Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
La economía es una ciencia que se ocupa de la especie humana que vive en sociedad dentro de un ambiente finito, o no es nada. Nicholas Georgescu-Roegen[1]
El sistema-mundo productivista está saturado de información económica. A diario nos bombardean con índices bursátiles, flujos de inversión extranjera, crecimiento del PIB y una increíble cantidad de pronósticos que el tiempo ha desmentido sistemáticamente, todos como si fueran signos vitales de un organismo sano. Pero esta obsesión economicista oculta una realidad física devastadora. Mientras la riqueza se acumula y concentra cada vez en menos manos con cifras difíciles de imaginar, los suelos se agotan, la biodiversidad se desvanece y el clima se desquicia. Hemos construido un sistema que celebra la acumulación de riqueza en cuentas invisibles mientras ignora el vaciamiento sistemático de nuestra única cuenta real: la biosfera.
Esta desconexión nace de un profundo malentendido conceptual. Hemos transitado de la «administración de la vida» a una lógica de «acumulación de riqueza» sin límites, permitiendo que un medio se transforme en el fin supremo. Lo que hoy defendemos como racionalidad económica es, en rigor, un motor fuera de control que ha empezado a devorar su propio soporte. Para entender cómo llegamos a este abismo, debemos desenterrar las raíces de nuestra propia terminología y confrontar la sombra de lo que hoy llamamos ciencia económica.
El origen perdido de la «Oikonomía«
Etimológicamente, el término proviene del griego antiguo oikonomía, un ensamblaje entre oîkos (casa, hogar, patrimonio) y nómos (norma, ley, administración). En su origen, era el arte de administrar el hogar para asegurar su continuidad. Sin embargo, no debemos caer en la nostalgia romántica: el oîkos griego no era una utopía igualitaria, sino una estructura de dominación. La administración del varón ciudadano se sostenía sobre el trabajo invisibilizado de mujeres, esclavos y campesinos que garantizaban la base material de la vida.
Por esta razón, el desafío contemporáneo no es una restauración nostálgica de un pasado injusto, sino una reinvención radical: recuperar el espíritu de la administración de las condiciones materiales de la existencia sin restaurar el hogar patriarcal que le dio origen, expandiendo ese concepto de «casa» a la escala planetaria. Si la economía nació para gestionar la vida, nuestra tarea es purgarla de su herencia de dominación y adaptarla a los límites de la justicia y la sostenibilidad.
La trampa de la Crematística vs. la Economía
350 años antes de nuestra era Aristóteles (384 a. C. – 322 a. C) hablaba de una actividad diferente de la economía, que consistía en la acumulación de dinero por dinero, una actividad contra natura que deshumanizaba a aquellos que a ella se libraban. A esa actividad la identificó -empleando el término que Tales de Mileto había propuesto un siglo y medio antes- como crematística (del griego khrema, la riqueza, la posesión) definido como el arte de hacerse rico, de adquirir riquezas. En su obra Política, señala la diferencia fundamental entre economía y crematística al considerar a la primera como la administración de los bienes necesarios y a la segunda como una forma de adquisición que no conoce límites ni de riquezas ni de medios para obtenerla. Para Aristóteles, una cosa es economía y otra muy diferente el arte de hacer dinero.
La diferencia no reside en el dinero, sino en la relación entre medios, fines y límites. En la oikonomía la actividad económica es instrumental: administra bienes y medios para sostener la vida del oikos. En la crematística que se autonomiza de esa finalidad, la acumulación puede convertirse en un fin en sí mismo: dinero, más dinero, mayor capacidad de acumulación.
Cuando la economía se «desincrusta» de la sociedad
El pensamiento económico de la modernidad es el resultado de la convergencia de tres vertientes principales: mecanicismo; mercado-crecimientismo y darwinismo social; convergencia que es inherente al productivismo y que permanentemente impulsa a la involución de la economía hacia la crematística.
