Por Carlos Merenson – La (Re) Verde

El reciente discurso de Javier Milei en homenaje a Adam Smith no es simplemente una reivindicación de la tradición liberal clásica. Es un intento de reinstalar la idea de que el mercado, guiado por la innovación y la competencia, constituye un principio suficiente de organización social, incluso frente a los desafíos contemporáneos.

Sin embargo, leído desde la Ecología Política y la Economía Ecológica, el planteo revela un anacronismo estructural. La afirmación implícita de que en Adam Smith “está toda la respuesta” desconoce que su pensamiento fue formulado en un mundo sin crisis climática, sin agotamiento global de recursos y sin una economía fósil expandida a escala planetaria. Pretender su validez total en el presente implica abstraer la economía de sus condiciones materiales de existencia. En este sentido, la apelación contemporánea a Smith resulta, en el sentido más literal del término, desubicada: no porque su obra carezca de valor, sino porque es utilizada fuera de las condiciones históricas, materiales y ecológicas que le daban sentido.

Un pensamiento sin límites: el mundo que Smith no podía ver

Para comprender el alcance —y los límites— del pensamiento de Adam Smith, resulta indispensable situarlo en su contexto histórico. No sólo por lo que su obra explica, sino por aquello que, sencillamente, no podía conocer.

Smith escribe en un mundo previo a la formulación de las leyes de la termodinámica. La economía podía pensarse como un sistema de intercambios sin referencia a los flujos de energía y materia que la sostienen. No existía la noción de entropía, ni la comprensión de que toda transformación productiva implica una degradación irreversible de energía. En ese marco, la idea de crecimiento no encontraba límites físicos explícitos.

Tampoco existía una concepción ecológica de la naturaleza. Conceptos hoy fundamentales como ecosistema, ciclos biogeoquímicos o capacidad de carga eran inexistentes. La naturaleza aparecía como un fondo pasivo, una fuente de recursos disponible para la actividad humana, y no como un sistema complejo del cual la economía depende estructuralmente.

La base energética sobre la que se expandiría la economía moderna apenas comenzaba a configurarse. El uso del carbón se encontraba en una fase inicial, sin que existiera conciencia alguna sobre sus efectos acumulativos. El petróleo, el gas natural y la matriz fósil global aún no formaban parte del horizonte histórico. Menos aún la posibilidad de que su utilización alterara el clima del planeta.

En efecto, la crisis climática era inimaginable. No existía el concepto de efecto invernadero ni la idea de que la actividad humana pudiera modificar las condiciones atmosféricas a escala global. El clima era percibido como estable, externo e independiente de la acción económica.

Algo similar ocurría con la biodiversidad. La noción de extinción masiva inducida por la actividad humana no formaba parte del pensamiento de la época, y la comprensión de la vida como un sistema evolutivo interdependiente —que comenzaría a desarrollarse con Charles Darwin— aún no había sido formulada. La diversidad biológica no era percibida como una condición crítica para la estabilidad de los sistemas naturales.

Los problemas ambientales, cuando existían, eran locales y acotados. No había contaminación global, ni acumulación de residuos persistentes, ni alteraciones sistémicas de los ciclos naturales. La escala de la economía era radicalmente distinta: no existía un metabolismo social capaz de desbordar los límites planetarios.

En este contexto, la economía podía pensarse sin considerar la posibilidad de colapso ecológico, ni la existencia de umbrales críticos o puntos de no retorno. La naturaleza era asumida, implícitamente, como resiliente y capaz de absorber las transformaciones inducidas por la actividad humana.

Nada de esto invalida el aporte de Smith. Pero sí delimita su alcance. Su pensamiento no incorpora —porque no podía hacerlo— las condiciones biofísicas que hoy definen el horizonte de la acción económica.

Por eso, el problema no es Smith. El problema es la pretensión de universalizar sus categorías en un mundo radicalmente distinto.

