Ante la deriva bélica global, La (Re) Verde y Encuentro Verde por Argentina convocan a levantar una voz clara contra la militarización del mundo
En las últimas semanas el escenario internacional ha ingresado en una zona de peligro creciente. La acumulación de conflictos abiertos, el incremento de los gastos militares, la normalización del lenguaje de guerra y la consolidación de bloques geopolíticos enfrentados configuran un cuadro que recuerda —cada vez con mayor nitidez— las dinámicas que precedieron a las grandes conflagraciones del siglo XX.
No se trata de alarmismo. Se trata de reconocer que el mundo atraviesa un momento extremadamente delicado.
La expansión de guerras regionales, el deterioro de los mecanismos multilaterales de resolución de conflictos, la reaparición de doctrinas de disuasión nuclear y la creciente militarización de las economías están alimentando una espiral que puede escapar al control de los propios actores que la impulsan. La historia enseña que las guerras globales no suelen comenzar como tales: se gestan lentamente, a partir de crisis acumuladas, escaladas mal calculadas y decisiones políticas que privilegian la lógica de poder por sobre la supervivencia común.
La antigua doctrina romana de la paz por la fuerza constituyó uno de los pilares ideológicos de la expansión imperial. Para Roma, la paz no era el resultado de un acuerdo entre iguales sino la consecuencia de la derrota y la subordinación del adversario. Esta concepción se resumía en el célebre aforismo latino si vis pacem, para bellum —si quieres la paz, prepárate para la guerra—, que elevaba la preparación militar permanente a condición de estabilidad política. La llamada Pax Romana no describía un mundo reconciliado, sino un orden sostenido por la supremacía militar, la disuasión y la capacidad de castigar cualquier desafío al poder imperial. En esa lógica, la guerra no era una anomalía del sistema sino su instrumento constitutivo: primero se conquistaba, luego se pacificaba. Dos mil años después, esa misma idea sigue operando en muchas doctrinas estratégicas contemporáneas: la acumulación de armas, la expansión de alianzas militares y la permanente preparación para la guerra se presentan como garantías de paz. Pero la historia demuestra que esta lógica rara vez produce estabilidad duradera; con demasiada frecuencia termina alimentando las mismas dinámicas de confrontación que dice intentar evitar.
Pero la amenaza de una guerra mundial en el siglo XXI no puede analizarse únicamente en términos geopolíticos. Tiene también una dimensión civilizatoria y ecológica.
Este llamamiento se inscribe además en una tradición histórica del propio movimiento ecologista. Desde su emergencia política en la década de 1970, el ecologismo ha mantenido una posición profundamente crítica frente al militarismo y, en particular, frente a la amenaza nuclear. Las grandes movilizaciones contra las pruebas atómicas, contra la proliferación de armas nucleares y contra la instalación de misiles en Europa formaron parte del mismo despertar político que dio origen a los movimientos verdes contemporáneos. No era una coincidencia: la conciencia ecológica que comenzaba a expandirse entendía que la existencia de arsenales capaces de destruir el planeta varias veces constituía la expresión más extrema de una civilización organizada alrededor de la dominación tecnológica y la lógica de la guerra. Por eso, desde sus orígenes, el ecologismo vinculó la defensa de la naturaleza con la lucha por la paz y por el desarme nuclear.
El planeta atraviesa una crisis ecosistémica sin precedentes: cambio climático acelerado, colapso de biodiversidad, agotamiento de recursos críticos y deterioro de los sistemas que sostienen la vida. En este contexto, una expansión del conflicto armado global no solo implicaría una tragedia humana incalculable; representaría además un golpe devastador para los frágiles equilibrios biofísicos de la Tierra.
Las guerras contemporáneas no destruyen únicamente ciudades e infraestructuras. Devastan ecosistemas, contaminan territorios durante generaciones, liberan cantidades masivas de gases de efecto invernadero, aceleran la extracción de recursos estratégicos y desplazan poblaciones enteras. La guerra es, en sí misma, una de las formas más brutales de agresión contra la biosfera.
Frente a este escenario, el silencio no es una opción.
Desde La (Re) Verde, Encuentro Verde por Argentina y todas las organizaciones diversas del pueblo que van adhiriendo al presente llamamiento, creemos que es urgente recuperar una voz clara en favor de la paz. No una paz entendida como mera ausencia momentánea de combates, sino como un principio político fundamental: la preservación de las condiciones que hacen posible la vida humana y no humana en el planeta. Este llamamiento permanece abierto a la adhesión de organizaciones sociales, ambientales, sindicales, culturales, académicas y de todas las personas comprometidas con la defensa de la vida y la paz, que podrán sumarse públicamente a esta declaración.
El militarismo, la carrera armamentista y la lógica de confrontación permanente constituyen hoy una de las principales amenazas para cualquier proyecto de transición ecológica. No puede haber transición ecosocial en un mundo organizado alrededor de la guerra permanente.
