Más allá del crecimiento: economía, entropía y poder en el siglo XXI
…la economía es una ciencia que se ocupa de la especie humana
que vive en sociedad dentro de un ambiente finito, o no es nada.
Nicholas Georgescu-Roegen
Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
La reciente presentación del libro: De Smith a Keynes por parte de Axel Kicillof reactualiza una tradición central del pensamiento económico heterodoxo: la defensa del Estado, la producción, el empleo y la regulación pública frente al neoliberalismo financiero y el dogma del mercado autorregulado. El itinerario intelectual que propone —desde Adam Smith hasta John Maynard Keynes— vuelve a colocar en el centro debates que durante décadas fueron desplazados por la hegemonía monetarista.
Señalar la importancia de esa operación política e intelectual no impide, sin embargo, advertir sus límites. Porque el contexto histórico actual obliga a extender esa discusión hacia un problema que la economía clásica y moderna nunca incorporaron plenamente: los límites biofísicos del crecimiento. Y, más aún, hacia una pregunta que el propio keynesianismo —incluso en sus versiones más heterodoxas— tiende a esquivar: ¿es posible sostener justicia social, empleo y cohesión democrática sin depender de la expansión material como única mediación?
El eslabón ausente
El recorrido que va de Smith a Keynes reconstruye una genealogía indispensable para discutir la distribución, la estabilidad macroeconómica y el papel del Estado. Pero se detiene justo donde empieza el problema más acuciante del siglo XXI.
Cambio climático, pérdida de biodiversidad, agotamiento de recursos, erosión de suelos y crisis hídrica ya no pueden considerarse «externalidades». Constituyen restricciones estructurales que condicionan cualquier proyecto económico, sea neoliberal, desarrollista o keynesiano. Sin embargo, esta dimensión no aparece en el canon que el libro reivindica.
El recorrido intelectual que propone Kicillof resulta hoy incompleto y parcialmente anacrónico no porque Smith, Marx o Keynes hayan perdido relevancia, sino porque el mundo histórico para el que pensaron ya no existe. Desde la economía clásica hasta el keynesianismo, el problema ecológico nunca apareció como límite estructural de la reproducción económica. La naturaleza era concebida, en el mejor de los casos, como telón de fondo pasivo del proceso productivo.
Pero entre las décadas de 1960 y 1970 emerge una ruptura histórica y epistemológica que altera las bases mismas del pensamiento económico moderno. La publicación de The Limits to Growth, la crisis energética, el nacimiento de la economía ecológica y la irrupción de Nicholas Georgescu-Roegen introducen un problema ausente en toda la tradición anterior: la imposibilidad física del crecimiento material ilimitado en un planeta finito.
Allí se produce un cambio de paradigma que gran parte de la economía —incluyendo buena parte de sus variantes heterodoxas— todavía no terminó de incorporar plenamente. Ya no alcanza con discutir distribución, demanda agregada o regulación estatal sin considerar simultáneamente energía, entropía, agotamiento de recursos, biodiversidad y límites biofísicos.
Por eso el problema del recorrido “de Smith a Keynes” no es solamente lo que incluye, sino también lo que deja afuera: toda la transformación intelectual que surge cuando la crisis ecológica deja de ser un fenómeno periférico para convertirse en el condicionante central de la economía contemporánea.
Allí emerge una figura todavía marginal en el debate económico argentino: Nicholas Georgescu-Roegen. Considerado el padre de la bioeconomía y uno de los pioneros del decrecimiento, produjo una de las críticas más profundas a la economía convencional. Formado bajo la influencia de Joseph Schumpeter y atravesado por las ideas de Alfred J. Lotka y Vladimir Vernadsky, planteó una ruptura decisiva: la economía no puede seguir pensándose como un sistema abstracto de intercambios monetarios separado de la biosfera.
Toda economía es un subsistema ecológico.
Mientras gran parte de la teoría económica moderna concentró su atención en precios, mercados, incentivos y variables monetarias, la bioeconomía volvió a colocar en el centro algo mucho más elemental: toda economía depende finalmente de flujos materiales y energéticos extraídos de la naturaleza.
Ese desplazamiento altera buena parte de las categorías tradicionales. La producción deja de ser únicamente generación de valor y pasa a comprenderse también como transformación material y energética. La actividad económica requiere flujos constantes de energía y recursos provenientes de la naturaleza y genera inevitablemente residuos, contaminación y degradación ecológica.