Supuestos del pensamiento económico

La lectura contemporánea de Adam Smith suele derivar en una serie de supuestos que han estructurado buena parte del pensamiento económico posterior tales como suponer que la inversión, el aumento de la productividad y la acumulación de riqueza individual conducen a una mejora continua de la sociedad; que el progreso es, en algún sentido, inevitable; que la mejora social puede medirse a través de la expansión de la riqueza material; y que la producción de bienes constituye el núcleo de la vida económica y social.

Sin embargo, más allá de sus diferencias internas, estas tradiciones comparten una limitación estructural: la escasa consideración de los límites biofísicos. Tanto en sus versiones clásicas como en sus desarrollos posteriores —incluyendo corrientes tan disímiles como la economía del bienestar, la keynesiana o la neoliberal— la dinámica económica tiende a pensarse como un proceso expandible, en el que los condicionantes ecológicos aparecen, en el mejor de los casos, como restricciones secundarias.

De este modo, se consolidan una serie de supuestos problemáticos: la disponibilidad amplia de materiales y energía, la posibilidad de sostener procesos de crecimiento a escala global en el largo plazo y, especialmente, la idea de que la sustitución entre distintos tipos de recursos o formas de capital puede operar sin límites efectivos. Este último supuesto resulta central, ya que permite sostener la coherencia interna del modelo aun cuando las evidencias empíricas señalan la finitud de las reservas y la degradación de los sistemas naturales.

Desde la economía ecológica, el punto ciego no es menor. Los servicios ecosistémicos —regulación climática, ciclos hidrológicos, fertilidad de los suelos, entre otros— no sólo sostienen la actividad económica, sino que constituyen la base misma de la vida. Su pérdida o degradación no puede ser compensada mediante sustituciones técnicas ni por mecanismos de mercado, lo que pone en cuestión los fundamentos de una visión que asume la expansibilidad indefinida del sistema económico.

Uno de los pilares de esta visión es la célebre imagen de la fábrica de alfileres. Allí, la división del trabajo aparece como fuente de productividad y eficiencia crecientes. Sin embargo, esta escena fundacional de la economía moderna omite un elemento decisivo: la base material que la sostiene. La multiplicación de la producción no es sólo resultado de la organización del trabajo, sino también de la disponibilidad creciente de energía y materiales. La fábrica de alfileres, leída desde el presente, no es simplemente una innovación organizativa: es el anticipo de un proceso de expansión metabólica que hoy alcanza escala planetaria. Lo que en Smith aparece como un problema de coordinación económica, en el Antropoceno se revela como un problema de escala ecológica.

A esta omisión se suma la confianza en la llamada “mano invisible” como principio de armonización social. En el discurso contemporáneo, esta idea se traduce en la creencia de que la suma de decisiones individuales orientadas por el interés propio conduce a resultados socialmente deseables. Sin embargo, esta confianza supone condiciones que hoy no se verifican: información completa, ausencia de externalidades significativas y un sistema natural capaz de absorber impactos sin degradarse. En un contexto de crisis ecológica global, donde los costos ambientales son sistemáticamente externalizados, la “mano invisible” deja de ser un mecanismo de equilibrio para convertirse en un dispositivo de invisibilización.

De la empatía entre idiotas a la idiotez productivista

No es casual que Javier Milei destaque, al referirse a Adam Smith, su dominio del griego. Ese reconocimiento abre una puerta inesperada: volver al significado original de ciertas palabras que hoy estructuran, sin ser interrogadas, buena parte del pensamiento económico.

En el adjetivo “idiota” se encuentra la raíz ídios, que en la Antigua Grecia remitía a lo propio, lo privado, lo particular. El “idiota” era aquel que se ocupaba exclusivamente de sus asuntos, desentendiéndose de la vida pública y de lo común. En una cultura donde la participación política era constitutiva de la ciudadanía, esta figura no representaba una virtud, sino una forma de empobrecimiento de la vida social: alguien absorbido por su interés individual, incapaz de reconocer su pertenencia a un orden colectivo.

