Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
“Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”, evocó J. Robert Oppenheimer tras la primera explosión nuclear, citando al Bhagavad Gita. Lo que en ese momento aparecía como una intuición trágica hoy se ha vuelto estructura: la capacidad de destruir mundos, civilizaciones, ha dejado de ser una metáfora para convertirse en una práctica posible. Pero para dimensionar qué significa realmente “destruir un mundo”, es necesario precisar de qué hablamos cuando hablamos de civilización.
Una civilización no es un conjunto abstracto de valores ni una identidad cultural difusa. Es, en términos materiales, un sistema complejo de organización de la vida que articula flujos de energía y materia —alimentos, agua, recursos— con infraestructuras, instituciones y formas de conocimiento que permiten sostener, reproducir y dar continuidad a una sociedad en el tiempo. Incluye tanto redes físicas (energéticas, logísticas, sanitarias) como tramas sociales (normas, saberes, vínculos) y equilibrios ecológicos que hacen posible la habitabilidad de un territorio. Cuando esos componentes se degradan o se interrumpen de manera crítica, lo que colapsa no es solo una economía o un gobierno, sino la propia capacidad de esa sociedad de persistir como tal.
La frase de Donald Trump: “Esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás” pronunciada a amanera de ultimátum condensa, en su brutalidad, una forma de pensar el mundo: la idea de que las civilizaciones son objetos sacrificables dentro de una lógica de poder que ya no reconoce límites materiales, ecológicos ni humanos.
Durante siglos, las guerras se narraron como disputas entre Estados. Hoy, en cambio, lo que se pone en juego es algo más profundo: las condiciones de habitabilidad mismas. Cuando se amenaza con destruir infraestructuras energéticas, sistemas de agua, redes logísticas o territorios enteros, lo que está en la mira no es un gobierno, sino la trama que sostiene la vida social.
El recurso al “ultimátum” no es solo una figura retórica, sino un dispositivo de poder. Al establecer un plazo final, clausura deliberadamente el tiempo de la negociación y comprime decisiones complejas en un horizonte inmediato. Reduce el conflicto a una lógica binaria —aceptación o confrontación— y, al hacerlo, prepara las condiciones para la escalada: si no hay rendición, la intervención posterior se presenta como consecuencia inevitable. En ese sentido, el ultimátum no describe una situación, la produce. Funciona como la forma política de ese “esta noche”: no solo señala un momento, sino que instituye el umbral a partir del cual la destrucción puede desplegarse como curso normal de acción.
No se trata, entonces, de una exageración. La frase es precisa en un sentido inquietante: las guerras contemporáneas tienen la capacidad —y cada vez más la intención— de producir colapsos civilizatorios localizados. No mediante un único evento espectacular, sino a través de la desarticulación progresiva de los sistemas que hacen posible la continuidad de una sociedad.
Como recuerda Carl Sagan en Miles de Millones, al retomar el relato de Heródoto sobre Creso y el oráculo de Delfos, incluso cuando la advertencia es precisa, su interpretación puede conducir al desastre. “Destruirás un gran imperio”, le fue dicho al rey de Lidia antes de atacar Persia. Creso creyó escuchar la confirmación de su ambición, cuando en realidad estaba escuchando su propia ruina. La lección no es mitológica, sino política: no basta con disponer de información o advertencias, es necesario comprenderlas en su ambivalencia y en sus condiciones de enunciación. Cuando las decisiones estratégicas se apoyan en lecturas interesadas —o en formulaciones deliberadamente ambiguas—, el resultado no es la anticipación del futuro, sino su precipitación. Los “oráculos modernos” no predicen: habilitan cursos de acción que, una vez activados, tienden a cumplirse por la propia lógica que desencadenan.
Toda civilización es, en última instancia, una organización de flujos: energía, materiales, alimentos, información. Cuando esos flujos se interrumpen o se vuelven inestables, lo que colapsa no es solo la economía, sino el orden cotidiano de la vida.
En ese sentido, las guerras actuales no son externas al sistema económico global: son su prolongación por otros medios. El control de corredores energéticos, de reservas estratégicas y de infraestructuras críticas redefine qué territorios son habitables y cuáles se vuelven zonas de sacrificio.
La amenaza de una “civilización que muere en una noche” es, en realidad, la forma condensada de un proceso más largo: el pasaje de regiones enteras desde la integración funcional al sistema hacia su descarte. Pero incluso en ese movimiento, la idea de una desaparición absoluta resulta problemática cuando se la observa en perspectiva histórica.
La historia de Persia —desde los imperios aqueménida, parto y sasánida hasta sus reconfiguraciones posteriores en el mundo islámico— muestra que las civilizaciones no desaparecen de una vez y para siempre, sino que se transforman, se repliegan y reaparecen bajo nuevas formas. Han sido conquistadas, fragmentadas, sometidas a cambios religiosos, políticos y territoriales profundos, y sin embargo han conservado núcleos culturales, lenguas, saberes y formas de organización que vuelven a articularse en otros contextos históricos. Esa persistencia no niega la posibilidad de destrucciones materiales masivas, pero sí relativiza la idea de una extinción definitiva en una sola noche: lo que puede colapsar son sus soportes visibles e infraestructurales, mientras que las tramas más profundas de una civilización —sus memorias, sus prácticas, su capacidad de reconfiguración— tienden a sobrevivir y a recomponerse, incluso después de los episodios más devastadores.
Lo más alarmante no es la frase en sí de Trump, sino su posibilidad de ser pronunciada sin producir una ruptura inmediata del orden político internacional. Lo que antes pertenecía al terreno de lo impensable —la destrucción deliberada de las bases materiales de una sociedad— empieza a integrarse como una opción estratégica más.
Este desplazamiento marca un umbral. Porque cuando la aniquilación de las condiciones de vida deja de ser un límite, el sistema entra en una fase donde la destrucción ya no es un accidente, sino una herramienta de gestión.
Pero hay una dimensión aún más incómoda. La lógica que permite imaginar la muerte de “toda una civilización” en una noche no es ajena al funcionamiento cotidiano del sistema global. Es la misma racionalidad que, en tiempo de paz, degrada ecosistemas, agota recursos y expulsa poblaciones enteras en nombre del crecimiento.
La guerra, en este sentido, no inaugura una excepción: acelera y hace visible una dinámica que ya estaba en curso.
En las mitologías, la destrucción de una civilización era una prerrogativa de los dioses y respondía, casi siempre, a un orden que excedía lo humano: castigo frente a la desmesura, restauración de un equilibrio perdido o momento necesario dentro de un ciclo de muerte y regeneración. Incluso en su forma más devastadora, esa aniquilación no era puramente instrumental ni definitiva, sino parte de una lógica que volvía a abrir el tiempo. Lo que distingue a la situación contemporánea es que ese poder ha descendido al plano de la decisión política: la capacidad de producir efectos civilizatorios equivalentes ya no remite a un orden trascendente ni promete recomposición, sino que se ejerce como cálculo estratégico, sin garantía de retorno ni horizonte de regeneración.
“Esta noche” deja de nombrar un momento para convertirse en una intervención histórica: señala el pasaje desde el mito del progreso hacia una fase en la que la destrucción puede ser administrada. Nombra el instante en que la civilización deja de ser el marco que la política debe preservar para convertirse en una variable sacrificable dentro de un cálculo estratégico de poder. Es, en sentido estricto, la forma contemporánea del colapso.
