Por Carlos Merenson – La (Re) Verde

La creciente probabilidad de un evento El Niño de alta intensidad hacia finales de 2026 —un “Super Niño”— no constituye un dato más dentro del sistema climático. Es la anticipación de un shock global con capacidad de amplificar, en cuestión de meses, vulnerabilidades que se han ido acumulando durante décadas. No se trata de una anomalía meteorológica aislada, sino de un mecanismo de desestabilización que actúa sobre un sistema climático ya sometido a tensión por el calentamiento global antropogénico.

Sus implicancias son conocidas, aunque su intensidad no deja de crecer: aumento de la temperatura media, mayor frecuencia e intensidad de eventos extremos, alteraciones en los regímenes de precipitación y proliferación de desastres hidrometeorológicos. Sequías prolongadas en ciertas regiones conviven con lluvias torrenciales en otras, sometiendo a una presión creciente a los sistemas productivos, las infraestructuras y las formas de organización social. En este marco, el “Super Niño” no inaugura una lógica nueva: acelera y amplifica las ya existentes.

En América del Sur, y particularmente en Argentina, estos procesos adquieren una expresión específica. Históricamente, los eventos El Niño se asocian con un incremento de las precipitaciones en amplias zonas del centro y noreste del país. Sin embargo, en el contexto actual —marcado por la degradación de cuencas, el avance de la frontera agropecuaria, la destrucción de humedales y la expansión urbana sobre territorios inundables— ese aumento de lluvias deja de ser un recurso para convertirse en una amenaza.

Las inundaciones recurrentes en el litoral, la transformación del Delta del Paraná, los desmontes en cuencas altas y la creciente impermeabilización del suelo muestran hasta qué punto se ha erosionado la capacidad de regulación ecosistémica. Ya no se trata simplemente de “más agua”: se trata de una mayor exposición a inundaciones, saturación de suelos, colapso de infraestructuras y desplazamiento de poblaciones. Lo que antes podía gestionarse como variabilidad climática se traduce hoy en crisis.

El problema, por lo tanto, trasciende lo estrictamente climático para inscribirse en una trama ecológica, territorial y política más amplia. La canalización de cursos de agua, la simplificación de los sistemas productivos y la subordinación del ordenamiento territorial a la rentabilidad de corto plazo han debilitado las capacidades del territorio para absorber y amortiguar eventos extremos. No es solo el clima lo que ha cambiado: también se han transformado las condiciones materiales e institucionales que hacían posible cierta estabilidad frente a él.

Es aquí donde la dimensión estatal se vuelve decisiva. Hacer frente a un evento de estas características exige capacidades públicas sólidas, planificación territorial, sistemas de alerta temprana, monitoreo climático e inversiones sostenidas en infraestructura adaptativa. Supone intervenir sobre las condiciones estructurales que producen vulnerabilidad, y no simplemente reaccionar una vez consumado el desastre.

Sin embargo, la situación se vuelve más crítica cuando, frente a esta complejidad, la respuesta predominante consiste en reducir el papel del Estado y delegar crecientemente la gestión en la lógica mercantil. El problema no es únicamente “el mercado” en abstracto, sino un modelo de desregulación y retracción estatal que fragmenta la capacidad de respuesta colectiva. La lógica empresarial, orientada estructuralmente al corto plazo y a la maximización de la rentabilidad, carece de incentivos para planificar a escala de cuenca, preservar funciones ecosistémicas o sostener inversiones preventivas cuyos beneficios son sociales y de largo plazo.

A ello se suma el debilitamiento de organismos estratégicos vinculados al monitoreo y prevención climática. El desmantelamiento presupuestario y operativo de áreas científicas y técnicas, incluido el Servicio Meteorológico Nacional, reduce la capacidad estatal para producir información crítica, anticipar escenarios y coordinar respuestas frente a eventos extremos. En un contexto de creciente inestabilidad climática, erosionar estas capacidades no constituye un ajuste administrativo menor: implica aumentar deliberadamente la exposición social al riesgo.

El problema se agrava aún más cuando esta orientación económica converge con el negacionismo climático promovido desde el propio poder político. Las declaraciones de Javier Milei negando el cambio climático antropogénico no representan simplemente una opinión ideológica: contribuyen a deslegitimar la necesidad de políticas de adaptación, debilitan la percepción social del riesgo y favorecen la postergación de decisiones estratégicas. Cuando la crisis ecológica es presentada como exageración o manipulación, las capacidades colectivas para anticiparla y enfrentarla también se deterioran.

De este modo, el riesgo no reside únicamente en la eventual ocurrencia de un “Super Niño”, sino en la convergencia entre un evento climático potencialmente extremo y un modelo político que desarticula las herramientas necesarias para responder a él. No solo se enfrenta un clima más inestable: se lo hace con territorios más degradados, instituciones más débiles y discursos oficiales que erosionan la legitimidad misma de la acción climática.

Lo que estos episodios enseñan, una y otra vez, es que los límites no son únicamente biofísicos: son también políticos e institucionales. Cuando el clima se vuelve más extremo, las respuestas no pueden volverse más frágiles. Confiar exclusivamente en mecanismos de mercado frente a procesos de esta escala no es solo insuficiente: es una forma de profundizar las vulnerabilidades que convierten los eventos climáticos en catástrofes sociales.

Porque las lluvias extraordinarias no producen por sí solas ciudades inundadas, poblaciones desplazadas o infraestructuras colapsadas. Esas consecuencias emergen de decisiones previas: degradar humedales, deforestar, urbanizar zonas de riesgo, debilitar organismos públicos y subordinar la planificación territorial a la lógica de rentabilidad inmediata. El “Super Niño” puede actuar como detonante. Pero las condiciones del desastre se construyen mucho antes de que llegue la tormenta.