Durante siglos, este rasgo no fue valorado positivamente. Sin embargo, a partir del siglo XVIII se produce una inflexión decisiva. El interés propio deja de ser un problema moral para convertirse en el motor del orden social. En la obra de Smith, el egoísmo no desaparece, sino que es reconfigurado: ya no es necesario contenerlo, sino encauzarlo. La célebre formulación según la cual no esperamos nuestra cena de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino de su interés propio, condensa esta transformación. La interacción social se organiza entonces como una suerte de reconocimiento mutuo de intereses: una empatía con el egoísmo del otro.

Leída desde esta perspectiva, la armonía social deja de basarse en fines compartidos y pasa a estructurarse sobre la coordinación de intereses individuales. Podría decirse que se instituye una forma de “empatía entre idiotas”: sujetos centrados en lo propio que, sin proponérselo, generan un orden que se presenta como beneficioso para el conjunto. Esta operación conceptual resulta clave para comprender el desplazamiento que convierte al interés individual en principio organizador de la vida económica.

Con el tiempo, esta matriz será profundizada y radicalizada. Distintas corrientes del pensamiento económico consolidarán una visión en la que la libertad individual queda crecientemente asociada a la capacidad de comprar y vender, y donde el mercado se erige como el espacio privilegiado de realización de esa libertad. En este proceso, el egoísmo no sólo deja de ser cuestionado, sino que es elevado a condición de virtud, mientras la competencia se naturaliza como forma dominante de relación social.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, esta lógica adquiere una escala inédita. La expansión de un orden centrado en la competitividad, la productividad y la maximización individual configura una verdadera antropología económica: sujetos definidos por su capacidad de competir, acumular y consumir. La sociedad deja de pensarse como un proyecto común para convertirse en un agregado de trayectorias individuales, donde el éxito y el fracaso se distribuyen como resultados “naturales”.

En este marco, la antigua figura del idiota adquiere una nueva forma. Ya no se trata simplemente de quien se desentiende de lo público, sino de un sujeto plenamente integrado a una racionalidad que reduce lo común a la suma de intereses privados. La productividad y la competencia se transforman en imperativos, y el crecimiento —convertido en crecimientismo— en horizonte incuestionable. Lo que emerge es una forma de “idiotez productivista”: una racionalidad que, en nombre de la eficiencia y el progreso, profundiza la desvinculación entre la actividad económica, los límites ecológicos y las condiciones de reproducción de la vida.

Smith como ‘padre de la economía’

La afirmación de Javier Milei de que Adam Smith es el “padre de la economía” es eficaz desde el punto de vista retórico, pero conceptualmente imprecisa y, en cierto sentido, reductiva.

Smith puede ser considerado, con mayor precisión, el padre del liberalismo económico. Su obra establece las bases de una visión en la que el interés individual, la división del trabajo y el mercado adquieren centralidad como mecanismos de organización social. En ese sentido, su influencia es indiscutible y se proyecta, con reinterpretaciones y desplazamientos, hacia corrientes posteriores que van desde el liberalismo clásico hasta el neoliberalismo contemporáneo e incluso el anarcocapitalismo.

Sin embargo, esta filiación no es lineal ni exenta de tensiones. El Smith histórico no es plenamente asimilable a sus herederos ideológicos. Su preocupación por los marcos morales, su desconfianza frente a la concentración económica y su comprensión más amplia del orden social lo alejan de las versiones más radicalizadas que hoy reivindican su figura. Presentarlo como un antecedente directo y sin matices de estas corrientes implica simplificar su pensamiento y deshistorizarlo.

Más problemático aún es considerarlo el “padre de la economía” en sentido general. La economía como campo de conocimiento no nace con Smith ni se agota en su enfoque. Su obra representa, más bien, un momento fundacional de una tradición específica: aquella que reduce progresivamente la complejidad de lo económico a la lógica del mercado y la producción de riqueza material.

Desde esta perspectiva, podría sostenerse que Smith es, en rigor, un referente central de la crematística moderna: una forma de pensamiento centrada en la generación y acumulación de riqueza, que tiende a autonomizar la economía de sus bases sociales y naturales. En este desplazamiento, lo económico deja de pensarse como la gestión de las condiciones de reproducción de la vida —sentido más amplio y original del término— para concentrarse en la producción, el intercambio y la acumulación.

