Debemos cuidar nuestros recursos naturales con uñas y dientes de la voracidad de los monopolios internacionales que los buscan para alimentar un tipo absurdo de industrialización y desarrollo en los centros de alta tecnología donde rige la economía de mercado…de nada vale que evitemos el éxodo de nuestros recursos naturales si seguimos aferrados a métodos de desarrollo, preconizados por esos mismos monopolios, que significan la negación de un uso racional de aquellos recursos…no debe olvidarse que el problema básico de la mayor parte de los países del Tercer Mundo [Sur Global] es la ausencia de una auténtica justicia social y de participación popular en la conducción de los asuntos públicos. Sin justicia social el Tercer Mundo [Sur Global] no estará en condiciones de enfrentar las angustiosamente difíciles décadas que se avecinan.
Juan D. Perón (1972)
Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
El artículo de Amondarain y Chiconi publicado en Panamá Revista bajo el título “¿Es posible una renovación del peronismo?”, cuya lectura recomendó Carlos Pagni en su programa Odisea Argentina, plantea que la única renovación viable para el peronismo consiste en asumir el nuevo consenso macroeconómico. Equilibrio fiscal, rechazo del déficit estructural, prioridad del empleo privado y productividad como ejes ordenadores de la política.
Para los autores, sin alineamiento con esa ortodoxia económica, el peronismo carece de viabilidad política.
Desde el ecologismo, la mirada es otra.
Una importante aclaración: no escribimos desde el peronismo ni defendemos una identidad partidaria. La (Re) Verde no es un blog peronista. Pero el debate sobre la renovación del principal movimiento político argentino no es irrelevante para el ecologismo. Porque, parafraseando a Perón, los problemas ecosociales deben ser encarados por encima de las diferencias ideológicas que separan a los individuos dentro de sus sociedades o a los Estados dentro de comunidad internacional.
El límite del consenso macroeconómico
El planteo de Amondarain y Chiconi parte de una lectura dominante: la fragilidad argentina se explica por desorden fiscal, emisión descontrolada y ausencia de disciplina macroeconómica. La renovación consistiría en abandonar el populismo fiscal y aceptar las reglas del nuevo consenso.
El problema es que esa lectura, aun siendo parcialmente atendible, es incompleta.
La cuestión de nuestro tiempo está muy lejos de agotarse en alcanzar un equilibrio presupuestario. La pregunta decisiva es otra: ¿qué modelo de desarrollo resulta materialmente viable en un mundo atravesado por crisis climática, límites biofísicos, automatización tecnológica, fragmentación laboral y una salvaje concentración de la riqueza?
El consenso macroeconómico discute cómo ordenar la contabilidad del Estado. Pero elude discutir la insostenible matriz extractivista que nos acompaña desde épocas de la colonia.
Una economía puede equilibrar sus cuentas mientras degrada su base natural. Puede ordenar variables monetarias mientras erosiona territorios. Puede estabilizar precios y simultáneamente hipotecar el futuro.
Eso no es estabilidad. Es administración de corto plazo.
Renovar no es mimetizarse
Proponer que la renovación del peronismo consista en adoptar la ortodoxia económica implica un riesgo político evidente.
Si la propuesta es disciplina fiscal, desregulación y primacía del mercado, el electorado que prioriza esos valores elegirá el original antes que la versión adaptada. Competir en el terreno del economicismo ofreciendo una variante “peronista” no construye identidad; la diluye.
El economicismo ya tiene representantes coherentes con esa matriz. Pretender que la renovación consista en parecerse a ellos supone aceptar que el horizonte último de la política es la administración «eficiente «sencible» del ajuste.
Desde el ecologismo, esa reducción resulta problemática por una razón más profunda: el debate ya no puede restringirse a la macroeconomía. Estamos frente a una globalizada crisis ecosocial que redefine los términos del desarrollo.
El legado ambiental de Perón: una dimensión olvidada
En 1972, Juan Domingo Perón publicó su “Mensaje a los pueblos y gobiernos del mundo”. Allí advertía sobre el agotamiento de los recursos naturales, denunciaba el despilfarro del industrialismo y cuestionaba los modelos de desarrollo impuestos por los centros de poder.
