Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
Cuando analizamos un conflicto armado, nuestra atención se dirige naturalmente a sus consecuencias más desgarradoras: la pérdida de vidas humanas, el desplazamiento forzado de poblaciones y la destrucción de la infraestructura civil. Las guerras dejan ciudades arrasadas, economías devastadas y sociedades profundamente fracturadas. A menudo sus efectos humanitarios se prolongan durante generaciones.
También es conocida la devastación material que producen. Centrales eléctricas, redes de agua, hospitales, puentes, carreteras y puertos resultan dañados o destruidos, paralizando la vida económica y social. La reconstrucción posterior exige enormes cantidades de recursos financieros, materiales y energía.
Menos visible, aunque igualmente real, es la devastación ecológica directa que provocan los conflictos armados. Los bombardeos destruyen ecosistemas, incendian instalaciones industriales y contaminan suelos y cursos de agua con combustibles, metales pesados y residuos químicos. Los bosques pueden convertirse en campos de batalla; los ríos y mares, en vertederos de guerra. En muchos casos, estos daños ambientales persisten durante décadas.
Sin embargo, existe una dimensión aún más invisible: la huella climática de las guerras.
La guerra no es solo un acontecimiento geopolítico. Forma parte del metabolismo energético de la civilización industrial. Los conflictos armados movilizan enormes cantidades de energía fósil y desencadenan procesos industriales de gran intensidad material. De este modo, además de su tragedia humana y geopolítica, la guerra se convierte también en un factor de agravamiento de la crisis climática global.
Las guerras modernas son sistemas altamente intensivos en energía. Aviones de combate, bombarderos, portaaviones, tanques, vehículos blindados y complejas cadenas logísticas dependen casi exclusivamente de combustibles fósiles. El funcionamiento permanente de bases militares, redes de transporte y sistemas de abastecimiento exige enormes volúmenes de petróleo.
Pero el impacto climático de la guerra no comienza en el campo de batalla. Empieza mucho antes, en los procesos industriales que hacen posible la producción de armamento. Misiles, municiones, vehículos militares, satélites, radares y sistemas electrónicos requieren grandes cantidades de acero, aluminio, combustibles y productos químicos. Toda esa infraestructura militar incorpora una enorme cantidad de energía y emisiones antes incluso de ser utilizada.
A ello se suma la destrucción que generan los conflictos. Cuando ciudades enteras son bombardeadas, cuando refinerías o depósitos de combustible arden durante días o semanas, grandes volúmenes de carbono almacenado en infraestructuras y combustibles se liberan a la atmósfera.
Paradójicamente, una parte significativa de la huella climática de las guerras aparece después de que terminan. La reconstrucción de ciudades devastadas exige enormes volúmenes de cemento, acero y transporte de materiales. Estos sectores industriales figuran entre los mayores emisores de gases de efecto invernadero del planeta. De este modo, la reconstrucción de los territorios destruidos puede generar emisiones comparables —o incluso superiores— a las producidas durante el propio conflicto.
Durante gran parte del siglo XX no existieron sistemas de contabilidad capaces de medir el impacto climático de los conflictos armados. Sin embargo, los estudios históricos y las investigaciones recientes permiten dimensionar su magnitud.
La Segunda Guerra Mundial representó probablemente el episodio de mayor movilización energética de la historia. La producción masiva de armamento, la expansión de la industria pesada y el despliegue de millones de vehículos militares y aeronaves implicaron un consumo colosal de carbón y petróleo durante seis años de guerra global. Aun sin cifras precisas comparables con los inventarios actuales, muchos historiadores coinciden en que el esfuerzo bélico aceleró decisivamente la expansión del sistema energético fósil en todo el planeta.
Un episodio particularmente ilustrativo ocurrió hacia el final del siglo XX durante la Guerra del Golfo de 1991. La quema deliberada de cientos de pozos petroleros en Kuwait liberó durante meses enormes cantidades de dióxido de carbono, hollín y contaminantes atmosféricos. Durante semanas la región quedó cubierta por densas nubes de humo que afectaron gravemente la calidad del aire y los ecosistemas del Golfo.
En el siglo XXI, algunos conflictos comenzaron a ser analizados con mayor precisión desde el punto de vista climático. La guerra de Irak iniciada en 2003 generó emisiones estimadas en cientos de millones de toneladas de dióxido de carbono si se consideran tanto las operaciones militares como la logística global y la infraestructura necesaria para sostener la ocupación.
Uno de los casos mejor estudiados es la guerra iniciada en Ucrania en 2022. Investigaciones recientes estiman que, en sus primeros años, el conflicto ha generado alrededor de 230 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente. Estas emisiones incluyen no solo las operaciones militares directas, sino también los incendios de instalaciones energéticas, la destrucción de infraestructura industrial, los movimientos masivos de población y la reconstrucción prevista para ciudades devastadas.
Estas cifras deben interpretarse con cautela. Las guerras no solo generan emisiones durante su desarrollo; también producen efectos estructurales que se prolongan durante décadas. La reconstrucción de infraestructuras, la reposición de equipamiento militar y la reorganización de sistemas energéticos pueden extender durante largo tiempo el impacto climático de un conflicto.
A pesar de su magnitud, la huella climática de las guerras permanece en gran medida fuera del debate público y de la política climática internacional.
Las emisiones militares han sido históricamente tratadas como una excepción dentro de los acuerdos climáticos internacionales. Muchos países no reportan de manera completa el consumo energético de sus fuerzas armadas, alegando razones de seguridad nacional. Como consecuencia, una parte significativa del impacto climático global queda fuera de las estadísticas oficiales.
Esta falta de transparencia crea un verdadero punto ciego en la política climática internacional. Mientras se discuten con intensidad los compromisos de reducción de emisiones en sectores como la energía, el transporte o la industria, uno de los sistemas más intensivos en combustibles fósiles del planeta permanece en gran medida fuera del radar.
La invisibilidad de la huella climática de las guerras no es un simple problema estadístico. Refleja una contradicción más profunda del modelo civilizatorio contemporáneo.
La civilización industrial se ha construido sobre una base energética fósil y sobre una expansión permanente del metabolismo material de la economía. El sistema militar forma parte de esa misma lógica: consume enormes cantidades de energía, moviliza complejos sistemas industriales y reproduce estructuras de poder que dependen del control de recursos estratégicos.
En este sentido, el militarismo constituye una de las expresiones más extremas del metabolismo fósil de la civilización contemporánea.
Hacer visible esta dimensión constituye un paso necesario para comprender la verdadera magnitud de los conflictos contemporáneos. Porque, además de provocar muerte y devastación en el presente, las guerras deterioran las condiciones ecológicas que sostienen el futuro común de la humanidad.
En un mundo que enfrenta una crisis climática sin precedentes, la paz deja de ser únicamente un objetivo ético o humanitario. Se convierte también en una condición ecológica indispensable para preservar las bases biofísicas que hacen posible la vida en el planeta.
Reconocer la huella climática de las guerras es, en definitiva, reconocer que la construcción de la paz forma parte inseparable de la tarea histórica de reconstruir nuestra relación con la Tierra.