En cambio, si se entiende la economía como una ciencia que estudia las relaciones entre sociedad y naturaleza, los límites biofísicos y las condiciones materiales de la vida, entonces la figura de Smith resulta claramente insuficiente como punto de partida. Su marco conceptual es previo a la conciencia ecológica y, por lo tanto, no puede dar cuenta de los problemas centrales que definen el presente.

En síntesis, llamar a Smith “padre de la economía” no sólo simplifica la historia del pensamiento económico, sino que también delimita —de manera implícita— qué se entiende por economía. Y es precisamente esa definición, centrada en el mercado y el crecimiento, la que hoy se encuentra en discusión.

De la fábrica de alfileres a la inteligencia artificial: el salto ideológico

En sus intervenciones recientes, Javier Milei retoma la célebre fábrica de alfileres de Adam Smith para proyectarla sobre el presente, estableciendo un paralelismo explícito con tecnologías contemporáneas como la inteligencia artificial. En esta lectura, la división del trabajo que multiplicaba la productividad en el siglo XVIII encontraría hoy su equivalente en sistemas capaces de escalar exponencialmente la producción de bienes y servicios. La analogía no es menor: funciona como puente para trasladar un principio histórico acotado a una supuesta ley general del progreso económico.

El desplazamiento conceptual es claro. Lo que en Smith era un ejemplo situado —la organización del trabajo en un contexto productivo específico— se transforma en un principio universal aplicable a cualquier etapa del desarrollo tecnológico. Sobre esta base, se construye una secuencia lineal: mayor productividad conduce a mayor crecimiento, y cualquier interferencia —particularmente la regulación— aparece como un obstáculo que distorsiona ese proceso. La conclusión es conocida: liberar las fuerzas del mercado permitiría desplegar plenamente ese potencial.

Sin embargo, este salto presenta una serie de problemas fundamentales. En primer lugar, equiparar la división del trabajo con tecnologías contemporáneas como la inteligencia artificial implica ignorar las diferencias cualitativas entre ambos procesos. No se trata simplemente de una intensificación de la productividad, sino de transformaciones que reconfiguran el trabajo, la distribución del ingreso y las relaciones de poder a escala global. Reducir estas dinámicas a una extensión del ejemplo smithiano implica simplificar fenómenos de enorme complejidad.

En segundo lugar, la analogía omite el contexto material en el que estas tecnologías se desarrollan. A diferencia del mundo de Smith, la economía actual opera en un escenario atravesado por límites ecológicos cada vez más evidentes. La expansión de la capacidad productiva no es neutra: requiere energía, materiales y genera impactos que no pueden ser ignorados. Sin embargo, en el planteo de Milei, estos condicionantes desaparecen, como si la productividad pudiera expandirse indefinidamente sin fricciones biofísicas.

Finalmente, el argumento se apoya en una premisa implícita: que los rendimientos crecientes derivados de estas tecnologías justifican la ausencia de regulación. De este modo, se invierte un problema clásico de la teoría económica —la relación entre escala, concentración y poder de mercado— para concluir que cualquier intento de intervención estatal no sólo es innecesario, sino perjudicial. La historia reciente de las grandes plataformas digitales, con niveles inéditos de concentración y capacidad de influencia, sugiere, sin embargo, que esta conclusión está lejos de ser evidente.

En este contexto, la referencia a la fábrica de alfileres deja de ser una ilustración pedagógica para convertirse en una operación ideológica. Al proyectar un ejemplo del siglo XVIII sobre el siglo XXI, se construye una narrativa de continuidad que invisibiliza las transformaciones estructurales del sistema económico y, sobre todo, sus nuevas condiciones de posibilidad. El problema ya no es cómo multiplicar la productividad, sino dentro de qué límites y con qué consecuencias esa multiplicación tiene lugar.

