Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
El conflicto que esconde un proceso global
Las imágenes de carpinchos en los barrios privados de Nordelta fueron tratadas por los medios como una curiosidad o una «plaga urbana» que requería control. Sin embargo, este conflicto aparentemente local expresa, en una escala mínima y brutalmente clara, el mismo proceso estructural que hoy atraviesa al planeta entero.
El problema no es una invasión, sino un desplazamiento. La verdadera naturaleza del conflicto se resume en una idea fundamental:
Nordelta no fue invadida por carpinchos. Fue construida sobre su hábitat
Este evento, por lo tanto, no es una anécdota, sino un punto de partida preciso para comprender un concepto mucho más amplio y alarmante: la gran sustitución biológica que está redefiniendo la vida en la Tierra.
La sustitución biológica: una clave de lectura
El conflicto de Nordelta es la expresión local de un proceso de ocupación biológica del territorio. Este concepto describe cómo la expansión humana no solo ocupa un espacio físico, sino que desplaza sistemáticamente a la vida silvestre y luego la criminaliza por no desaparecer a tiempo.
En el caso de Nordelta, la transformación del ecosistema original se basó en tres acciones clave que aniquilaron el hábitat preexistente:
• Humedales: Ecosistemas funcionales que regulaban el agua fueron drenados y artificializados para crear lagunas estéticas.
• Cursos de agua: Los arroyos y ríos naturales fueron rectificados y canalizados para subordinarlos al diseño urbano.
• Vegetación: La flora nativa, sostén de la fauna local, fue eliminada y reemplazada por césped y paisajismo ornamental.
La consecuencia directa fue la transformación de un ecosistema funcional en un simple soporte inmobiliario para el consumo humano. Los carpinchos no son invasores; son los «restos vivos» de ese sistema ecológico destruido, la evidencia de una vida que ya no tiene territorio propio. Este microcosmos de desplazamiento en Nordelta no es una anomalía; es el modelo exacto que, al escalar, revela una transformación planetaria.
Del barrio al planeta: La biomasa mundial bajo una nueva luz
Para comprender la magnitud de este proceso es necesario cambiar de escala. Al observar la composición de la biomasa de vertebrados terrestres a nivel planetario, emerge un patrón inequívoco: durante milenios, la fauna silvestre constituía la mayor parte, mientras los humanos y sus animales domesticados ocupaban un lugar marginal. Hoy, esa relación se ha invertido por completo.
La siguiente tabla sintetiza este drástico cambio:
| Componente de la Biomasa | Composición Histórica (10.000 a.C.) | Composición Actual |
| Fauna Silvestre | Mayoritaria, ocupando el centro de ecosistemas complejos. | Residual, reducida a una fracción mínima. |
| Humanos y Domesticados | Marginal, una pequeña parte del total. | Dominante, constituyendo la inmensa mayoría. |
La conclusión más importante de esta transformación no es que hay «más vida». Lo que realmente significa es que hay «más apropiación de la vida». Este cambio representa una simplificación extrema de los ecosistemas, donde la diversidad es reemplazada por millones de toneladas de cuerpos humanos y animales genéticamente homogéneos, los cuales son enteramente dependientes de energía fósil, agua, agroquímicos, infraestructura y control tecnológico.
La paradoja del crecimiento: Más biomasa, menos planeta
El análisis se vuelve aún más inquietante cuando introducimos el concepto de capacidad de carga planetaria: la habilidad del sistema Tierra para sostener la vida. Desde el siglo XX, observamos tres tendencias simultáneas y alarmantes:
1. La biomasa humana y domesticada crece de forma exponencial.
2. La biomasa silvestre se reduce de manera sostenida.
3. La capacidad de carga del planeta para sostener toda esa vida desciende debido a la destrucción sistemática de los hábitats.
Si se observa la evolución reciente de la biomasa de vertebrados terrestres, el patrón es inequívoco: mientras la biomasa humana y la de los animales que la civilización industrial cría, controla y explota crece de manera acelerada, la biomasa de la fauna silvestre se reduce de forma continua. Este proceso no ocurre en un planeta con capacidad estable, sino sobre una base ecológica que se contrae: la destrucción de hábitats, la fragmentación de ecosistemas y la simplificación de los paisajes reducen de manera persistente la capacidad de carga de la Tierra. En ese contexto, el aumento de la biomasa humana no representa un crecimiento sobre suelo firme, sino una expansión que empuja hacia abajo a todas las demás formas de vida y compromete las condiciones mismas que sostienen nuestra propia existencia.
Este proceso de sustitución biológica y contracción de la capacidad de carga puede observarse de manera sintética en el siguiente gráfico.

Gráfico 1. Evolución de la biomasa de vertebrados terrestres humanos, domesticados y silvestres y reducción de la capacidad de carga ecológica.
Para ilustrar la magnitud de esta sustitución, consideremos dos ejemplos comparativos:
• Existen aproximadamente 200.000 lobos silvestres frente a más de 400 millones de perros domésticos.
• Quedan unos 900.000 búfalos africanos, pero hay más de 1.500 millones de vacas.
Aquí reside la paradoja central: el crecimiento de la biomasa humana y sus asociados no expande los límites del sistema. Por el contrario, los contrae. La humanidad no solo se acerca a los límites planetarios: los empuja hacia abajo. Cada nuevo incremento se apoya sobre un capital natural más degradado. Este es el núcleo material de la «bancarrota ecosocial»: un sistema que sigue expandiéndose mientras deteriora las condiciones biofísicas que lo sostienen.

Gráfico 2. La paradoja del crecimiento: expansión de la biomasa humana sobre una capacidad de carga planetaria en descenso. El núcleo material de la bancarrota ecosocial.
La crisis como una ocupación biológica
La conclusión incómoda pero ineludible es que la crisis ecológica actual no es solo un problema de clima o de contaminación. Es, fundamentalmente, una crisis de ocupación biológica del planeta.
Nordelta funciona como la metáfora final. Así como los carpinchos son la evidencia viva de un límite ecológicamente desbordado a nivel local, los grandes desastres globales —incendios, sequías, inundaciones— son las expresiones de una biosfera que ha entrado en un estado de sobresaturación estructural.
Hemos llegado a una fase de bancarrota ecosistémica de la biomasa. La Tierra ha sido convertida en una inmensa plataforma de producción y consumo para nuestro sistema económico, mientras la vida no domesticable es arrinconada, fragmentada o eliminada. Esto nos obliga a plantear la pregunta fundamental de nuestra era:
¿Puede una especie apropiarse de la mayor parte de la biomasa del planeta sin destruir las condiciones que hacen posible su propia existencia?
Toda la evidencia actual sugiere que la respuesta es no. Postergar el reconocimiento de este límite material solo garantiza que la corrección que, inevitablemente, impondrá la propia biosfera, sea mucho más abrupta y severa.
