Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
La Huella Ecológica (HE) y la Biocapacidad (B) constituyen hoy dos de los indicadores más robustos para evaluar la sostenibilidad material de las economías. Ambos se expresan en hectáreas globales (gha), una unidad que representa una hectárea con la productividad biológica promedio del planeta en un año determinado. No equivale a una hectárea física concreta, sino a una superficie estandarizada que permite comparar territorios con productividades diferentes: una hectárea en la Pampa húmeda, en la Amazonía o en el Altiplano no genera la misma cantidad de biomasa; la gha corrige esa diferencia.
En esta métrica, la Biocapacidad expresa la capacidad de los ecosistemas para regenerar recursos y absorber residuos —especialmente CO₂—, mientras que la Huella Ecológica mide la demanda humana de superficie bioproductiva. Cuando la Huella supera la Biocapacidad se configura un déficit ecológico; cuando ocurre lo contrario, existe superávit o reserva ecológica. La gha no mide dinero ni valor de mercado: mide capacidad regenerativa y presión biofísica.
A escala global, la humanidad vive en sobregiro ecológico desde hace décadas: la Huella total excede la Biocapacidad del planeta. Cada año se consume más de lo que la biosfera puede regenerar en el mismo período, lo que implica liquidación de capital natural y acumulación de pasivos ambientales.

En ese marco, las principales potencias económicas operan en déficit estructural. Estados Unidos, la Unión Europea en su conjunto y buena parte de Asia consumen sistemáticamente más biocapacidad de la que sus territorios pueden regenerar. Su metabolismo depende de la apropiación de superficie ecológica externa mediante comercio, importación de energía y externalización de impactos.



Es en este escenario donde la posición de Sudamérica adquiere relevancia estratégica. A diferencia de los polos industriales del norte, la región mantiene —en términos agregados— un saldo positivo entre Huella y Biocapacidad. Continúa figurando como acreedora ecológica. Sin embargo, esa condición no es garantía de estabilidad futura.

La pregunta central es inevitable: ¿puede sostenerse ese superávit bajo un modelo basado en la exportación intensiva de biocapacidad?
Magnitudes comparativas (1990–2023)
Durante las últimas tres décadas, Sudamérica ha conservado superávit ecológico agregado, aunque con reducción progresiva del margen disponible.
Brasil presenta una biocapacidad per cápita que oscila entre 7 y 9 gha, frente a una huella entre 2,5 y 3,5 gha. Bolivia mantiene niveles similares de biocapacidad con una huella inferior. Perú y Colombia exhiben superávits más moderados. Ecuador muestra un margen más estrecho y en retroceso. Argentina registra actualmente alrededor de 5,8 gha de biocapacidad per cápita frente a 3,3 gha de huella.
En los años noventa, varios países —Argentina entre ellos— disponían de biocapacidades per cápita superiores a las actuales. El crecimiento poblacional, la intensificación productiva y el aumento de la huella vinculada a exportaciones han reducido esa brecha.
La región sigue siendo acreedora, pero la tendencia es convergente.
La base material del superávit
El saldo positivo descansa en:
- Grandes masas forestales.
- Suelos agrícolas de alta productividad.
- Abundante agua dulce.
- Reservas minerales estratégicas.
- Baja densidad demográfica relativa.
Pero esa base está siendo sometida a presiones crecientes.
La expansión del agronegocio, la deforestación, la minería a cielo abierto, la extracción de litio en salares altoandinos y los hidrocarburos no convencionales intensifican la extracción de materia y energía a ritmos que erosionan fuentes y saturan sumideros.
Extractivismo y erosión de biocapacidad
En Brasil, la frontera agropecuaria avanza sobre la Amazonía. En el Gran Chaco —Paraguay y norte argentino— la deforestación asociada a carne y soja figura entre las más aceleradas del mundo. En Argentina, más de 16 millones de hectáreas dedicadas a soja implican simplificación ecológica del territorio y creciente dependencia de insumos fósiles.
Perú exporta cobre y oro mediante minería a cielo abierto que remueve grandes volúmenes de material y presiona cuencas altoandinas. Bolivia y el norte argentino abastecen de litio a la transición energética global, alterando equilibrios hídricos frágiles.
Ecuador depende del petróleo amazónico incluso en zonas de altísima biodiversidad y constituye uno de los casos más claros de aproximación a un punto de inflexión en el balance Huella–Biocapacidad. Venezuela representa la monodependencia hidrocarburífera extrema.

Se exportan commodities; se reduce capital ecológico.
Estudio de caso: Argentina
Argentina sintetiza la ambivalencia regional.
Biocapacidad per cápita: ~5,8 gha
Huella ecológica per cápita: ~3,3 gha
Superávit: ~2,5 gha

Si toda la humanidad consumiera como Argentina, el planeta agotaría sus recursos anuales hacia comienzos de julio. El país es acreedor neto, pero su intensidad metabólica es elevada.
Desde 1990, el patrón productivo se consolidó en torno al complejo sojero, la ganadería exportadora, hidrocarburos y minería incipiente. La huella asociada a exportaciones netas ha crecido más rápido que la regeneración per cápita disponible.
El riesgo no es abrupto. Es acumulativo.
Transferencia ecológica estructural
Sudamérica exporta granos, carne, minerales estratégicos y energía fósil. Cada tonelada incorpora suelo fértil, agua, energía solar acumulada y capacidad de absorción de residuos.
La región es acreedora en términos contables, pero funciona como proveedora estructural de biocapacidad para economías deudoras.
El antecedente africano demuestra que una región puede perder su condición de acreedora sin transformarse en potencia industrial. La degradación acumulativa basta.

El límite biofísico
Si la reducción de biocapacidad continúa a mayor ritmo que la regeneración, el superávit regional puede transformarse en déficit. No sería inmediato ni homogéneo, pero implicaría pérdida de soberanía material en un planeta ya en sobregiro.
La cuestión no es moral sino biofísica. Un metabolismo expansivo inserto en una biosfera finita enfrenta restricciones inevitables.
Sudamérica aún dispone de margen. Pero ese margen no es infinito.
Ser acreedor ecológico en el siglo XXI no es un privilegio permanente.
Es una responsabilidad estratégica.
Cuando la Huella supera la Biocapacidad, el déficit no se negocia. Se paga.