Con la llegada del «productivismo», instalado como superideología de la modernidad, la producción dejó de ser el puente para satisfacer necesidades y se convirtió en un imperativo estructural; un sistema que, como un parásito que crece más rápido que su huésped, exige inversión y consumo perpetuo para no colapsar. Karl Polanyi describió este proceso como el momento en que la economía se «desincrusta» (disembeds) de la sociedad: deja de ser una herramienta regulada por la comunidad para convertirse en una fuerza autónoma que dicta las leyes de la vida humana y natural.[2]
Este desplazamiento ha transformado nuestra prioridad civilizatoria. Desde la Oikonomía: Administrar → Satisfacer necesidades → Reproducir la vida; hacia la Crematística: Adquirir → Acumular → Incrementar riqueza (como fin último).
Este proceso de desincrustación de la economía, con algunas diferencias y matices ha requerido de lo que podemos denominar una «trilogía crematista»: doctrina (la arquitectura ideológica que justifica la autonomía absoluta del mercado sobre la reproducción social), finanzas (la lógica de los flujos de capital y la deuda como mecanismos de acumulación que ignoran las consecuencias materiales en el territorio) e ingeniería institucional (el diseño legal necesario para subordinar la estructura del Estado a la dinámica de expansión del capital).
Bajo este modelo, el éxito se mide en variables de rentabilidad e inversión, mientras que la administración de las necesidades básicas de la población y el cuidado de los sistemas ecológicos que las sostienen quedan relegados a “molestas externalidades”.
Genealogía de un desplazamiento: de la economía a la crematística
El desplazamiento de la economía hacia la crematística no es un accidente reciente ni una desviación de unos pocos ideólogos de mercado: tiene una genealogía identificable, que atraviesa corrientes que se presentan como adversarias entre sí y que, sin embargo, comparten la misma matriz productivista.
Adam Smith todavía pensaba la riqueza de las naciones dentro de un marco moral que operaba como límite implícito a la acumulación. Ese límite se erosiona con la revolución marginalista de Menger y Walras, que desplaza el valor desde cualquier referencia material o moral hacia la preferencia subjetiva, y desaparece del todo con la escuela neoclásica, que convierte el equilibrio de mercado en el único criterio de racionalidad económica. A partir de ahí, administrar bienes y calcular rendimientos empiezan a confundirse.
El neoliberalismo, desde Mont Pèlerin,[3] no inventa esa confusión: la institucionaliza como programa político. Hayek y Friedman no se limitan a describir el mercado como mecanismo eficiente de asignación, sino que lo postulan como el único proceso legítimo de coordinación social, capaz de suplantar cualquier deliberación colectiva sobre las necesidades del oîkos. Ese mismo impulso, radicalizado, desemboca en el anarcocapitalismo de Rothbard y Hoppe, que prescinde directamente del nómos —de cualquier norma pública de administración— y deja en pie solo el intercambio voluntario entre individuos. Es la crematística llevada a su conclusión más honesta consigo misma: ni siquiera pretende ya administrar la casa común, sino disolverla en un mercado sin afuera.
Pero el desplazamiento no se detiene en la derecha. Buena parte del progresismo latinoamericano, incluido el argentino, construyó su legitimidad redistributiva sobre la misma lógica de fondo: financiar derechos sociales con la renta de la extracción acelerada de bienes comunes —hidrocarburos, minería, agronegocio— sin poner en cuestión el metabolismo que esa extracción supone. La diferencia con el neoliberalismo no está en el vínculo con la biosfera, que sigue siendo puramente instrumental, sino en el destino de la renta: donde el neoliberal la concentra, el progresista la redistribuye. Ambos comparten la premisa crematista de que el crecimiento de la extracción es la precondición de cualquier política social, y ambos terminan, por caminos distintos, arrastrando a la economía lejos de su sentido original. Un economista que discute cómo repartir mejor el excedente del extractivismo sigue pensando dentro de la crematística, aunque lo haga en nombre de la justicia social; solo deja de hacerlo cuando pone en discusión la extracción misma, no su reparto.
