Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
Docta ignorantia: Da la impresión de que en nuestras sociedades aumentan desmedidamente los tres rasgos degenerativos siguientes: la renuncia a saber (a menudo bajo la forma de eso que los psicoanalistas y psiquiatras llaman denegación); la negativa a asumir las consecuencias de los propios actos (irresponsabilidad); y las ilusiones de omnipotencia (a menudo bajo la forma de tecnolatría). Jorge Riechmann. Hemos de aprender a vivir de otra manera. ISTAS (2008)
Aquel célebre «Yo acuso» con el que Émile Zola, en 1898, denunció el caso Dreyfus se transformó en la fórmula tradicional de la denuncia pública, de señalar responsabilidades cuando los poderes establecidos prefieren diluirlas. Es por ello por lo que la hago mía en la acusación que sigue, una acusación que pertenece a nuestro tiempo. No acuso a una persona ni a un gobierno por un hecho puntual: acuso a una forma de relación con la realidad que convierte el conocimiento en indiferencia, la duda en coartada y la demora en política. Yo acuso al negacionismo porque mata.
Hay momentos en que una sociedad ya no puede alegar que desconocía lo que ocurría. Los documentos, las mediciones y las advertencias estuvieron ahí durante años. Y sin embargo, una parte de esa sociedad optó por mirar hacia otro lado o construir un relato capaz de convertir la evidencia en cuestión de opinión. Ahí nace el negacionismo. No consiste solamente en decir que algo no ocurrió: su forma más eficaz es reconocer el hecho y sostener que nada sustancial debe cambiar. Por eso el problema no es epistemológico sino político. Reside en la relación entre conocimiento y responsabilidad.
No siempre mata de manera inmediata. Convierte una advertencia científica en una opinión más, transforma un límite biofísico en una cuestión ideológica, presenta como inevitable lo que todavía podía evitarse. Permite seguir haciendo aquello que la realidad ya advirtió que debíamos dejar de hacer, y esa postergación tiene víctimas concretas —aunque casi nunca sean quienes tomaron la decisión.
Cuatro formas de un mismo mecanismo
El negacionismo histórico es su forma más visible: la última dictadura argentina documentó hasta el detalle el terrorismo de Estado, y aun así la disputa por su significado sigue abierta. Negar el pasado no devuelve la vida a las víctimas; modifica las condiciones culturales que permiten reconocer ciertas prácticas como inadmisibles.
El negacionismo científico se apropia del lenguaje de la incertidumbre: como la ciencia revisa hipótesis, construye la falsa equivalencia de que cualquier posición sería igualmente válida. Pero no hace falta conocer la trayectoria exacta de una tormenta para saber que el calentamiento global altera los riesgos climáticos. La incertidumbre es parte del conocimiento, no su ausencia; el problema aparece cuando se transforma deliberadamente en argumento para la inacción.
Hay también un negacionismo económico que trata la realidad como anomalía cuando contradice el modelo: la desigualdad se atribuye a imperfecciones transitorias, las externalidades ambientales se registran como costos secundarios. En la Argentina de Milei esta lógica se volvió doctrina de gobierno, con un ejemplo que la resume mejor que cualquier análisis. En el cierre del Congreso Económico Argentino, en agosto de 2023, Milei sostuvo que una empresa «puede contaminar el río todo lo que quiera» porque el verdadero problema es la falta de derechos de propiedad sobre el agua. La frase condensa una lógica precisa: el río deja de ser ecosistema y pasa a ser oportunidad económica futura; la contaminación deja de ser daño y se convierte en etapa previa a la mercantilización.
Y está el negacionismo ambiental propiamente dicho, que niega realidades observables mientras no se reflejen en el PBI o en los balances. La naturaleza no es una externalidad de la economía: es su condición de posibilidad. Es esa condición la que queda afuera cuando se blindan contractualmente formas de explotación, como ocurre con el RIGI o con las modificaciones regresivas a la Ley de Glaciares, mientras el extractivismo minero, energético y agroindustrial sigue expandiéndose sobre territorios que se tratan como simples costos de transacción.
De la negación a la demora
El cambio climático llevó el negacionismo a escala planetaria, con etapas reconocibles: primero se negó el calentamiento, después la responsabilidad humana, luego se relativizó su magnitud. Cuando la evidencia volvió insostenibles esas posiciones, apareció una variante más sofisticada: aceptar el diagnóstico y negar sus implicancias políticas. La literatura especializada le dio un nombre preciso: from denial to delay, de la negación al retraso. El negacionista contemporáneo ya no necesita decir «no existe»: puede decir «sí, existe, pero…», y ese «pero» se convierte en una maquinaria de demora.
Esta es probablemente la forma más peligrosa, porque no requiere ignorancia sino, paradójicamente, conocimiento. El American Petroleum Institute sabía desde los años cincuenta que las emisiones de CO₂ tendrían efectos climáticos; Exxon desarrolló, en los setenta y ochenta, modelos que coincidían con lo que la ciencia formularía después, mientras desestimaba públicamente lo que sus propios investigadores habían concluido. Slavoj Žižek describe este mecanismo retomando una fórmula de Octave Mannoni: je sais bien, mais quand même, «lo sé perfectamente, pero aun así». No hay ignorancia: hay una desmentida mediante la cual el sujeto reconoce el hecho y organiza su conducta como si ese saber no existiera.
