Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
La crisis energética que atraviesa Cuba suele explicarse —con razón— como consecuencia directa del bloqueo económico y naval impuesto a la isla desde 1962, vigente bajo diversas modalidades y constitutivo del caso más prolongado y sistemático de bloqueo en la historia latinoamericana contemporánea. Lejos de tratarse de un resabio de la Guerra Fría, se trata de una política activa, continuamente actualizada mediante nuevas herramientas jurídicas y financieras. Desde la ecología política, estas formas de coerción violan principios elementales de justicia ambiental y de responsabilidad diferenciada, al imponer deliberadamente cargas metabólicas y restricciones materiales sobre una sociedad periférica, profundizando la desigual distribución global de la energía y transfiriendo los costos sociales y ecológicos a poblaciones vulnerables.
Ahora bien, reducir la situación cubana exclusivamente al bloqueo impide ver una dimensión más profunda y perturbadora: Cuba también funciona hoy como un anticipo involuntario de los dilemas que enfrentará el mundo cuando el régimen energético fósil entre definitivamente en declive. Reconocer esta dimensión estructural no equivale a relativizar ni justificar el bloqueo; por el contrario, permite comprender hasta qué punto la vulnerabilidad energética se vuelve más cruel y más conflictiva cuando se combina con asfixia geopolítica.
La energía fósil no es un insumo más. Es la condición material que sostiene el transporte global, la agricultura industrial, la urbanización extensiva, las cadenas logísticas, la producción de bienes, los servicios básicos y, en última instancia, la vida cotidiana tal como hoy la conocemos. Cuando ese flujo se interrumpe —ya sea por sanciones, por escasez física, por encarecimiento extremo o por conflictos internacionales— el impacto no es sectorial: es sistémico.
Cuba muestra con crudeza esa realidad. Apagones prolongados, restricciones al transporte, dificultades en la producción y distribución de alimentos, tensiones sociales crecientes. Nada de esto resulta ajeno a lo que podría ocurrir en otras latitudes cuando el cenit petrolero deje de ser una hipótesis académica y se manifieste como límite material efectivo.
La diferencia es que, a escala global, el descenso energético no adoptará la forma de un bloqueo homogéneo, sino de una competencia desigual por recursos menguantes. Algunos países contarán durante un tiempo con amortiguadores financieros, tecnológicos o militares; otros quedarán expuestos de manera inmediata. Pero la lógica subyacente será la misma: no hay transición energética posible sin reducción del consumo, y no hay sustitución tecnológica capaz de replicar la densidad, versatilidad y escala del petróleo barato.
El discurso dominante insiste en una transición ordenada, guiada por el mercado y la innovación, sin cuestionar el crecimiento permanente ni el derroche energético. La experiencia cubana desmiente esa narrativa. Cuando la energía escasea, la adaptación no es elegante ni incruenta; es conflictiva, improvisada y socialmente costosa.
Paradójicamente, Cuba conserva capacidades estatales de organización, racionamiento y priorización que muchas sociedades hoy celebradas como avanzadas han desmantelado en nombre del mercado. Esto no elimina el sufrimiento, pero sí recuerda que la vulnerabilidad energética es también una vulnerabilidad política. Allí donde el Estado se retiró, el shock energético tenderá a traducirse en mayor exclusión y violencia.
Por eso, Cuba no debe leerse como una anomalía exótica ni como una advertencia ideológica, sino como un recordatorio material. El fin de la energía fósil barata no será una transición verde y armoniosa, sino un proceso desigual, territorializado y cargado de conflictos si no se lo encara con realismo ecológico y decisión política.
Negar el cenit petrolero, confiar en el tecno-solucionismo o postergar indefinidamente el debate sobre el decrecimiento energético no hará que el problema desaparezca. Solo garantiza que, cuando el límite se imponga, lo haga de la peor manera.
En ese espejo incómodo que hoy es Cuba, el mundo haría bien en mirarse sin complacencia. No para copiar su realidad, sino para comprender —antes de que sea demasiado tarde— que la crisis energética no es una anomalía pasajera, sino el preludio de un cambio civilizatorio que ya está en marcha.
