Lenguaje, territorio, crisis ecosocial y cultura de la entrega

Por Carlos Merenson – La (Re) Verde

En la escena pública argentina —en estudios de televisión, en tribunas políticas, en sobremesas cargadas de frustración— se repite una fórmula que parece inocente: “en este país”. Funciona como explicación resignada o como acusación estructural. Rara vez se escucha “en nuestro país”. La diferencia no es retórica. Es sintomática.

Detrás de ese demostrativo hay algo más que distancia gramatical. Hay una disposición cultural. “Este país” suele pronunciarse en clave comparativa, con un modelo implícito situado en otra parte: los países “serios”, los países “normales”, los que “funcionan”. El parámetro está afuera; la falla, adentro.

Esa admiración persistente por lo extranjero —que no es apertura sino subordinación simbólica— convive con una forma de menosprecio hacia lo propio. El país aparece como anomalía permanente, como obstáculo estructural, como escenario defectuoso. Se lo mira desde afuera aun cuando se lo habita desde adentro.

No estamos ante un simple giro lingüístico. Estamos ante una cultura de la entrega: una matriz mental que naturaliza la evaluación externa y convierte al territorio en objeto disponible para ser corregido, adaptado o puesto en valor según estándares ajenos.

Un ejemplo elocuente de esta lógica aparece cuando el presidente Javier Milei fija metas nacionales en términos de “ser como Irlanda”, “alcanzar a Italia” o “convertirnos en Estados Unidos en tantos años”. Más allá de la viabilidad económica de esas comparaciones, lo significativo es el encuadre simbólico: el horizonte no es desplegar un proyecto arraigado en la singularidad territorial argentina, sino aproximarse a trayectorias externas consagradas como modelo. El éxito se define por semejanza. El parámetro vuelve a estar afuera.

No se trata de rechazar el intercambio ni de idealizar lo nacional. Se trata de advertir una disposición que debilita el vínculo de pertenencia y facilita la disponibilidad del territorio.

Las palabras no son neutras. La gramática organiza relaciones. “Este” señala algo que está ahí, frente al hablante, sin implicarlo. “Nuestro”, en cambio, introduce corresponsabilidad. Supone que aquello que se nombra forma parte de la propia trama de obligaciones.

La reiteración de “este país” expresa así una gramática de la desafección. El país se convierte en objeto de diagnóstico, no en comunidad habitada.

Este fenómeno puede abordarse desde distintos ángulos: histórico, cultural, político o psicológico. Aquí lo analizamos desde una perspectiva ecologista, porque esa distancia simbólica no es inocua: tiene consecuencias materiales.

Durante décadas, el país fue concebido ante todo como plataforma económica. Se lo mide por su PBI, su tasa de inversión, su volumen exportador, su competitividad. El territorio se traduce en activos, insumos y “recursos naturales”. La naturaleza deviene inventario.

En ese marco, el habitante es productor y consumidor; el país, una unidad de rendimiento.

Pero un país no es una abstracción contable. Es suelos fértiles, ríos vivos, glaciares, biodiversidad, ciclos de energía que sostienen la vida social. Es un metabolismo socioecológico que opera dentro de umbrales físicos. Ninguna economía puede expandirse indefinidamente sobre una base material finita.

Sin embargo, el productivismo —en sus variantes liberales o progresistas— continúa funcionando como horizonte incuestionado. Cuando el crecimiento se frena, no se interroga el paradigma; emerge “este país” como explicación. El demostrativo desplaza la crítica: no falla el modelo, falla el territorio.

En economías primarizadas, esa lógica se materializa en el extractivismo. El territorio se vive como reservorio de insumos antes que como trama ecológica. Se aceleran concesiones, se flexibilizan controles, se subordinan los tiempos naturales a la urgencia financiera. La regeneración queda supeditada a la renta.

Aquí la cultura de la entrega adquiere espesor material: no sólo se admira el modelo externo, también se ofrece el territorio como mercancía competitiva. El país deja de ser heredad para convertirse en oportunidad.

Frente a esa lógica es necesario recuperar otra categoría: la heredad natural. El territorio no es propiedad absoluta ni stock disponible. Es un legado recibido y una responsabilidad hacia quienes vendrán. Somos custodios transitorios de condiciones que no creamos y que no podemos sustituir.

En ese sentido, estamos hablando de patria, pero no en clave épica ni excluyente. Patria no como consigna ni como frontera simbólica, sino como el lugar que nos precede y nos excede; como comunidad de vida situada en un territorio concreto; como trama ecológica y cultural que hace posible nuestra existencia. No una identidad cerrada, sino una responsabilidad compartida.

Entendida así, la patria es un límite material y ético: el límite físico que nos sostiene y el límite moral que nos obliga. Nombrarla de este modo no encierra; compromete.

La democracia moderna redujo el “nosotros” a la comunidad de productores y consumidores humanos. Una perspectiva ecosocial ensancha ese sujeto político: incluye generaciones futuras, ecosistemas y otras formas de vida. El país deja de ser plataforma y vuelve a ser territorio habitado.

Mientras el país sea evaluado exclusivamente por su rendimiento, seguirá siendo “este país”: objeto de comparación y disponibilidad. Cuando lo asumamos como territorio finito que sostiene nuestra vida común, dejará de ser escenario y volverá a ser comunidad.

La transición ecológica no empieza en la tecnología. Empieza en el vínculo que establecemos con el lugar que habitamos. No es un problema de retórica. Es una definición política sobre cómo decidimos habitar.