Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
El Estrecho de Ormuz concentra, en un pasaje de apenas 33 kilómetros en su punto más angosto, una porción decisiva del metabolismo material de la economía global. Por allí -antes del inicio del actual bloqueo- circulaba cerca el 40% del petróleo disponible para exportación; en términos efectivos, cualquier interrupción implica una contracción inmediata de magnitud comparable en el mercado internacional. A esto se suma el tránsito de alrededor del 30% del gas natural licuado —cerca del 15% del gas disponible para la venta—, junto con flujos críticos de insumos industriales: el 30% de los fertilizantes nitrogenados, el 30% del azufre utilizado en procesos metalúrgicos y en la producción de fosfatos, el 30% del helio asociado al gas natural —clave para la fabricación de microchips— y una proporción similar de aluminio y sus derivados. No se trata solo de volúmenes, sino de calidad energética: el crudo de esta región es particularmente apto para la producción de destilados medios, como diésel y queroseno, combustibles esenciales para el transporte terrestre y aéreo. Ormuz no es, por lo tanto, un simple paso marítimo: es un nodo crítico cuya perturbación impacta simultáneamente sobre energía, alimentos, industria y tecnología a escala planetaria.
El estrecho de Ormuz es la expresión concentrada de una regla estructural del sistema-mundo productivista: la búsqueda de seguridad energética mediante el control de los flujos no reduce la inestabilidad del sistema, sino que la amplifica.
Dicho de otro modo: el intento de asegurar el acceso a la energía termina produciendo condiciones que lo vuelven más frágil, costoso y, en algunos casos, directamente inaccesible.
Esta es la tesis central: el sistema-mundo productivista no enfrenta simplemente límites externos de recursos, sino límites internos de estabilidad de su propia arquitectura de circulación energética. Esta paradoja no es una falla técnica remediable, sino una característica constitutiva de nuestra civilización industrial.
La paradoja central: asegurar el acceso destruye el acceso
Existe una paradoja estructural que atraviesa el sistema-mundo productivista en su fase de madurez: para sostener su base energética se intensifica la competencia geopolítica por los flujos de petróleo, pero esa misma dinámica vuelve esos flujos más frágiles, costosos e inestables.
En un sistema organizado alrededor del crecimiento material permanente, la energía no es solo un insumo: es la condición de posibilidad de todo lo demás. Sin la continuidad de estos flujos, la complejidad sistémica se desmorona, pues el metabolismo industrial depende de procesos entrópicos que requieren suministro ininterrumpido para evitar la degradación irreversible. Por eso, cuando emergen tensiones sobre su disponibilidad, la respuesta del sistema es inevitablemente geopolítica, militar y estratégica.
Sin embargo, esa respuesta opera dentro de una contradicción estructural: el recurso que se intenta asegurar circula a través de infraestructuras altamente concentradas, vulnerables y globalmente interdependientes.
El resultado es un bucle de retroalimentación negativa: la disputa por la seguridad energética produce inseguridad energética. El conflicto no es una anomalía del sistema. Es una consecuencia de su lógica interna.
Ormuz como expresión concentrada de la contradicción global
El estrecho de Ormuz no es un punto aislado de tensión internacional, sino una condensación material de esta paradoja estructural. En términos termodinámicos, opera como una válvula de control de una estructura disipativa global.
Por allí circula una porción decisiva del petróleo y del gas natural licuado del mundo, junto con fertilizantes, insumos industriales y materiales estratégicos. Es un nodo crítico del metabolismo fósil global.
El nombre “Ormuz” se remonta a las formas en persa medio Hormoz u Ohrmazd, derivadas de Ahura Mazda, deidad suprema del zoroastrismo. Por esta vía histórica, Ormuz remite a una antigua cosmología del conflicto: Ahura Mazda, principio del bien, enfrentado a Ahrimán, fuerza de la oscuridad. Pero lo decisivo en esa doctrina no era la mera oposición entre ambos polos, sino su mezcla: de esa tensión emergía el mundo, como una combinación inseparable de orden y degradación.
La analogía no es meramente cultural. El sistema energético contemporáneo —expansivo, interdependiente y termodinámicamente exigente— produce simultáneamente las condiciones de su funcionamiento y de su inestabilidad. La promesa de orden, crecimiento y seguridad se sostiene sobre dinámicas de conflicto, disipación y fragilidad que no son externas al sistema, sino constitutivas. Como en la antigua doctrina que dio nombre a Ormuz, no hay luz sin tinieblas. Pero, a diferencia de aquella, aquí no hay promesa de resolución del conflicto: solo su intensificación a medida que los flujos se estrechan y los límites se hacen visibles.
