Por Carlos Merenson — La (Re) Verde
Durante más de dos siglos, la política moderna discutió cómo distribuir la riqueza, quién debía administrar la economía o qué modelo institucional garantizaba mayor bienestar. Pero casi nunca cuestionó el supuesto más profundo sobre el que descansaba toda la civilización industrial: la idea de que el crecimiento económico ilimitado constituye la condición natural del progreso humano.
Ese supuesto organizó tanto al capitalismo liberal como al socialismo industrial. Cambiaron las formas de propiedad, los mecanismos de planificación y las instituciones políticas, pero no la convicción compartida de que producir cada vez más equivalía a avanzar históricamente. La expansión permanente de la producción material se transformó así en el núcleo invisible de la modernidad.
La crisis contemporánea comienza precisamente allí.
Porque lo que hoy entra en agotamiento no es solamente un ciclo económico, una matriz energética o una determinada política pública. Lo que comienza a resquebrajarse es una racionalidad civilizatoria completa: aquella que identificó progreso con expansión material indefinida y que convirtió el crecimiento en condición obligatoria de estabilidad social.
La excepción fósil
La civilización industrial no surgió únicamente de innovaciones tecnológicas o de nuevas formas de organización económica. Su verdadero punto de inflexión fue energético.
Durante milenios, las sociedades humanas dependieron principalmente de los flujos inmediatos de energía solar capturados por los ecosistemas: biomasa, fertilidad de los suelos, ciclos hidrológicos, fuerza animal, madera. La transición termo-industrial alteró radicalmente esa relación. La explotación masiva de carbón, petróleo y gas permitió acceder a enormes cantidades de energía fósil acumulada durante millones de años.
Ese excedente energético extraordinario transformó por completo la escala de la actividad humana. Hizo posible la industrialización acelerada, la urbanización masiva, el transporte global, la mecanización agrícola y la expansión planetaria del comercio. El crecimiento dejó de ser un fenómeno excepcional para convertirse en la normalidad del sistema económico.
La modernidad industrial comenzó entonces a naturalizar una experiencia históricamente excepcional: la disponibilidad abundante y barata de energía fósil.
A partir de allí, el progreso pasó a medirse casi exclusivamente en términos de expansión material. Más producción, más consumo, más infraestructura, más velocidad, más extracción. La riqueza quedó identificada con el aumento continuo del metabolismo económico.
La naturaleza, en cambio, pasó a ser interpretada como un mero reservorio de recursos y un sumidero infinito de residuos.
La ilusión del desacople
Sobre esa base energética extraordinaria se construyó una de las grandes ilusiones de la modernidad productivista: la idea de que la economía podía independizarse progresivamente de sus límites materiales.
El desarrollo tecnológico, la financiarización de la economía y el aumento permanente de la productividad reforzaron la idea de que cualquier límite podía ser desplazado. Si un recurso escaseaba, aparecería otro. Si surgía una crisis ambiental, la tecnología terminaría resolviéndola. Si aumentaban los costos ecológicos, el mercado encontraría la forma de absorberlos. La naturaleza comenzó así a desaparecer del horizonte económico, reducida a una variable secundaria frente al supuesto poder autónomo del crecimiento.
Esta ilusión adoptó múltiples versiones ideológicas.
Para algunos, la tecnología permitiría desacoplar indefinidamente crecimiento y destrucción ambiental. Para otros, el mercado resolvería automáticamente cualquier escasez a través de los precios. Y para otros, el propio crecimiento generaría los recursos necesarios para reparar los daños que él mismo provocaba.
Pero todas esas variantes compartían un mismo núcleo: la convicción de que la expansión material podía continuar indefinidamente dentro de una biosfera finita.
Lejos de desvanecerse, esa ilusión está hoy experimentando una peligrosa reconversión. El discurso dominante de la transición energética suele presentarse como una solución ecológica mientras preserva intacto el imperativo de expansión. Se promete un futuro descarbonizado sin cuestionar el metabolismo creciente que demandará litio, cobre, cobalto, tierras raras e hidrógeno verde. La llamada economía verde no rompe con la lógica productivista: se limita a cambiar las fuentes energéticas que la alimentan. Como advierte la crítica del extractivismo desde la ecología política latinoamericana, el Norte global pretende resolver su crisis ecológica exportando la extracción hacia nuevos territorios de sacrificio, ahora rebautizados como «zonas críticas para la transición». El extractivismo no terminó con el ciclo fósil: se está reconvirtiendo bajo el ropaje de la sostenibilidad. Así, la transición no elimina el extractivismo: lo reorganiza sobre una nueva cartografía del poder, configurando una gestión desigual del deterioro donde conviven enclaves de alta protección tecnológica con extensas zonas de sacrificio.
