Por Carlos Merenson – La (Re) Verde

En marzo de 2021 escribí en estas páginas un artículo con este mismo título. Por entonces se discutía en el Congreso una nueva Ley de Biocombustibles y mi preocupación estaba puesta en un aspecto que, en medio de la disputa por los porcentajes de corte, parecía condenado a quedar relegado: la vinaza.

Cinco años después, la discusión vuelve a instalarse y también vuelve a ser necesario recordar aquello que entonces parecía olvidarse.

El Senado de la Nación acaba de aprobar, por 41 votos contra 25, un proyecto de reforma de la Ley de Biocombustibles que eleva el corte obligatorio de bioetanol en las naftas al 15% y el de biodiésel en el gasoil al 10%. El proyecto pasó ahora a la Cámara de Diputados, donde deberá continuar su tratamiento.

La discusión vuelve a concentrarse, como entonces, en los porcentajes, en los costos, en los beneficios para las distintas actividades productivas y en la sustitución de combustibles fósiles. Todas son cuestiones relevantes. Pero hay otra pregunta que no debería quedar fuera de la ecuación: ¿qué ocurre con los residuos y efluentes generados por la producción de los biocombustibles cuya utilización se pretende incrementar?

En el caso del bioetanol producido a partir de caña de azúcar, la respuesta tiene un nombre concreto: vinaza.

La vinaza es el principal efluente líquido de la producción de alcohol a partir de la caña de azúcar. Se trata de un residuo con una elevada carga orgánica y características fisicoquímicas que pueden generar importantes impactos ambientales cuando su tratamiento, aprovechamiento o disposición final resultan inadecuados.

En aquel artículo de 2021 señalaba que por cada litro de bioetanol podían generarse aproximadamente 12,5 litros de vinaza. La cifra permite dimensionar algo que suele desaparecer detrás de la aparente sencillez de la palabra «biocombustible».

Hagamos entonces las cuentas.

En 2025 se comercializaron en la Argentina alrededor de 10.038 millones de litros de naftas. Un corte obligatorio del 15% representaría unos 1.506 millones de litros de bioetanol.

Pero aquí resulta fundamental distinguir entre las dos principales materias primas utilizadas en la Argentina. El proyecto aprobado por el Senado establece un corte del 6% para el bioetanol de caña de azúcar y otro 6% para el bioetanol de maíz, mientras que los 3 puntos porcentuales restantes quedan sujetos a competencia entre ambos orígenes.

Por lo tanto, el volumen mínimo de bioetanol de caña que resultaría asegurado por el nuevo esquema sería:

10.038 millones de litros de naftas × 6% = 602,3 millones de litros de bioetanol de caña.

Si aplicamos la relación de 12,5 litros de vinaza por cada litro de bioetanol, esos 602,3 millones de litros significarían aproximadamente: 7.529 millones de litros de vinaza por año.

O, expresado en una unidad que permita apreciar mejor la magnitud, unos 7,5 millones de metros cúbicos de vinaza anuales.

Y esto representa solamente el volumen correspondiente al 6% de bioetanol de caña establecido en el proyecto. Los tres puntos porcentuales restantes quedan sujetos a competencia. Si fueran captados íntegramente por el bioetanol de caña, el corte de origen cañero ascendería al 9% y la generación potencial de vinaza alcanzaría aproximadamente 11.285 millones de litros anuales, unos 11,3 millones de metros cúbicos.

Las cifras adquieren mayor significado cuando se las compara con la producción actual. Durante 2025 se comercializaron internamente alrededor de 555 millones de litros de bioetanol de caña y 626 millones de litros de bioetanol de maíz. El nuevo cupo cañero del 6% supondría, por lo tanto, llevar la producción de bioetanol de caña a un volumen aproximadamente 8,5% superior al registrado durante ese año.

No se trata, por supuesto, de afirmar que todo el bioetanol de caña que se produzca en el futuro generará exactamente 12,5 litros de vinaza por litro de producto. La relación utilizada es la que tomamos como referencia en nuestro artículo de 2021 y deberá ser contrastada con las tecnologías y procesos actualmente empleados. Tampoco corresponde atribuir a la caña los tres puntos porcentuales que el proyecto deja sujetos a competencia.

Pero las magnitudes permiten dimensionar el problema.

Aun tomando solamente el 6% de corte cañero expresamente establecido, estamos hablando de unos 7.500 millones de litros de vinaza potenciales cada año.

La pregunta que formulábamos en 2021, por lo tanto, no ha perdido vigencia: ¿qué ocurrirá con la vinaza si aumenta significativamente la producción de bioetanol a partir de caña de azúcar?

La promoción de los biocombustibles suele presentarse bajo el signo de una sustitución: menos combustibles fósiles, más combustibles de origen biológico. Pero sustituir una fuente de energía por otra no hace desaparecer el metabolismo material que sostiene el proceso productivo.

La caña debe cultivarse, cosecharse y procesarse. El bioetanol debe producirse. Y en ese proceso aparecen efluentes que también forman parte de la ecuación.

No alcanza, por lo tanto, con establecer cuánto bioetanol debe contener cada litro de nafta. También es necesario preguntarse qué cantidad de vinaza generará ese aumento, cómo será tratada, dónde será dispuesta y qué garantías existen de que su manejo no termine trasladando los costos ambientales de la producción hacia los ecosistemas y las poblaciones de los territorios donde se encuentran los ingenios.

La Argentina conoce las consecuencias que puede tener una gestión deficiente de estos efluentes. Los episodios de contaminación vinculados con la disposición de vinaza en la cuenca del río Dulce y el embalse de Río Hondo dieron lugar a conflictos ambientales y actuaciones administrativas y judiciales que demostraron que no estamos frente a un problema meramente teórico.

Esto no significa que la vinaza carezca de posibilidades de aprovechamiento. Por el contrario, existen alternativas tecnológicas para su tratamiento, valorización y utilización bajo condiciones adecuadas. Pero una cosa es reconocer esas posibilidades y otra muy diferente es suponer que la expansión de la producción resolverá por sí misma el problema de los efluentes.

Si el Estado decide ampliar obligatoriamente el mercado del bioetanol, debe ocuparse simultáneamente de las condiciones ambientales bajo las cuales esa expansión podrá producirse.

El incremento del corte al 15% no debería discutirse únicamente como una cuestión de porcentajes de mezcla. También debería discutirse como una decisión que puede modificar la escala de la producción de bioetanol y, consecuentemente, la escala de los efluentes que esa producción genera.

En 2021 advertíamos que la discusión sobre los biocombustibles no podía limitarse a determinar cuánto combustible fósil sería reemplazado. Había que mirar el proceso completo.

Cinco años después, la advertencia sigue siendo pertinente.

Porque la transición energética no consiste simplemente en sustituir una molécula por otra. Supone transformar los procesos materiales que sostienen nuestra forma de producir, transportar y consumir energía, sin trasladar sus costos ambientales hacia otros territorios, otras poblaciones o las generaciones futuras.

Por eso, ante una reforma que pretende llevar el corte obligatorio de bioetanol al 15%, vale la pena volver a formular aquella pregunta que daba título a mi artículo de 2021.

No se olviden de la vinaza.