Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
En los últimos años, el pensamiento de Ha-Joon Chang —uno de los principales referentes de la economía heterodoxa y del desarrollo a nivel mundial— volvió a ganar centralidad en el debate económico local. Sus críticas al libre mercado, su reivindicación de la política industrial y su desmontaje histórico del mito liberal lo convierten en una referencia atractiva para quienes buscan una alternativa al dogma dominante.
Chang alcanzó amplia difusión a partir de Patear la escalera, donde sostiene que los países hoy desarrollados crecieron al amparo de políticas proteccionistas que luego desaconsejan a otros. En los últimos meses, además, su figura volvió a circular con fuerza en medios argentinos a partir de sus cuestionamientos a las estrategias de liberalización extrema. No sorprende que economistas de distintos espacios, entre ellos Martín Lousteau, encuentren en sus planteos una vía intermedia: ni mercado absoluto ni estatismo cerrado, sino un Estado activo que promueve el desarrollo.
Sin embargo, es precisamente en esa zona de aparente equilibrio donde se juega una ambigüedad decisiva.
Chang desarma con eficacia la narrativa neoliberal: muestra que los países hoy desarrollados no siguieron las reglas que predican, que protegieron sus industrias, que intervinieron activamente en sus economías. Ese gesto es clave, porque reabre el campo de la política y cuestiona la naturalización del mercado. Pero lo que queda intacto es el supuesto más profundo: que el desarrollo es, en esencia, un proceso de expansión productiva sostenida.
Ahora bien, incluso en su versión más sofisticada, el enfoque de Chang deja abierta una omisión difícil de eludir. La cuestión ambiental aparece en su obra como un problema relevante, pero no como una restricción estructural. No hay allí una problematización sistemática de los límites ecológicos ni de la escala material del crecimiento. En otras palabras, la economía sigue pensándose como un proceso expansivo que puede ser mejor orientado, pero no necesariamente acotado. Desde una perspectiva ecosocial, este punto resulta decisivo: sin integrar los condicionantes biofísicos —la finitud de los recursos, la degradación energética, los umbrales de estabilidad de los sistemas vivos— cualquier estrategia de desarrollo, por más virtuosa que sea en términos institucionales, corre el riesgo de reproducir la misma lógica que está en la base de la crisis.
Ahí es donde el entusiasmo de economistas como Lousteau revela su límite. La fascinación por una “buena política industrial” —más sofisticada, más inteligente, mejor diseñada— corre el riesgo de pasar por alto la pregunta que hoy resulta ineludible: ¿desarrollar qué, cuánto y a costa de qué?
El problema ya no es solo cómo crecer, sino si ese crecimiento es materialmente viable.
La economía que Ha-Joon Chang busca corregir sigue siendo una economía que no se piensa a sí misma como subsistema de un sistema mayor. En términos de Nicholas Georgescu-Roegen, continúa operando como si los flujos económicos pudieran expandirse sin considerar la entropía, la degradación energética y los límites biofísicos. Y es justamente esa ceguera la que hoy vuelve insuficiente cualquier programa que se limite a reindustrializar sin redefinir la escala.
En este punto, la advertencia del propio Georgescu-Roegen adquiere un peso insoslayable: la economía es una ciencia que se ocupa de la especie humana que vive en sociedad dentro de un ambiente finito, o no es nada. La contundencia de esta afirmación no es retórica, sino epistemológica. Obliga a desplazar el centro del análisis desde la expansión abstracta hacia las condiciones materiales que la hacen posible, introduciendo la finitud, la irreversibilidad y los límites como coordenadas ineludibles de cualquier programa económico.
En este punto, el desarrollismo renovado corre el riesgo de convertirse en una ilusión funcional: ofrece una salida política al neoliberalismo, pero sin alterar el patrón metabólico que está en la base de la crisis. Cambia los instrumentos, pero no el horizonte.
Para países como Argentina, esta tensión es particularmente aguda. La restricción externa, la necesidad de divisas y la presión por “agregar valor” empujan hacia estrategias de intensificación productiva que, muchas veces, profundizan la dependencia de territorios y ecosistemas. El resultado es conocido: enclaves que generan dólares pero erosionan las condiciones que sostienen la vida.
Desde una perspectiva ecosocial, el desafío no es simplemente recuperar la política industrial, sino redefinir su finalidad. No se trata de producir más, sino de producir de otro modo y, en muchos casos, producir menos. No se trata de escalar indefinidamente, sino de ajustar la economía a los límites que impone la biosfera.
Esto implica un desplazamiento que el propio Chang no termina de realizar, y que el entusiasmo de sus lectores locales suele omitir: pasar de una economía del desarrollo a una economía de la suficiencia, de la reproducción y del equilibrio.
Autores como Herman Daly o Joan Martínez Alier vienen señalando desde hace décadas que la cuestión central ya no es cómo acelerar el crecimiento, sino cómo habitar los límites sin colapsar socialmente. Esa pregunta redefine por completo el sentido de la política económica.
En ese marco, el aporte de Chang conserva valor, pero cambia de lugar. Ya no como horizonte, sino como herramienta. Su crítica al neoliberalismo puede servir para desmontar restricciones ideológicas y recuperar capacidad de acción estatal. Pero si no se la inscribe en una transición ecológica más amplia, corre el riesgo de alimentar una nueva versión del mismo problema: un desarrollismo ampliado, más sofisticado, pero igualmente insostenible.
El punto ciego no está en los instrumentos. Está en la escala.
Y es ahí donde el encanto del desarrollo empieza a mostrar su límite.