Innovación y destrucción creativa

El núcleo del argumento presidencial —la defensa de la innovación y la “destrucción creativa”— descansa en una equivalencia problemática: mejor calidad y menor precio como sinónimo de mejora social. Esta reducción del valor al precio invisibiliza los costos biofísicos del proceso económico. La degradación de ecosistemas, el agotamiento de recursos y el incremento del metabolismo energético no aparecen en la contabilidad del mercado, pero constituyen su condición de posibilidad. Lo que se presenta como eficiencia puede ser, en términos ecológicos, una intensificación de la insustentabilidad.

En este marco, la noción de “destrucción creativa” adquiere un sentido radicalmente distinto. Ya no se trata únicamente del reemplazo de sectores productivos obsoletos por otros más eficientes, sino de la erosión de las propias bases biofísicas que sostienen la economía. Suelos, biodiversidad y estabilidad climática no son factores sustituibles. Su degradación no puede ser compensada por innovación tecnológica ni por mecanismos de precios.

A esto se suma una operación discursiva clave: la descalificación de las posiciones críticas como “luditas”. Desde la Ecología Política, esta etiqueta cumple la función de deslegitimar conflictos reales. Quienes resisten proyectos extractivos, denuncian contaminación o cuestionan los impactos sociales de la reestructuración económica no expresan una irracionalidad anti-progreso, sino disputas concretas por el acceso, uso y distribución de bienes naturales. Son conflictos ecológico-distributivos, no errores de percepción.

El discurso también naturaliza el mercado como un orden espontáneo y neutral, omitiendo su carácter históricamente construido y atravesado por relaciones de poder. La “eficiencia” que celebra no es independiente de quiénes capturan los beneficios y quiénes soportan los costos. En un contexto de creciente desigualdad, esta omisión no es menor: permite presentar como universalmente beneficioso un proceso que produce sistemáticamente zonas de sacrificio.

Finalmente, la apelación a Smith en estos términos implica una lectura selectiva de su obra. El economista escocés no sólo analizó los beneficios de la división del trabajo, sino que también advirtió sobre los riesgos de concentración económica y la necesidad de marcos morales e institucionales. Su pensamiento, lejos de justificar un mercado absoluto, se inscribía en una preocupación más amplia por el orden social.

En un mundo atravesado por límites ecológicos cada vez más evidentes, la pretensión de que el mercado, por sí solo, pueda resolver las tensiones del presente no sólo resulta insuficiente: se vuelve parte del problema. La actualización de Smith que propone el gobierno no es una adaptación a la crisis contemporánea, sino una negación de su existencia. Y en esa negación se juega buena parte de la profundidad de la crisis que enfrentamos.

El crecimiento como dogma en un mundo finito

La reivindicación del crecimiento económico ocupa un lugar central en el discurso de Javier Milei. En su planteo, el crecimiento aparece como condición necesaria para la mejora del bienestar y la expansión de oportunidades. Sin embargo, más que una reflexión situada sobre las necesidades concretas de las sociedades, lo que emerge es una verdadera oda al crecimiento, que tiende a absolutizarlo como principio organizador.

Desde la economía ecológica, el problema no es el crecimiento en sí mismo, sino su transformación en crecimientismo: una dinámica que lo convierte en un fin en sí mismo, desligado de sus condiciones materiales y de sus consecuencias sociales. El crecimiento económico implica un aumento del flujo de materia y energía que atraviesa el sistema productivo. No se trata de una dinámica abstracta o puramente monetaria, sino de un proceso físicamente anclado que presiona sobre ecosistemas finitos.

El discurso oficial omite, además, la cuestión de los límites. La idea de que la innovación tecnológica permitirá desacoplar indefinidamente el crecimiento económico de sus impactos ambientales carece de evidencia empírica a escala global. Si bien pueden observarse mejoras relativas en eficiencia, el efecto rebote y la expansión del consumo tienden a neutralizarlas. Así, la promesa de compatibilizar crecimiento ilimitado y sostenibilidad se vuelve cada vez más difícil de sostener.

