Somos un grupo de personas comprometidas con el cuidado del ambiente y con la preservación de la biodiversidad en los últimos relictos de pastizal pampeano que aún subsisten en estado natural en la provincia de Buenos Aires. Estos territorios constituyen verdaderos refugios de vida: en ellos persisten comunidades complejas de flora y fauna silvestres que forman parte del patrimonio biológico del país y sostienen el equilibrio de los ecosistemas de los que depende nuestra propia existencia.

Reconocemos que la biodiversidad posee valores intrínsecos que exceden su utilidad económica inmediata. Su riqueza expresa valores ecológicos, científicos, genéticos, culturales, sociales y estéticos que constituyen un legado irremplazable para las generaciones presentes y futuras. La diversidad de las formas de vida no es un recurso cualquiera: es la condición que hace posible la estabilidad de la biosfera y el desarrollo de la vida humana.

Nuestra mirada parte de una comprensión sistémica del planeta. La Tierra no es una colección de elementos aislados, sino una red de relaciones vivas en la que todos los organismos se encuentran interconectados. Los seres humanos no estamos fuera de esa trama: somos una expresión de ella. La vida humana y la vida no humana poseen valor propio y forman parte de una comunidad biológica mayor.

Por esta razón sostenemos que los seres humanos no tienen derecho a reducir la riqueza y diversidad de la vida, salvo para satisfacer necesidades vitales. Sin embargo, la intervención humana sobre el mundo natural ha alcanzado una escala sin precedentes. Los ecosistemas se degradan, las especies desaparecen y los paisajes se simplifican a una velocidad que amenaza los equilibrios de los que depende nuestra supervivencia.

Esta situación no es casual. Es la consecuencia de un modelo económico que persigue la expansión permanente de la producción y el consumo en un planeta que posee límites biofísicos insoslayables. La humanidad ha comenzado a chocar contra esos límites: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la degradación de suelos y la alteración de los ciclos del agua son señales inequívocas de que hemos sobrepasado la capacidad de regeneración de los sistemas naturales.

En Argentina, este proceso se expresa con particular intensidad en la transformación del paisaje provocada por el modelo agroexportador basado en monocultivos extensivos, el avance de la frontera agrícola y la simplificación de los ecosistemas. Bosques, montes, humedales y pastizales han sido reemplazados por territorios cada vez más homogéneos orientados a la producción de commodities. Este proceso ha implicado pérdida de biodiversidad, degradación de suelos, contaminación del agua y creciente dependencia tecnológica.

Frente a esta situación, recordamos que la Constitución Nacional, en su artículo 41, establece con claridad que todos los habitantes tienen derecho a un ambiente sano y equilibrado, y que las autoridades deben asegurar la utilización racional de los recursos naturales, la preservación del patrimonio natural y la conservación de la biodiversidad mediante normas de presupuestos mínimos de protección ambiental.

Este mandato constitucional no admite retrocesos. Sin embargo, en el presente asistimos a intentos de debilitar herramientas fundamentales de protección ambiental. Entre ellos se encuentra el intento de modificar la Ley de Glaciares, una norma clave para la defensa de las reservas estratégicas de agua dulce del país y para la protección de ecosistemas de alta montaña extremadamente frágiles.

Los glaciares y ambientes periglaciares constituyen reservas hídricas esenciales para las cuencas que abastecen a millones de personas. Reducir su protección para facilitar actividades extractivas implica comprometer recursos vitales para el futuro y desconocer principios elementales de prudencia ecológica. Alterar esta legislación sería también un retroceso frente a los compromisos asumidos por la Argentina en materia de protección climática y ambiental.

En este contexto, afirmamos que producir alimentos y conservar la naturaleza no son objetivos incompatibles. Por el contrario, la seguridad alimentaria a largo plazo depende de la salud de los ecosistemas. La conservación del paisaje, la preservación de corredores biológicos, la protección de cuencas hídricas y el mantenimiento de la diversidad genética son condiciones indispensables para la estabilidad de los sistemas productivos.

Es posible y necesario producir conservando.

Existen productores que mantienen montes nativos, que preservan parches representativos de ecosistemas naturales dentro de sus campos, que sostienen corredores biológicos para la fauna silvestre y que buscan cultivar el suelo sin degradarlo. A ellos se suman quienes protegen ríos, arroyos, montañas, glaciares, bosques y océanos; quienes investigan y enseñan; quienes comprenden la importancia de los insectos, de los microorganismos del suelo y de todos los organismos que sostienen la fertilidad y el equilibrio ecológico.

Cada vez que observamos en el cielo a un halcón, un gavilán o un aguilucho, vemos algo más que una especie silvestre: vemos el funcionamiento de una red compleja de relaciones que mantiene el orden y la autorregulación de los ecosistemas. Allí donde esa red permanece viva, la naturaleza sigue trabajando silenciosamente en beneficio de todos.

Por ello sostenemos que resulta urgente avanzar en procesos de ordenamiento territorial que permitan compatibilizar producción, conservación y bienestar social. Las provincias deben planificar el uso del territorio considerando la capacidad de carga de los ecosistemas, la protección de los paisajes naturales y la preservación de los servicios ecológicos que sostienen la vida.

No tenemos derecho a comprometer el patrimonio natural que pertenece también a quienes aún no han nacido.

La raíz profunda de la crisis ambiental se encuentra en una forma de pensar que separa artificialmente a la sociedad de la naturaleza y que reduce la complejidad del mundo a una lógica puramente económica. Esa mirada fragmentaria ha llevado a tratar a los ecosistemas como objetos aislados que pueden ser explotados sin consecuencias para el conjunto del sistema.

Es necesario superar esa visión y recuperar una comprensión integrada de la realidad.

Como especie dotada de conciencia reflexiva y lenguaje, tenemos la responsabilidad de reconectar con la trama de la vida. Para ello es indispensable avanzar hacia una verdadera alfabetización ecológica, que nos permita comprender los principios de organización de los sistemas vivos, las redes de interdependencia entre las comunidades humanas y naturales y los límites que impone el funcionamiento de la biosfera.

Solo una sociedad capaz de comprender estos principios podrá construir formas de vida verdaderamente sustentables.

De nuestra capacidad para aprender, comprender y actuar dependerá la continuidad de la vida humana sobre la Tierra.

Comisión Directiva

Grupo de Acción Ecológica Pampa Natural

Asociación Civil sin fines de lucro. Entidad de Bien Público. Legajo DPPJ 151488