El choque inevitable con los límites biofísicos
Sin embargo, esta crematística autonomizada tarde o temprano choca contra un muro insuperable: la realidad biofísica. Toda actividad económica es un proceso metabólico: extrae materia y energía de la biosfera y la devuelve en forma de residuos y calor degradado. Ignorar esto es pretender ignorar la Segunda Ley de la Termodinámica y también las leyes de la ecología. No existe una «economía circular» perfecta que pueda evadir el hecho de que somos seres biológicos habitando un planeta finito.
Toda actividad económica es un proceso de transformación de materia y energía. La ilusión de un crecimiento financiero infinito en un mundo de recursos limitados es una fantasía contable que colapsa ante la ecología. La sostenibilidad y la justicia distributiva son dos caras de la misma moneda: si el metabolismo económico sobrepasa la capacidad de carga de la Tierra, destruye los cimientos de la civilización; si la riqueza se concentra en una minoría crematista, la transición hacia un modelo estable se vuelve socialmente imposible.
Quienes solo saben administrar la acumulación, mientras la gestión de nuestra casa común se desmorona ante sus ojos, están muy lejos de poder ser calificados como verdaderos economistas.
Una economía de la vida
Resulta necesario y urgente recuperar el sentido original de la economía y ponerla al servicio de la vida.
Parafraseando a Kate Raworth,[4] se puede afirmar que existen elementos básicos de la vida que no deberían faltarle a nadie: alimento suficiente; agua limpia y un saneamiento adecuado; acceso a la energía y a unas instalaciones culinarias limpias; acceso a la educación y a la atención sanitaria; una vivienda digna; una renta mínima y un trabajo digno; y acceso a redes de información y a redes de apoyo social. Además, es necesario que todo ello se logre en un marco de igualdad de género, equidad social, participación política, paz y justicia. Por otro lado, tomando como referencia los nueve límites planetarios identificados por un equipo de científicos liderados por Johan Rockström y Will Steffen,[5] se puede afirmar que existe un techo ecológico, unas fronteras más allá de las cuales no deberíamos seguir ejerciendo presión sobre el planeta si pretendemos salvaguardar la estabilidad de nuestro hogar común y ellas quedan definidas por: el cambio climático; la pérdida de biodiversidad; los ciclos de nitrógeno y fósforo; el cambio en los usos del suelo; la carga de aerosoles atmosféricos; la contaminación química; la reducción del ozono estratosférico; la acidificación de los océanos y el uso mundial de agua dulce.
A partir de lo anterior, emerge un verdadero desafío, una tarea que no tiene precedentes: llevar a toda la humanidad, en el menor tiempo posible, a esa zona óptima, ese espacio socialmente justo y ecológicamente seguro que se extiende entre ambos límites.
Está y no otra es a la que podemos denominar una economía para la vida.
Conclusión: Regresar a la Casa Común
Recuperar el sentido de la economía es el acto de resistencia intelectual más urgente de nuestra época. El oîkos es la casa común, el único refugio que tenemos en la inmensidad del cosmos. Si persistimos en llamar «economía» a una crematística ciega que devora su propio hogar para alimentar balances contables, estamos firmando nuestra propia sentencia.
[1] Georgescu-Roegen, N. (1993). Thermodynamics and economic process. En Bioeconomics and Sustainability: Essays in Honor of Nicholas Georgescu-Roegen (p. 831). Edward Elgar Publishing.
[2] Polanyi, K. (1992 / 2003). La gran transformación: los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. Traducción de Eduardo L. Suárez. México D.F.: Fondo de Cultura Económica (FCE).
[3] Nota al pie: Sociedad Mont Pèlerin, fundada en 1947 por Friedrich Hayek junto a economistas y filósofos como Ludwig von Mises, Milton Friedman y Karl Popper, entre otros. Funcionó como el núcleo organizativo desde el cual se articuló y difundió internacionalmente el programa neoliberal, sentando las bases doctrinarias que después impulsarían gobiernos como los de Thatcher y Reagan.
[4] Raworth, K. (2018) Economía rosquilla: Siete maneras de pensar como un economista del siglo XXI, Paidós, Barcelona.
[5] Rockström, J., Steffen, W., Noone, K. et al. (2009). A safe operating space for humanity, documento electrónico: https://doi.org/10.1038/461472a