Desde la Ecología Política, este crecimientismo tampoco es neutral en términos sociales. La expansión económica se apoya en configuraciones concretas de poder que determinan quiénes se benefician y quiénes cargan con los costos. En contextos periféricos como el argentino, el problema no es la búsqueda de mejores condiciones de vida, sino la forma que adopta esa búsqueda: frecuentemente subordinada a dinámicas extractivas y a inserciones desiguales en la economía global.

En este marco, la discusión no puede reducirse a estar a favor o en contra del crecimiento, sino a problematizar sus formas, sus fines y sus límites. La cuestión central deja de ser cuánto crecer, para pasar a ser cómo, para quiénes y dentro de qué condiciones ecológicas.

Argentina: crecimiento, extractivismo y zonas de sacrificio

En el caso argentino, la orientación promovida por Javier Milei adquiere una materialidad concreta: se traduce en la profundización de un patrón extractivo orientado a la exportación de bienes primarios. Lejos de tratarse de una abstracción teórica, esta dinámica se apoya en la expansión de actividades como la explotación hidrocarburífera, la megaminería y el agronegocio, todas ellas altamente intensivas en el uso de bienes naturales y con impactos significativos sobre los territorios.

Este modelo no es nuevo, pero en el contexto actual se radicaliza. La necesidad de divisas y la lógica de inserción subordinada en el mercado global refuerzan una dinámica en la que la naturaleza se convierte en variable de ajuste. La mejora de indicadores macroeconómicos se vuelve dependiente de la ampliación de la frontera extractiva, con una consecuente presión sobre ecosistemas y comunidades.

Desde la Ecología Política, este proceso se expresa en la proliferación de conflictos ecológico-distributivos. Comunidades afectadas por la contaminación, la pérdida de acceso al agua o la degradación de sus territorios cuestionan los proyectos que se presentan como motores del desarrollo. Sin embargo, estas resistencias suelen ser deslegitimadas o invisibilizadas en el discurso oficial.

La contracara de este esquema es la consolidación de zonas de sacrificio: territorios donde los costos ambientales y sociales se concentran de manera sistemática. Allí, la lógica económica muestra su límite más evidente: la generación de valor convive con la degradación ecológica y la exclusión social.

En este contexto, la política ambiental tiende a replegarse o a subordinarse a los objetivos económicos. La desregulación y la flexibilización de controles configuran las condiciones para una expansión extractiva con menores restricciones. Así, lo que se presenta como estrategia de desarrollo se convierte en un proceso selectivo, que distribuye beneficios de manera concentrada y externaliza costos sobre amplios sectores de la sociedad.

Crecer en un planeta finito: la negación como política

El problema ya no es sólo económico, ni exclusivamente ambiental. Es, en sentido estricto, civilizatorio. La persistencia del crecimientismo, la confianza en el mercado como principio ordenador suficiente y la deslegitimación de toda crítica configuran una forma de negar las condiciones materiales que sostienen la vida.

En este marco, el discurso de Javier Milei no aparece como una anomalía, sino como una expresión coherente de una racionalidad que ha llevado al sistema global a sus propios límites. La expansión económica indefinida en un planeta finito no es una paradoja teórica: es una imposibilidad física.

La profundización del extractivismo, la multiplicación de zonas de sacrificio y el agravamiento de los conflictos ecológico-distributivos no son efectos colaterales, sino consecuencias lógicas de esta orientación. En este sentido, el crecimientismo deja de ser una promesa para convertirse en una dinámica de huida hacia adelante.

Frente a esto, la pregunta ya no puede ser simplemente cómo crecer más, sino cómo sostener la vida en condiciones de justicia. Esto implica disputar los supuestos que organizan el presente: cuestionar la centralidad del crecimiento como fin en sí mismo, reconfigurar las relaciones entre economía y naturaleza y politizar aquello que el discurso dominante presenta como neutral.

Porque en última instancia, lo que está en juego no es la vigencia de Adam Smith ni la eficacia del mercado. Lo que está en juego es la posibilidad misma de habitar un mundo común.