Ormuz no es importante en sí mismo: es importante porque el sistema lo convirtió en indispensable. No señala una disfunción corregible, sino un límite estructural: la imposibilidad de sostener la expansión energética sin profundizar, al mismo tiempo, las condiciones de su propia inestabilidad.
Un sistema eficiente que produce vulnerabilidad
En sistemas materiales complejos, la eficiencia no es neutral: tiene consecuencias estructurales. La eliminación de redundancias puede mejorar el rendimiento en condiciones normales, pero reduce la capacidad de respuesta frente a perturbaciones.
La economía mundial ha sido organizada bajo el imperativo de la eficiencia técnica que, como advirtió Ivan Illich, termina siendo contraproductiva: genera una dependencia tal que la herramienta acaba esclavizando al usuario. El proceso sigue una secuencia reconocible: optimización de rutas hacia nodos ultra-eficientes, eliminación de reservas con el modelo Just-in-Time, centralización de flujos y, finalmente, pérdida de resiliencia.
La siguiente tabla ilustra la brecha estructural entre ambas lógicas:
| Dimensión | Lógica de eficiencia | Lógica de resiliencia |
| Objetivo principal | Maximizar rentabilidad reduciendo costos operativos | Asegurar continuidad sistémica ante perturbaciones |
| Redundancia | Eliminada sistemáticamente como «desperdicio» | Valorada como colchón estratégico esencial |
| Arquitectura de flujos | Centralizada en pocos nodos de alta capacidad (Ormuz) | Distribuida en rutas, escalas y fuentes locales múltiples |
| Dinámica metabólica | Rígida, optimizada para condiciones estables | Flexible, diseñada para absorber crisis |
El sistema optimizó sus rutas, eliminó sus reservas estratégicas y centralizó sus flujos en busca de mayor rentabilidad. Lo que ganó en eficiencia lo perdió en resiliencia. Ormuz expresa ese principio de forma extrema: un estrecho relativamente acotado puede condicionar el funcionamiento de una economía planetaria entera.
La interdependencia global no ha producido resiliencia, sino fragilidad concentrada.
Asimetría estructural: concentración de beneficios, socialización de costos
La arquitectura energética global no distribuye de manera homogénea ni sus beneficios ni sus costos.
La concentración de flujos en nodos críticos como Ormuz permite capturar rentas extraordinarias a un conjunto reducido de actores: grandes corporaciones energéticas, sistemas financieros asociados y Estados con capacidad de control territorial y militar sobre infraestructuras estratégicas.
Esa concentración de poder económico y geopolítico no es un efecto colateral, sino una condición de funcionamiento del sistema. La centralización de los flujos facilita su gobernanza, pero al mismo tiempo amplifica las asimetrías.
En contraste, los costos de esa misma arquitectura —inestabilidad de precios, interrupciones de suministro, degradación ambiental y exposición a conflictos— se distribuyen de forma difusa sobre el conjunto del sistema social, afectando de manera desproporcionada a las economías dependientes de importaciones energéticas y a las poblaciones con menor capacidad de absorción de shocks.
Se configura así una dinámica estructural: la seguridad energética de unos pocos se sostiene sobre la inseguridad energética de muchos. La eficiencia que concentra beneficios también concentra poder, pero dispersa los riesgos.
En este marco, Ormuz no solo condensa una vulnerabilidad técnica del sistema, sino también una desigualdad política: quienes más dependen de la estabilidad de esos flujos son, al mismo tiempo, quienes menos capacidad tienen para controlarlos.
El petróleo como sistema metabólico acoplado
El petróleo no es una mercancía aislada dentro de un mercado global. Es el soporte energético de un sistema acoplado que integra agricultura industrial, transporte global, industria pesada y tecnología avanzada. Fertilizantes, acero, aluminio, microchips y logística global no son sectores independientes: son expresiones de un mismo flujo energético.
El metabolismo industrial no es modular. No es posible interrumpir una parte sin que los efectos se propaguen a todo el conjunto. Por eso, las interrupciones no se comportan como ajustes graduales, sino como fenómenos en cascada:
| Sector del metabolismo fósil | Dependencia crítica | Impacto ante interrupción |
| Agricultura industrial | Gasoil para maquinaria y fertilizantes nitrogenados | Escasez de alimentos y aumento exponencial de precios |
| Logística global | Gasoil pesado para transporte multimodal | Ruptura del modelo Just-in-Time; desabastecimiento en días |
| Tecnología y redes | Polímeros, microchips y energía para centros de datos | Interrupción de comunicaciones y servicios financieros |
| Infraestructura urbana | Acero, cemento y aluminio (procesos termo-intensivos) | Imposibilidad de mantenimiento de capital fijo |
Esta integración es la que permite que un evento en un estrecho remoto se manifieste de forma inmediata en la mesa de cada habitante del planeta.