Parte de la dificultad para enfrentar esta dinámica radica en lo que podemos llamar una fragmentación estratégica: seguimos aplicando soluciones sectoriales a una realidad que opera como un todo interdependiente. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de acuíferos o la crisis energética no son problemas aislados que puedan resolverse por separado; son síntomas de una misma crisis metabólica. Sin embargo, el sistema responde con políticas ambientales que no cuestionan las causas estructurales, apostando a que la suma de ajustes parciales corregirá lo que es, en verdad, un desajuste sistémico. Esa fragmentación no es solo un error técnico: es una operación funcional que permite postergar las decisiones de fondo mientras se simula estar actuando.
La realidad empezó lentamente a desmentir esa premisa.
Cambio climático, agotamiento de acuíferos, degradación de suelos fértiles, pérdida acelerada de biodiversidad, acidificación de océanos, colapso de ecosistemas y creciente inestabilidad climática muestran que la economía nunca estuvo desacoplada de la naturaleza. Lo que ocurrió fue algo diferente: el sistema industrial logró desplazar temporalmente ciertos límites gracias a una combinación excepcional de energía fósil abundante, expansión extractiva global y externalización sistemática de costos ecológicos y sociales.
El crecimiento no eliminó los límites. Los postergó.
Pero ese desplazamiento nunca fue socialmente neutral. La expansión material de las economías industriales descansó históricamente sobre relaciones profundamente desiguales de apropiación ecológica. Mientras los centros del sistema concentraban consumo energético, infraestructura y capacidad tecnológica, amplias regiones periféricas fueron convertidas en territorios de extracción, sacrificio ambiental y exportación de naturaleza barata. La ecología política latinoamericana viene señalando desde hace décadas esta dinámica de intercambio desigual. Mientras el Norte global concentra consumo, tecnología y capacidad financiera, enormes regiones periféricas quedan atrapadas como territorios de extracción y sacrificio ambiental. América Latina exporta minerales, energía, agua virtual y naturaleza barata; importa dependencia, degradación ecológica y vulnerabilidad social. La crisis ecológica contemporánea no expresa solamente un problema de límites físicos planetarios: expresa también una estructura global de distribución desigual de beneficios, daños y capacidades de adaptación.
Hablar genéricamente de «la humanidad» como responsable del colapso oculta esta asimetría fundante. No toda la humanidad consumió la energía fósil, no toda la humanidad se benefició de la acumulación material, y no toda la humanidad podrá protegerse de las consecuencias. Existe una deuda ecológica histórica del Norte global con el Sur global que ninguna transición puede ignorar. Cualquier horizonte de reorganización poscrecimiento deberá partir de esta diferencia: no es lo mismo descender voluntariamente desde el sobreconsumo que ascender penosamente desde la carencia históricamente impuesta.
Una racionalidad compartida
Uno de los errores más frecuentes en el debate contemporáneo consiste en reducir el productivismo exclusivamente al capitalismo neoliberal. Sin embargo, la lógica de expansión permanente atravesó gran parte de las experiencias políticas modernas, incluyendo también al socialismo realmente existente.
Los socialismos realmente existentes compartieron con Occidente la obsesión por el crecimiento industrial acelerado, la gigantización de la infraestructura y la subordinación de la naturaleza a los objetivos productivos. La emancipación continuó siendo pensada como aumento constante de las fuerzas productivas.
Capitalismo y socialismo disputaron quién administraba el aparato industrial, pero coincidieron ampliamente en algo más profundo: la idea de que la historia avanzaba mediante la expansión indefinida de la producción material.
Esa convergencia revela que el problema contemporáneo excede largamente una discusión sobre propiedad privada o intervención estatal. El núcleo de la crisis se encuentra en la racionalidad productivista compartida por buena parte de la modernidad industrial.
El conflicto entre economía y biosfera
La contradicción central del siglo XXI no es solamente financiera, política o tecnológica. Es metabólica.