En The Entropy Law and the Economic Process, Georgescu-Roegen incorporó la segunda ley de la termodinámica al análisis económico, mostrando que los procesos productivos no son reversibles y que el crecimiento material indefinido es incompatible con un planeta finito. La economía convencional tiende a tratar los recursos naturales como si fueran infinitos o perfectamente sustituibles. Pero la biosfera no funciona según esa lógica: el capital manufacturado y el capital natural no son plenamente intercambiables, son en gran medida complementarios. Y como el propio Georgescu-Roegen advirtió, incluso los materiales reciclables requieren energía para ser recuperados —energía que está sujeta a una degradación irreversible.
Este punto merece una precisión que las lecturas más optimistas de la economía circular suelen omitir. La narrativa del reciclaje como solución sistémica tiende a oscurecer esa restricción termodinámica de fondo: reciclar es necesario, pero no resuelve la ecuación entrópica, sólo la aplaza. A esto se suma la paradoja de Jevons: históricamente, los aumentos en eficiencia energética han resultado en mayor consumo total, no menor. La eficiencia tecnológica, sin cambios en la lógica expansiva del sistema, redistribuye y amplía el throughput material en lugar de reducirlo.
Buena parte del debate económico contemporáneo continúa atrapado en discusiones heredadas del siglo XX. Así quedó expuesto en el contrapunto entre Axel Kicillof y Diego Giacomini durante la Feria del Libro. Keynesianos y austríacos discuten apasionadamente sobre el Estado, el mercado, la emisión monetaria, el déficit, la macroeconomía o la planificación. Unos defienden la intervención estatal; otros proponen abolirla junto con el propio Estado. Pero detrás de antagonismos aparentemente irreconciliables persiste una premisa compartida mucho menos discutida: la idea de que los límites biofísicos del planeta no constituyen una restricción estructural para la expansión económica. Allí reaparece un consenso silencioso alrededor del paradigma crecimientista.
¿Puede Keynes volverse verde?
Reconocer lo anterior no implica descartar a Keynes. Por el contrario, uno de los desafíos más fértiles del pensamiento económico contemporáneo consiste en explorar si las herramientas keynesianas pueden integrarse dentro de un marco biofísico consciente de los límites ecológicos. La cuestión no es Keynes o Georgescu-Roegen, sino cómo reorganizar la economía para garantizar bienestar social, empleo y cohesión democrática sin depender de una expansión material ilimitada.
Extender el recorrido más allá de Keynes tampoco implica desechar completamente la tradición económica anterior. Incluso dentro de autores clásicos pueden encontrarse intuiciones parciales que hoy adquieren nueva relevancia: la preocupación moral de Adam Smith frente a la concentración económica, la crítica marxista a la expansión ilimitada del capital o la subordinación keynesiana de las finanzas a objetivos sociales. El problema no reside tanto en abandonar esa tradición como en reconocer que fue elaborada antes de la irrupción de la crisis ecológica como límite estructural de la economía.
Joan Martínez Alier ha señalado que la crisis económica puso a Keynes de moda, y que parece aconsejable un keynesianismo verde que aumente la inversión pública en conservación de energía, instalaciones fotovoltaicas, transporte público urbano, rehabilitación de viviendas y agricultura orgánica. Pero, a renglón seguido, advierte que esto no debería conducir al error de creer que se puede continuar en la fe del crecimiento económico.
Introducir la dimensión ambiental en el esquema keynesiano no es tarea simple. Se trata de una difícil convergencia entre un pensamiento —el de Keynes— orientado a expandir la demanda agregada, despreocupado por el largo plazo y partidario de la intervención macroeconómica estatal; y un pensamiento —el ecológico— configurado a partir de la aceptación de límites naturales, la preocupación por las generaciones futuras y la preferencia por la descentralización.
Cuando Keynes publicó su Teoría general en 1936, las consecuencias del cambio ambiental global no estaban presentes. Hoy emergen como ejemplos paradigmáticos de fallo sistémico. Por eso la pregunta relevante no es si Keynes tenía razón en su época, sino si el keynesianismo puede evolucionar hacia una versión ecológica capaz de enfrentar las crisis gemelas: la económica y la ambiental.
El profesor Jonathan Harris ha propuesto una vía: desglosar los factores de la demanda agregada —consumo, inversión y gasto público— distinguiendo aquellos agregados que deben ser estrictamente limitados de aquellos que pueden crecer sin impactos ambientales negativos. No se trataría de abandonar toda política de estímulo, sino de redirigirla hacia sectores cuyo crecimiento no implique un aumento del throughput material y energético: restauración de ecosistemas, transición energética soberana, transporte público, rehabilitación térmica de viviendas, agroecología, reducción de residuos, economía de cuidados, salud y educación.
