasgo del modelo, sino como una dificultad a corregir dentro de él.
Los actores del modelo y sus mecanismos de poder
Para que la crítica no quede en la abstracción, es necesario identificar a los beneficiarios concretos y los mecanismos de poder que perpetúan este esquema. No se trata de un «mercado» genérico ni de una «falla» anónima.
Los grandes exportadores agroindustriales concentran producción, acaparan divisas y externalizan costos ambientales —fumigaciones, deforestación, pérdida de suelos—. Su poder no es solo económico: condicionan políticas mediante la amenaza de corte de comercialización o fuga de divisas.
Las empresas mineras transnacionales se llevan la mayor parte de las ganancias y dejan regalías magras, pasivos ambientales y conflictos con comunidades. Su poder se institucionaliza a través del arbitraje internacional (CIADI) y el lobby permanente.
Los grupos energéticos concentrados impulsan actividades de alto impacto ecosocial y retienen inversiones como mecanismo de presión.
Estos actores ejercen poder estructural —la amenaza de fuga de capitales veta cualquier intento de gravar o regular sus rentas—, poder ideológico —construyen discursos como «el campo productivo» versus «el populismo» que ocultan la concentración y los daños ambientales— y poder institucional —las provincias extractivistas dependen fiscalmente de regalías y se vuelven rehenes del modelo—.
Cuando Lacunza propone un liberalismo «más sensato», lo que hace es recomponer las condiciones para que estos mismos actores sigan acumulando, degradando y concentrando. No cuestiona su poder: busca hacerlo más estable.
La cuestión de la escala
Lacunza advierte que el superávit fiscal podría quebrarse en meses, no en años. Es una alerta sobre los límites de corto plazo del ajuste. Pero el problema de escala que plantea el ecologismo es otro: ¿hasta qué punto puede sostenerse un modelo extractivo sin generar tensiones —deterioro ambiental, concentración territorial, fragilidad social— que terminen por desestabilizar la propia economía? Esa pregunta no aparece en su análisis, porque comparte el supuesto de que la solución es expandir la economía, no revisar sus bases materiales.
En este sentido, caracterizar a Lacunza como liberal clásico es insuficiente. Es más preciso entenderlo como expresión de un neoliberalismo moderado o tecnocrático: no prescinde del Estado, pero lo subordina a la lógica del mercado y la acumulación. Su distancia con el fundamentalismo libertario es de grado, no de paradigma. Administra lo que el otro exacerba.
Más allá del falso dilema
Libertarismo y liberalismo clásico no son modelos antagónicos, sino variantes de una misma racionalidad que naturalizó la expansión material infinita como horizonte, sin preguntarse si ese horizonte sigue siendo posible en un planeta finito. La propuesta de Lacunza de encadenar «varios gobiernos con ideas en sintonía» revela ese presupuesto: asume que la expansión económica es el objetivo correcto y que el único problema es la falta de continuidad institucional para alcanzarla.
Plantear que la alternativa al fundamentalismo de mercado es más mercado —aunque mejor regulado— equivale a permanecer en un marco que ya mostró sus límites históricos y ecológicos. El problema no es solo el exceso, sino la dirección.
Cada nueva diferenciación dentro del liberalismo argentino dice menos sobre una ruptura real que sobre la dificultad de reconocer los límites del propio enfoque. Cuando los resultados entran en tensión, la explicación vuelve a desplazarse: no es el modelo, sino su aplicación; no es la dirección, sino la velocidad. Pero la reiteración de los mismos resultados debería habilitar una revisión más profunda. Las anomalías reiteradas no fortalecen un paradigma: lo erosionan.
Conclusión
La discusión pendiente no es cómo corregir el rumbo dentro del mismo camino, sino si ese camino sigue siendo transitable. Insistir en una versión moderada del mismo enfoque no abre una salida: la posterga. Pensar una alternativa real exige algo más que corregir políticas: supone animarse a cambiar el marco desde el cual esas políticas se tornan concebibles, y preguntarse qué condiciones ecológicas, sociales y políticas estamos dispuestos a construir para recorrer otro camino.