La economía industrial opera bajo el imperativo de acelerar continuamente los flujos de extracción, transformación y consumo. Necesita expandirse para sostener empleo, legitimidad política, rentabilidad y estabilidad institucional. Pero los ecosistemas poseen tiempos completamente diferentes: requieren ciclos de regeneración, absorción y equilibrio que no pueden acelerarse indefinidamente.
Allí aparece el verdadero límite histórico del paradigma moderno.
La biosfera no funciona según las exigencias de acumulación del capital ni según las necesidades de crecimiento de los Estados. Los sistemas vivos poseen umbrales físicos que no negocian con las ideologías económicas.
Esa contradicción no es opinable ni admite soluciones técnicas que la disuelvan: es termodinámica. La economía dominante opera bajo una ficción que la trata como un circuito cerrado de flujos monetarios, invisibilizando que es, en esencia, un subsistema dependiente de la biosfera. Pero las leyes de la física no son negociables. Como demostró Nicholas Georgescu-Roegen al aplicar la segunda ley de la termodinámica al análisis económico, todo proceso productivo es, en esencia, una transformación irreversible de energía y materia. La economía toma recursos de baja entropía —energía concentrada, minerales, agua dulce, suelos fértiles— y los devuelve al entorno como residuos y calor disipado. Esa degradación es irreversible: no existe la producción sin residuo ni la expansión sin agotamiento. Por eso el crecimiento indefinido en un planeta finito no es una opción política controvertida: es una imposibilidad física. La economía neoclásica convirtió esta realidad en algo invisible mediante tres operaciones que conviene nombrar: redujo lo social a decisiones individuales de consumo, abstrajo a la naturaleza tratándola como un stock de recursos sustituibles por capital, y monetizó la vida de modo tal que solo lo traducible a precio cuenta para la toma de decisiones. Esa triple operación de invisibilización es la que permitió que durante décadas el sistema actuara como si la biosfera no existiera.
Durante un breve período histórico, la energía fósil permitió ocultar parcialmente esa contradicción. Pero el desacople nunca existió realmente. La economía industrial siempre dependió de bases materiales concretas, de territorios específicos y de procesos ecológicos finitos.
La diferencia es que ahora los límites comienzan a manifestarse simultáneamente a escala planetaria.
Esa manifestación simultánea de los límites no está dando lugar, sin embargo, a una corrección del rumbo. Está dando lugar a una respuesta específica: la gestión tecnológica y autoritaria del deterioro. David Holmgren ha denominado tecno-marrón a este escenario, caracterizado no por un colapso inmediato de la civilización industrial, sino por el intento de sostener su metabolismo mediante soluciones tecnocráticas, extractivismo intensificado y creciente control político. El término «tecno» remite a la persistencia de infraestructuras complejas y redes globales; el adjetivo «marrón» evoca el deterioro ecológico que acompaña ese esfuerzo: suelos degradados, ecosistemas destruidos, contaminación generalizada. No se trata de una especulación sobre el futuro. La expansión de los hidrocarburos no convencionales, la minería de litio y tierras raras, los agrocombustibles a gran escala y las incipientes apuestas por la geoingeniería constituyen el intento real y presente de prolongar el metabolismo industrial a costa de profundizar el deterioro ecológico. Lo que el escenario tecno-marrón permite es identificar el sentido de conjunto de todas esas dinámicas y proyectar hacia dónde conducen si no son confrontadas políticamente.
En ese contexto, la naturaleza del poder político comienza a transformarse. El Estado, que en las democracias industriales del siglo XX se legitimaba como garante del bienestar y la ampliación de derechos, se desplaza hacia otra función: gestionar la escasez y mantener el orden en un entorno crecientemente inestable. La seguridad energética, la protección de infraestructuras críticas y el control de poblaciones desplazadas por el deterioro ecológico pasan a ocupar el centro de la agenda. El miedo —al colapso, a las migraciones, a los desastres climáticos— se convierte en instrumento de gobierno. Las instituciones democráticas subsisten formalmente, pero quedan subordinadas a una lógica permanente de emergencia y control.