Cada misil producido es energía, materiales y conocimiento desviados de las tareas urgentes que enfrenta la humanidad: restaurar ecosistemas degradados, transformar los sistemas energéticos, garantizar agua y alimentos, reconstruir comunidades resilientes.
Cada escalada militar profundiza la misma lógica de dominio que ha llevado al planeta a la crisis actual.
Por eso, en este momento crítico, resulta imprescindible reafirmar algunos principios básicos:
- La guerra no es inevitable.
- La militarización no es el único horizonte posible.
- La seguridad verdadera no se construye acumulando armas, sino garantizando las condiciones de vida digna para los pueblos y la estabilidad ecológica del planeta.
Desde América Latina —una región que conoce profundamente los costos sociales y ambientales de las disputas geopolíticas de las grandes potencias— es necesario levantar una posición clara: los pueblos no deben ser arrastrados a conflictos que responden a lógicas imperiales, económicas o estratégicas ajenas a sus intereses vitales.
Desde América Latina —una región que históricamente ha buscado afirmarse como zona de paz— resulta imprescindible sostener una posición clara frente a la creciente militarización del escenario internacional. Los pueblos de nuestra región no deben ser arrastrados a disputas geopolíticas que responden a intereses estratégicos de las grandes potencias y que poco tienen que ver con las necesidades reales de nuestras sociedades.
En este contexto, preocupa especialmente la posición adoptada por el gobierno de Javier Milei en materia internacional. La política exterior argentina parece orientarse hacia un alineamiento automático con determinados bloques de poder y hacia la legitimación de una visión del mundo crecientemente atravesada por la lógica de confrontación. La reducción del multilateralismo a un obstáculo, la descalificación sistemática de los espacios de cooperación internacional y la adhesión acrítica a agendas geopolíticas ajenas a los intereses de la región debilitan una tradición diplomática que, con matices, había privilegiado históricamente la resolución pacífica de los conflictos y la defensa del derecho internacional. El pueblo argentino es un pueblo pacífico, con una larga tradición de defensa de la paz y de la solución diplomática de las controversias. No así la actual gestión política, que parece adherir a una lógica de guerra diplomática, extractivista y de posicionamiento geopolítico que se aparta de esa historia y de la vocación latinoamericana de construir una región como zona de paz.
La defensa de la paz no significa neutralidad moral frente a las injusticias del mundo. Muy por el contrario: implica rechazar la idea de que la violencia organizada pueda ser el camino para resolver los conflictos.
Ninguna razón geopolítica, económica o ideológica puede justificar el exterminio de los pueblos ni la destrucción sistemática de vidas humanas.
En un escenario global marcado por el riesgo de escaladas bélicas, América Latina necesita reforzar su vocación histórica de región de paz; convertir la política exterior en un instrumento de alineamiento ideológico y confrontación camina exactamente en la dirección contraria.
Hoy más que nunca, el movimiento ecologista, las organizaciones sociales, los trabajadores, las comunidades científicas y culturales, y todos los sectores comprometidos con el futuro del planeta deben alzar la voz.
Porque si algo demuestra la historia es que cuando la guerra se impone como horizonte político, todo lo demás —la democracia, los derechos sociales, la protección de la naturaleza, incluso la verdad— queda subordinado a la lógica del conflicto.
El siglo XXI enfrenta desafíos que exigen cooperación global, inteligencia colectiva y responsabilidad intergeneracional. Ninguno de esos desafíos puede afrontarse en un mundo que se encamina hacia la confrontación generalizada.
Por eso, hacemos un llamamiento urgente por la paz.
• Por la desescalada de los conflictos.
• Por la recuperación de la diplomacia y del derecho internacional.
• Por la reducción del gasto militar y la reorientación de recursos hacia la justicia social y la reparación ecológica.
• Por un orden internacional basado en la cooperación entre los pueblos y en el respeto a los límites del planeta.
En un mundo que parece avanzar hacia la guerra, defender la paz se vuelve una responsabilidad histórica.
Y también, cada vez más, una condición de supervivencia.
Hoy la humanidad enfrenta una encrucijada histórica. En un planeta sometido a tensiones ecosociales cada vez más severas, persistir en la lógica de la confrontación militar significa avanzar hacia un horizonte de destrucción que ninguna victoria podría justificar. La verdadera seguridad de los pueblos no se construye con arsenales cada vez más devastadores, sino con cooperación, justicia social y respeto por los límites de la Tierra. En el siglo XXI, defender la paz es, cada vez más, defender las condiciones mismas que hacen posible la vida en el planeta.
El presente llamamiento queda abierto a la adhesión de organizaciones y personas. Quienes deseen sumarse pueden hacerlo escribiendo a cursoecologiapolitica@gmail.com para ser incorporados entre los firmantes.
La (Re) Verde
Encuentro Verde por Argentina
Adhieren a este llamamiento:
Graciela Elizabeth Bergallo
Escritora. Mgter en Antropología Social. Abogada. Resistencia – Chaco
Matías PERIER
Escribano – Gualeguay – Entre Ríos