Sustitución tecnológica y desfasaje estructural
Una de las respuestas habituales frente a la restricción de combustibles fósiles es la idea de sustitución tecnológica: electrificación de usos finales, biocombustibles o hidrógeno. Sin embargo, estas alternativas no constituyen reemplazos sistémicos del gasoil en el corto y mediano plazo, sino soluciones parciales con límites físicos y estructurales.
La electrificación del transporte pesado requiere flotas nuevas, infraestructura de redes y estabilidad de suministro que no pueden desplegarse en escalas rápidas. Los biocombustibles enfrentan límites de suelo, agua y competencia con la producción alimentaria, además de menor densidad energética. El hidrógeno opera como vector energético con altas pérdidas de conversión y una infraestructura industrial aún inexistente a escala global.
Esto introduce un desfasaje estructural decisivo: la restricción de combustibles puede producirse de forma rápida —por razones geopolíticas, logísticas o por cuellos de botella como Ormuz— mientras que la sustitución tecnológica avanza lentamente, condicionada por la inercia del capital fijo y la complejidad de las cadenas industriales.
El resultado no es simplemente una transición energética, sino un fenómeno de colapso parcial de disponibilidad funcional: no falta energía en términos agregados, sino energía útil en el lugar, forma y momento requeridos.
Del conflicto por recursos a la restricción sistémica
En el sistema-mundo productivista, la competencia por recursos que tienden a la escasez era previsible. Pero lo que su lógica interna no anticipa es que el propio conflicto por asegurar esos recursos puede convertirlos en efectivamente inaccesibles.
Esto introduce un desplazamiento crítico: la escasez deja de ser solo un límite físico y pasa a ser también un producto político del conflicto. La guerra no solo disputa recursos: los reconfigura, los bloquea o los degrada como flujos.
A su vez, una dimensión clave del problema es la irreversibilidad. La infraestructura energética global depende de continuidad técnica y logística.
Cuando esa continuidad se interrumpe, no todo el sistema puede volver a su estado previo.
Incluso en escenarios donde el conflicto se detuviera de forma inmediata, una parte de la capacidad productiva ya se ha perdido de manera irreversible. La destrucción de refinerías, terminales y nodos logísticos, sumada a la propia dinámica de yacimientos maduros que requieren inyección constante para sostener la extracción, implica que la interrupción de los flujos no es neutra: degrada el recurso y reduce su recuperación futura. Restablecer la circulación no solo lleva tiempo, sino que ocurre sobre una base material deteriorada.
Si los flujos se detienen, la infraestructura técnica empieza a degradarse de forma irreversible; el sistema no puede simplemente reiniciarse al estado anterior. No se trata solo de demoras, sino de pérdidas estructurales de capacidad.
Esto diferencia crisis de transición: la crisis supone retorno; la transición implica cambio de régimen.
El bloqueo como tecnología de control de flujos
La restricción de los flujos energéticos no es únicamente el resultado indirecto del conflicto. Es también, cada vez más, un instrumento deliberado de poder. El bloqueo —naval, financiero o logístico— no constituye una anomalía del sistema internacional, sino una de sus tecnologías operativas más persistentes.
Históricamente utilizado como herramienta de coerción, el bloqueo actúa sobre un punto crítico: no la existencia del recurso, sino su circulación. No destruye necesariamente la capacidad productiva, pero interrumpe su acceso, reconfigura rutas y redefine quién puede disponer de la energía y en qué condiciones.
En el escenario de Ormuz, esta lógica adquiere una forma particularmente nítida. A la vulnerabilidad estructural del estrecho se suma la posibilidad de un doble bloqueo: por un lado, su restricción como herramienta estratégica por parte de Irán; por otro, el control efectivo de los flujos marítimos por parte de Estados Unidos y sus aliados.
Lo que emerge no es simplemente un riesgo de interrupción, sino una capacidad estructural de estrangulamiento controlado de los flujos energéticos. El mismo sistema que organiza la circulación global incorpora, como parte de su funcionamiento, la posibilidad de regularla mediante su restricción.