Frente a esta contradicción, no alcanza con señalar los límites. Comienzan a emerger tradiciones de pensamiento y experiencias concretas que intentan organizar la vida colectiva sin subordinarla al crecimiento perpetuo. El decrecimiento, como propuesta de reducción planificada del metabolismo económico en los países que han superado los umbrales ecológicos, plantea una descolonización del imaginario productivista. El posextractivismo latinoamericano, por su parte, propone transiciones justas que combinen la salida de la dependencia extractiva con la reconstrucción de lazos comunitarios, soberanías territoriales y formas de bienestar desacopladas de la acumulación material. Nada de esto constituye todavía un paradigma consolidado. Son búsquedas parciales, contradictorias y abiertas. Pero expresan algo decisivo: el comienzo de una discusión histórica sobre cómo reorganizar la vida colectiva por fuera del mandato del crecimiento perpetuo. Ya no se trata solamente de producir más «verde», sino de discutir qué producir, para quién, a qué escala y dentro de qué límites ecológicos.
El fin de una época
Por eso, la crisis ecológica actual no puede interpretarse únicamente como un problema ambiental sectorial ni como una falla corregible mediante algunas innovaciones verdes. Lo que se encuentra en cuestión es una concepción completa del progreso.
La modernidad industrial organizó la vida colectiva alrededor de una premisa simple: producir cada vez más garantizaría estabilidad, bienestar y emancipación. Esa premisa estructuró la economía, la política, la cultura y hasta las formas de subjetividad contemporánea.
El consumo se transformó en mecanismo de integración social. La técnica pasó a presentarse como solución universal para conflictos generados por la propia expansión técnica. Y la política quedó subordinada a la obligación permanente de garantizar crecimiento económico.
Pero un sistema basado en expansión infinita dentro de una biosfera finita contiene una contradicción imposible de eliminar indefinidamente.
La cuestión decisiva del siglo XXI ya no consiste en cómo acelerar el metabolismo económico global, sino en cómo reorganizar la vida colectiva dentro de límites ecológicos que la civilización industrial aprendió a negar.
Conviene preguntarse por qué, a pesar de la evidencia abrumadora, el sistema persiste en la dirección equivocada. La respuesta no reside solo en la inercia institucional o en la ceguera ideológica: reside también en la tenaz resistencia de las élites que se benefician de este modelo. Son precisamente las élites del poder económico —con la cooperación de amplios sectores de la dirigencia política y de la tecnoburocracia global— las que obstruyen cualquier posibilidad de transformación profunda. No solo se oponen activamente a los cambios que cuestionarían los pilares del productivismo, sino que invierten ingentes recursos en evitarlos. Y aunque su poder no es absoluto, su capacidad de postergar lo inevitable define el escenario del colapso: cuanto más se demore la transición, más abrupta y dolorosa será la caída.
Algunos sectores de estas élites, por lo demás, ya actúan como si dieran el colapso por descontado. Mientras el mundo real se desmorona, comienzan a preparar planes para asegurar su propia supervivencia a costa del abandono del resto: ciudades-burbuja, enclaves fortificados, promesas transhumanistas de superación biotecnológica de los límites humanos. Un darwinismo social que ya no se disimula y que añade una dimensión siniestra al escenario tecno-marrón: la administración del deterioro no consiste solamente en gestionar la escasez, sino en decidir quiénes serán protegidos y quiénes serán sacrificados.
Eso obliga a revisar categorías fundamentales que la modernidad consideró intocables: desarrollo, riqueza, bienestar, productividad, progreso e incluso libertad.
Porque quizás el verdadero desafío histórico de nuestro tiempo no sea administrar mejor la civilización del crecimiento, sino aprender a vivir después de ella.
Todo esto sugiere que el agotamiento del productivismo no representa solamente un derrumbe que padecer, sino también la oportunidad de alumbrar una razón distinta. Frente a la racionalidad que midió el progreso en toneladas extraídas, kilovatios consumidos y mercancías acumuladas, comienza a esbozarse lo que podríamos llamar una razón ecosocial: una forma de entender el bienestar, la justicia y la libertad que ya no se organiza alrededor del crecimiento material ilimitado, sino de la reproducción digna de la vida dentro de los límites de la biosfera. Una razón que no opone lo social a lo ecológico, porque reconoce que ambos tejidos son, en verdad, el mismo. Explorar los fundamentos, las implicancias y las posibilidades concretas de esa razón ecosocial será, precisamente, el objeto del Ensayo Ecosocial de próxima publicación.
Y aceptar, finalmente, algo que la modernidad productivista intentó olvidar durante dos siglos: la humanidad nunca estuvo fuera de la naturaleza. Sólo dispuso, durante un breve intervalo fósil, de suficiente energía para actuar como si lo estuviera.