Pero sería intelectualmente deshonesto presentar esa convergencia como un camino sin tensiones. El keynesianismo necesita sostener la demanda agregada y el empleo mediante gasto creciente, lo cual sigue operando dentro de una lógica expansiva, aunque cambie el objeto de ese gasto. La pregunta decisiva —que el debate heterodoxo aún no ha respondido con suficiente claridad— es si puede existir una política macroeconómica de pleno empleo y bienestar sin crecimiento del PIB, o incluso en condiciones de contracción sostenida de ciertos sectores. Esa pregunta tiene consecuencias políticas enormes que no pueden eludirse indefinidamente.
La crisis ecológica es una disputa de poder
Extender el canon hasta Georgescu-Roegen implica también incorporar una dimensión que la ecología política latinoamericana viene señalando desde hace décadas: el metabolismo extractivo no es una abstracción civilizatoria sino una relación concreta de poder.
El avance del agronegocio, la megaminería, la explotación hidrocarburífera o la expansión del litio responden a intereses económicos específicos, alianzas estatales, corporaciones transnacionales y estructuras de dependencia internacional. La carga entrópica —los costos de la degradación ambiental— no se distribuye uniformemente. El Sur Global, y Argentina dentro de él, no es sólo una economía dependiente en el sentido clásico: es también el territorio donde se descarga parte de la entropía del metabolismo del Norte. Los países exportadores de recursos primarios no sólo transfieren valor; absorben impactos ecológicos que el precio de mercado no registra.
La crisis ecológica también es una disputa distributiva.
¿Quién se apropia de los beneficios del extractivismo? ¿Quién soporta los costos ambientales? ¿Qué territorios se sacrifican para sostener determinados patrones de consumo? ¿Quién define las prioridades productivas de una sociedad?
Las resistencias territoriales contra la megaminería, las luchas campesinas, indígenas y socioambientales, los conflictos por el agua y por la tierra muestran que el debate ecológico ya no pertenece solamente al ámbito académico. Se ha convertido en un conflicto político central sobre el modo en que las sociedades organizan su relación con la naturaleza. Ignorar esa dimensión —o tratarla como un asunto sectorial, secundario frente a «las grandes variables»— es uno de los déficits más notorios del pensamiento económico heterodoxo mainstream, incluidas sus versiones locales.
La crisis ecológica contemporánea no puede resolverse ni mediante el mercado autorregulado imaginado por el liberalismo extremo ni mediante una reedición del desarrollismo industrial clásico. Ambos modelos permanecen organizados alrededor de la expansión permanente del metabolismo económico. La discusión decisiva del siglo XXI consiste precisamente en cómo construir bienestar social y estabilidad democrática dentro de límites materiales que ya no pueden ignorarse.
El horizonte
Por eso la discusión abierta por Georgescu-Roegen resulta hoy tan importante. No porque ofrezca una fórmula cerrada —él mismo fue explícito en sus dudas sobre las salidas posibles— sino porque obliga a desplazar el eje del debate económico.
El recorrido de Smith a Keynes permite discutir cómo organizar el crecimiento: mercado o Estado, ajuste o redistribución. Pero el siglo XXI exige incorporar otra pregunta, probablemente más decisiva: cómo sostener sociedades justas y democráticas dentro de los límites materiales de la biosfera, sin descargar esa carga sobre los territorios y las comunidades más vulnerables.
Eso implica revisar no sólo las políticas sino las métricas con las que evaluamos el bienestar colectivo. El PIB, como indicador de progreso, oculta más de lo que revela: no distingue entre actividades que generan bienestar y actividades que destruyen ecosistemas para reparar luego los daños causados. Una planificación ecológica exigiría indicadores que midan la reducción del impacto material y energético sobre la biosfera, no sólo la expansión del producto agregado.
La convergencia entre un neokeynesianismo verde y la transición hacia una sociabilidad convivencial está planteada. Queda abierta la discusión sobre si se trata de una vía efectiva hacia un desarrollo verdaderamente sostenible o, por el contrario, de reformas que apenas postergan la inevitable salida del sistema. Pero lo que ya no parece posible es seguir discutiendo la economía del siglo XXI con las herramientas conceptuales del siglo XX, como si los límites del planeta no existieran.
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Porque la discusión decisiva ya no es solamente cómo crecer, ni siquiera cómo crecer de manera más justa. Es cómo habitar un planeta finito sin destruir las condiciones materiales que sostienen la vida.