No hablaba en términos contemporáneos de transición energética o justicia climática, pero sí introducía una intuición decisiva: el desarrollo no puede sostenerse si destruye sus propias condiciones de posibilidad.
Ese mensaje colocaba la cuestión ecológica en el corazón de la soberanía. No como algo lateral, secundario, sino como condición material de la independencia.
Sin embargo, ese legado ambiental permanece en gran medida no asumido por la dirigencia peronista. La tradición justicialista reivindica la justicia social, pero rara vez integra la dimensión ecológica como núcleo estratégico.
Desde el ecologismo señalamos esa omisión no para apropiarnos de una tradición ajena, sino para evidenciar una inconsistencia histórica: existe una genealogía ambiental en el pensamiento de Perón que podría dialogar fecundamente con el pensamiento ecológista contemporáneo, incluido, claro está, el pensamiento ecosocial del Papa Francisco plasmado en sus dos Cartas Enciclicas: Laudato si´y Fratelli Tutti. Pero ese puente aún no ha sido cruzado.
El cambio de época
El peronismo surgió en un contexto de industrialización ascendente, energía fósil abundante y barata, y expansión del empleo formal. Ese mundo ya no existe.
Hoy enfrentamos límites biofísicos, crisis climática, automatización y precarización estructural. La Argentina combina estancamiento económico con degradación ambiental
La renovación, si ha de ser algo más que una reubicación discursiva, debe reconocer este cambio de época.
La pregunta no es sólo cómo equilibrar las cuentas públicas. Es cómo reorganizar la producción y el trabajo en un marco de límites biofísicos.
Una perspectiva ecosocial
Desde el ecologismo, la hipótesis es simple: cualquier proyecto político relevante en el siglo XXI —sea peronista o no— debe integrar justicia social y justicia ecológica en una misma arquitectura.
La preservación de la vida, la actividad económica, el empleo, la solidaridad, la democracia y el bienestar de todes hoy requiere fusionar los conceptos de justicia social y justicia ambiental en una justicia ecosocial. Un nuevo tipo de justicia que sera capaz de reconciliar las luchas por llegar a fin de mes con las luchas por alcanzar una sociabilidad convivencial y un desarrollo verdaderamente sostenible.
No se trata de romantizar la ecología ni de negar la necesidad de racionalidad macroeconómica. Se trata de ampliar el horizonte. La estabilidad monetaria no garantiza estabilidad territorial. El orden fiscal no asegura resiliencia ecológica.
El superávit fiscal se ha transformado en un dogma que subordina la política económica a una lógica de sacrificio perpetuo. En nombre del equilibrio financiero, se profundiza el desequilibrio ecosocial. La obsesión superavitaria constituye una ecuación suicida: garantiza la calma de los acreedores internacionales al precio de hipotecar el presente y el futuro de las mayorías sociales y de la naturaleza.
La verdadera responsabilidad fiscal debe redefinirse a partir de criterios de sostenibilidad integral, en los que la contabilidad pública no sea un fin en sí mismo, sino un medio al servicio de la vida, la equidad y el cuidado de la casa común. (ver: Superávit fiscal con déficit ecosocial: una ecuación suicida – LA (RE) VERDE)
Más allá del peronismo
Nuestra posición no es interna al peronismo. No discutimos su identidad desde una lógica facciosa. Lo que está en juego no es el destino de un partido, sino la capacidad de la política argentina para leer su tiempo histórico.
Si la renovación del peronismo se limita a aceptar el consenso macroeconómico dominante, será una renovación administrativa. Si, en cambio, incorpora la dimensión ecosocial como eje estructurante, podría abrir un debate más profundo sobre el modelo de desarrollo.
El ecologismo no ofrece una etiqueta partidaria. Ofrece una advertencia: no hay proyecto nacional viable al margen de los límites biofísicos.
La discusión abierta en Panamá Revista es legítima. Pero la pregunta de fondo es: ¿renovar para administrar mejor el mismo paradigma o renovar para redefinirlo?
Desde esta perspectiva, la verdadera renovación —para el peronismo y para cualquier fuerza política que aspire a gobernar— será ecosocial o será irrelevante frente a los complejos desafíos materiales del siglo XXI.
