Imagen compuesta a partir de tres obras originales del artista Pawel Kuczyński
Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
Nací en diciembre de 1949, en el umbral de lo que pronto se consolidaría como la sociedad de consumo de masas. Mi generación fue educada en la convicción de que el progreso era lineal e incuestionable. Nos enseñaron que producir más equivalía a vivir mejor, que el crecimiento garantizaba bienestar y que el desarrollo no reconocía límites materiales. Durante décadas asumimos ese relato como evidencia. Con el paso del tiempo, comprendí que muchas de aquellas certezas eran parciales —y algunas, sencillamente falsas.
Ustedes, la Generación Z, no habitan simplemente una época de cambios. Habitan una fractura histórica. Son la primera generación cuya identidad se forma bajo mediación digital permanente, pero también la primera que enfrenta límites materiales evidentes: inflación crónica, deuda estructural, deterioro ecológico palpable. Para ustedes, el futuro no es una promesa abstracta; es una ecuación incierta.
Se los acusa de individualistas. Permítanme decir algo desde mi experiencia: no veo egoísmo, veo defensa. Cuando las instituciones pierden credibilidad, cuando el trabajo ya no garantiza estabilidad y cuando el horizonte colectivo se vuelve difuso, el “yo” se convierte en refugio.
Entiendo ese repliegue.
Veo cómo la cultura del rendimiento los atraviesa. Se les exige estar disponibles, ser competitivos, optimizar cada minuto. No necesitan un capataz: el mandato está internalizado. Se autoexigen porque el sistema les dice que, si no lo hacen, quedarán afuera. Eso no es un defecto moral; es una adaptación a la precariedad.
También veo cómo su identidad queda mediada por plataformas que transforman la visibilidad en valor y el valor en métrica. Todo parece cuantificable: seguidores, rendimiento, productividad. Pero detrás de esa lógica hay una presión silenciosa: convertir la vida en capital.
Comprendo que, ante ese escenario, la autonomía individual parezca la única salida razonable.
Sin embargo, aquí quiero plantearles una pregunta que mi generación tardó demasiado en hacerse: ¿puede existir autonomía real en un sistema que depende de una expansión infinita sobre un planeta finito?
Muchos de ustedes encuentran en discursos libertarios una narrativa atractiva. Prometen independencia frente a un Estado ineficiente. Prometen que el mercado liberado resolverá las distorsiones. Prometen soberanía individual absoluta.
Pero hay un punto que no se discute lo suficiente: ni el mercado ni el Estado operan en el vacío. Ambos dependen de una base física. Suelos, agua, energía, clima. Cuando esa base se erosiona, la libertad se vuelve retórica.
Les hablo desde la experiencia de haber creído en el crecimiento como solución universal. El consenso productivista —esa idea de que siempre hay que producir más, extraer más, exportar más— nos trajo hasta aquí. Pero cuando producir más implica degradar acuíferos, agotar suelos y multiplicar sequías, el crecimiento deja de ser progreso y se convierte en deterioro.
La crisis ecológica no es un paisaje lejano. Es el precio de los alimentos, el costo del alquiler, el calor extremo en las ciudades, la fragilidad de la infraestructura. Es biográfica. Afecta sus proyectos de vida.
También afecta su salud mental.
Si la sociedad es un organismo, su metabolismo está acelerado más allá de lo sostenible. Consumimos naturaleza más rápido de lo que se regenera. Del mismo modo, el sistema consume su tiempo, su energía y su atención como si fueran inagotables. No lo son.
Por eso quiero proponerles algo que puede sonar contracultural: la verdadera rebeldía hoy no es pedir menos límites; es reconocer los límites correctos.
Autonomía real no significa aislamiento. Significa asegurar colectivamente las condiciones materiales que hacen posible la libertad individual. Sin agua, sin suelos fértiles, sin estabilidad climática, no hay emprendimiento viable ni proyecto personal duradero.
Tal vez la transgresión de su generación no sea expandir indefinidamente el mercado, sino redefinir el éxito. Reducir la jornada para recuperar el tiempo. Fortalecer lo local para disminuir vulnerabilidades externas. Democratizar decisiones sobre energía y territorio. Priorizar suficiencia antes que acumulación abstracta.
Mi generación confundió expansión con libertad. Ustedes tienen la oportunidad de distinguir entre fantasía de autonomía y autonomía viable.
Les dejo una última pregunta, no como reproche sino como invitación:
¿qué tipo de libertad quieren construir, una que dependa de una expansión sin fin o una que pueda sostenerse dentro de los límites del mundo real?
Si logran desplazar el eje desde la obsesión por crecer hacia la construcción de condiciones de vida suficientes y regenerativas, el malestar que hoy sienten puede convertirse en potencia política.
No se trata de renunciar a la libertad. Se trata de hacerla posible.