El resultado es una transformación cualitativa del problema energético: la escasez deja de ser únicamente una condición física o geológica, para convertirse en una variable política activamente gestionada.
Del cenit petrolero al cenit funcional
El cenit petrolero clásico pensaba el límite como agotamiento físico del recurso. Sin embargo, la expansión de fuentes no convencionales desplazó ese umbral sin resolver el problema de fondo: al aumentar la complejidad energética del sistema, en realidad incrementó su fragilidad.
Hoy el problema es otro: un cenit funcional del metabolismo fósil, donde la restricción no es la existencia del recurso sino la estabilidad de su circulación. El colapso ocurre por la pérdida de continuidad logística y material, no necesariamente porque se haya extraído la última gota de crudo.
Ormuz no es una anomalía: es la forma visible de un límite estructural más profundo. El sistema no colapsa por falta de energía, sino por incapacidad creciente de sostener la estabilidad de los flujos que lo hacen funcionar.
El cenit funcional no remite únicamente a límites físicos o técnicos, sino a la creciente dificultad de sostener la estabilidad de los flujos en un contexto donde estos pueden ser interrumpidos, redirigidos o bloqueados de manera estratégica. En este sentido, el límite no es sólo energético, sino operativo: la emergencia de formas de estrangulamiento controlado de la circulación convierte la disponibilidad en una variable inestable, dependiente de relaciones de poder más que de existencias materiales.
Límites biofísicos del sistema industrial
Este diagnóstico converge con tres tradiciones críticas que, desde ángulos distintos, llegan a la misma conclusión:
- Georgescu-Roegen: la economía como proceso entrópico irreversible. Cada unidad de energía utilizada aumenta la degradación del sistema total, haciendo que la complejidad sea cada vez más costosa de mantener.
- Illich: la eficiencia técnica puede volverse contraproductiva al generar una dependencia tal que el sistema termina destruyendo su propósito original: la seguridad se convierte en riesgo.
- Meadows: los sistemas complejos no colapsan linealmente, sino mediante oscilaciones y reconfiguraciones abruptas. Cuando se sobrepasan los límites de amortiguación, el colapso es repentino.
En conjunto, muestran que el problema no es coyuntural sino estructural.
Ormuz como síntoma del límite civilizatorio
Ormuz no causa la crisis: la revela. Expone un sistema organizado sobre la concentración extrema de flujos, la eliminación de redundancias y la dependencia de nodos críticos.
Lo que Ormuz pone en evidencia es que los intereses de una minoría que concentra el control sobre los flujos energéticos globales no solo condicionan el bienestar de mayorías que nunca participaron de esas decisiones: también producen, sistemáticamente, las condiciones de su propia inestabilidad. No es una falla del sistema. Es su lógica de funcionamiento.
Conclusión: más allá de Ormuz
No estamos ante una crisis energética aislada, sino ante la evidencia de que la civilización industrial ha construido su estabilidad sobre una arquitectura de vulnerabilidad estructural.
La eficiencia que prometía control ha producido dependencia. Y la dependencia, cuando se vuelve sistémica, deja de ser un problema técnico para convertirse en un límite histórico.
Reconocer esto no es una invitación al catastrofismo. Es una condición para pensar con honestidad. Mientras el diagnóstico predominante siga siendo técnico —más energía renovable, mejores logísticas, diversificación de rutas—, el debate público continuará operando en un nivel que no toca la raíz del problema. Las soluciones parciales pueden comprar tiempo; no pueden resolver contradicciones estructurales.
La transición que necesitamos no es solo energética: es metabólica. Implica rehabilitar tres conceptos que el productivismo descartó como ineficiencias:
- Escala: redimensionar los sistemas hacia tamaños manejables, que permitan responder ante perturbaciones sin colapsar.
- Distribución: democratizar el acceso y la producción energética, eliminando la dependencia de nodos centralizados como Ormuz.
- Redundancia: entender que la existencia de reservas y rutas alternativas es una inversión en supervivencia, no un gasto de capital.
La cuestión central ya no es la existencia del recurso, sino la capacidad del sistema para sostener su propia complejidad bajo condiciones de creciente fragilidad estructural. La verdadera seguridad no vendrá de una vigilancia militar más estricta sobre el estrecho, sino de construir una civilización menos dependiente de flujos incontrolables.
La cuestión central ya no es solo la existencia del recurso, sino la capacidad del sistema para sostener la continuidad de los flujos que lo hacen funcionar en un contexto donde su interrupción forma parte de su propia lógica.
Ormuz no es el problema. Ormuz es el espejo.
