Por Carlos Merenson – La (Re) Verde

La reciente criminalización de Jorge Riechmann —pensador, poeta, profesor y activista ecológico— nos interpela como sociedad, ética y políticamente. El artículo Cuando defender la Tierra se convierte en delito expone con precisión la injusticia que significa llevar a juicio penal a una persona por ejercer —de forma no violenta— el derecho y el deber de proteger la vida frente a la crisis climática sistémica que atravesamos.

Riechmann y sus compañeros no fueron acusados por delitos de violencia, corrupción o abuso de poder, sino simplemente por exigir que la política y el derecho respondan a la ciencia y a la urgencia de una emergencia ecológica global. La protesta pacífica que protagonizaron en 2019, en Madrid, fue una respuesta legítima ante la parálisis de los poderes públicos frente al colapso climático y la destrucción de los fundamentos de la vida.

La lógica que subyace a este proceso penal es profundamente perversa: mientras quienes aceleran la destrucción ecológica permanecen impunes, quienes alertan del abismo son perseguidos. Esto no es un hecho aislado, es una expresión clara de cómo el aparato jurídico y político prioriza la reproducción del sistema que devora ecosistemas y vidas, castigando a quienes cuestionan sus cimientos.

En contextos como el latinoamericano, la violencia contra defensores de la tierra es aún más explícita y letal: mujeres y hombres que protegen territorios, ríos y bosques sufren amenazas, hostigamiento judicial y asesinatos, precisamente porque representan un obstáculo para la expansión extractivista y la mercantilización de la vida.

Por eso, expresar solidaridad con Riechmann no es solo respaldar a una persona frente a un juicio injusto; es reivindicar que la defensa de la Tierra y de las condiciones de vida de las generaciones presentes y futuras no puede ser tratada como un crimen. Defender los bienes comunes es una obligación moral, política y humana, y merece reconocimiento y protección —no sanción— por parte de los sistemas legales.

Que esta solidaridad se traduzca en acción significa:

  • Visibilizar el caso y oponerse a la criminalización de la protesta pacífica.
  • Reclamar la absolución de Riechmann y sus compañeros.
  • Exigir marcos legales que reconozcan el derecho a un ambiente sano como un derecho fundamental, no como un obstáculo a la gestión del statu quo.
  • Fortalecer las redes sociales, culturales y políticas que sostienen las luchas ecosociales frente a las miradas que tratan de neutralizarlas.

En defensa de la tierra, la democracia no puede ser excusa para silenciar voces. Defender la Tierra no es un delito: es una responsabilidad colectiva que nos concierne a todas y todos.

Antonio Gamoneda encabeza las más de mil firmas recogidas contra la criminalización de la protesta climática

Se agradecen apoyos (tanto personales como de organizaciones) contra la represión de la protesta climática