Tres rostros de una misma negación
Si la acusación pretende ser rigurosa, no puede detenerse solo en quienes vociferan contra la evidencia. En el escenario argentino, la denegación de los límites biofísicos no es patrimonio de una facción: atraviesa distintas tradiciones políticas y adopta en cada una un rostro diferente, mientras contribuye a un mismo resultado, la continuidad del metabolismo productivista.
El Negacionismo Dogmático se apoya en la sacralización del mercado: el calentamiento global es tachado de conspiración, la regulación ambiental aparece como enemiga de la libertad y la naturaleza queda reducida a un activo mercantilizable. La destrucción ambiental deja de ser daño social para volverse oportunidad de negocio. Esta lógica encuentra su expresión más nítida en el espacio que nuclea al PRO y a las fuerzas libertarias, aunque no se agota ahí.
El Negacionismo Pragmático no niega discursivamente la crisis: la reconoce y subordina sus consecuencias a otras urgencias. Incorpora la retórica de la justicia ambiental y suscribe acuerdos internacionales, pero en la praxis de gobierno impone el «lo sabemos perfectamente, pero aun así». La urgencia de la caja, el pago de la deuda o la promesa de un desarrollo redistributivo terminan justificando la profundización de zonas de sacrificio: Vaca Muerta, la megaminería y la primarización agroindustrial se presentan como necesidades inevitables y no como decisiones discutibles. Es particularmente visible en experiencias del peronismo y el campo nacional-popular, sin ser privativo de ese espacio.
El Negacionismo Prometeico queda atrapado en la disputa por la propiedad. Su mérito es denunciar el saqueo corporativo, pero su marco teórico suele reducirse a quién se apropia de la renta, el Estado o las corporaciones, sin cuestionar las fuerzas productivas ni la imposibilidad física de sostener indefinidamente el crecimiento industrial. La estatización puede terminar reproduciendo la misma fe desarrollista bajo otra forma. Se reconoce en sectores de la izquierda tradicional, aunque sus límites no son compartidos por todas las corrientes críticas.
Tres lógicas distintas —la teodicea del mercado, el desarrollismo redistributivo y el productivismo de Estado— que convergen en un mismo resultado: postergar la transición y tratar la realidad biofísica como una variable negociable según la coyuntura. Esa convergencia es uno de los principales obstáculos para una verdadera transformación ecosocial.
Cuando la demora se convierte en muerte
Nepal ofrece hoy una imagen brutal de lo que el negacionismo climático pretende mantener fuera de campo. El 26 de agosto de 2026, el colapso de una masa de roca y hielo en el Himalaya desató una inundación súbita que dejó, hacia comienzos de septiembre, más de 1.300 muertos y miles de desaparecidos. Decir que el cambio climático no «causó» por sí solo el desastre no es una concesión al negacionismo: es la misma distinción que este ensayo viene sosteniendo entre incertidumbre y negación. La ciencia de la atribución no funciona por causas únicas sino por el aumento de probabilidades y la acumulación de riesgos, y la evidencia muestra que el calentamiento del Himalaya está modificando la estabilidad de glaciares y laderas. La tragedia contiene además una de las paradojas más obscenas de la crisis climática: Nepal aporta menos del 0,1% de las emisiones globales y soporta una parte desproporcionada de sus consecuencias.
Ahí el negacionismo deja de ser una disputa semántica. Lo que en el debate público se llama «postergar la transición» aparece bajo su forma real: no una opción política entre otras, sino una decisión que produce muertos. El negacionismo no necesita empuñar un arma para matar. Le basta con contribuir a que una sociedad llegue tarde frente a un peligro que conocía.
El banquillo de los acusados
¿Quién debería sentarse ahí? No únicamente quienes niegan los hechos de manera explícita, también quienes convierten la evidencia en cuestión de opinión cuando reconocerla afecta intereses concretos, los modelos económicos que internalizan los beneficios y externalizan los costos, los gobiernos que usan el crecimiento como argumento para no discutir sus límites. Pero la acusación también nos alcanza cada vez que preferimos una verdad confortable a una realidad incómoda, aunque esa dimensión no debería convertirse en una simple falla moral individual: las decisiones personales ocurren dentro de una arquitectura social que muchas veces nos hace dependientes de la misma lógica que destruye el entorno.
Hay, además, víctimas que no pueden declarar. Las generaciones futuras no votan, no reclaman, no participan de las decisiones que determinarán las condiciones materiales de su existencia. Con ellas tenemos, como mínimo, una obligación: no usar nuestra incertidumbre como excusa para destruir sus posibilidades.
El verdadero delito
No se trata de condenar a quien se equivoca: el conocimiento avanzó siempre mediante el error y su revisión. El problema empieza cuando el error se convierte en estrategia de defensa, cuando la duda se usa deliberadamente para evitar decisiones, cuando se reconoce un problema pero se niegan sus consecuencias. Por eso yo acuso al negacionismo histórico cuando relativiza crímenes documentados; al negacionismo científico cuando transforma la incertidumbre en excusa; al negacionismo económico cuando convierte un modelo en dogma; al negacionismo ambiental cuando reduce los ecosistemas a variables económicas; al negacionismo climático cuando acepta el diagnóstico y posterga la transformación.
El verdadero tribunal no es el de una ideología contra otra: es el tribunal de la realidad. Allí no hay abogados capaces de negociar con las leyes de la física, de la termodinámica o de la ecología. Se pueden negar esos límites, discutirlos, legislar en su contra. Lo único que no se puede hacer es derogarlos. Y cuando las consecuencias llegan, las víctimas ya no necesitan demostrar que tenían razón: la realidad se encarga de hacerlo por ellas.
Yo acuso: el negacionismo mata.
