Por Carlos Merenson – La (Re) Verde

El cambio climático se manifiesta hoy en el planeta de formas tangibles y aceleradas. Las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida, que en conjunto contienen aproximadamente dos tercios del agua dulce de la Tierra, están perdiendo masa a ritmos sin precedentes, contribuyendo al aumento del nivel del mar y alterando sistemas climáticos de alcance global. A la par, estos cambios físicos están reconfigurando la geopolítica en regiones que hasta hace poco parecían territorios marginales o inaccesibles.

El deshielo como evidencia del cambio climático

Los datos satelitales recopilados por misiones como GRACE y GRACE‑Follow On de la NASA muestran que, desde 2002, tanto Groenlandia como la Antártida han perdido masa de hielo de manera sostenida. Groenlandia registra una pérdida promedio cercana a los 266 mil millones de toneladas anuales, mientras que la Antártida pierde alrededor de 135 mil millones de toneladas por año en el mismo período, cifras que constituyen una contribución significativa al aumento del nivel del mar.

La evidencia climática es inequívoca: la temperatura global promedio ha aumentado, los océanos se calientan y las capas de hielo terrestres se están reduciendo, en estrecha relación con el incremento de gases de efecto invernadero de origen humano. Visualizaciones satelitales elaboradas por el Estudio de Visualización Científica de la NASA permiten observar con claridad la pérdida de masa de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida entre 2002 y 2023, con flujos acelerados y retrocesos sostenidos incluso en los años con datos incompletos.

Groenlandia: un laboratorio geopolítico del deshielo

Además de sus consecuencias físicas —como la contribución al aumento del nivel del mar y la alteración de sistemas oceánicos y climáticos a escala planetaria—, el acelerado deshielo de Groenlandia despliega implicancias geopolíticas de gran alcance. La retirada del hielo no solo transforma un territorio hasta hace poco inaccesible, sino que reconfigura su valor estratégico, expone recursos críticos, acelera dinámicas extractivas y tensiona los marcos de soberanía existentes. Groenlandia se convierte así en un espacio donde el cambio climático actúa como catalizador de disputas militares, económicas y políticas que exceden largamente el ámbito ambiental.

Groenlandia como territorio estratégico

La retirada del hielo devuelve a Groenlandia a una centralidad geopolítica que durante décadas había permanecido latente. Su ubicación, entre Norteamérica y Europa, la convierte en un punto clave para el control de las rutas marítimas árticas que, a medida que el hielo retrocede, reducen distancias y tiempos de tránsito entre los principales centros económicos del planeta. A esta ventaja geográfica se suma la dimensión militar: la base estadounidense de Thule, operativa desde la Segunda Guerra Mundial, continúa siendo un pilar de los sistemas de alerta temprana y defensa antimisiles. En un contexto de creciente competencia global, Groenlandia se integra así a la disputa estratégica entre Estados Unidos, Rusia y China por el control de un Ártico cada vez más accesible y relevante.

Recursos críticos bajo el hielo

El interés por Groenlandia no se explica solo por su posición estratégica, sino también por lo que yace bajo su superficie. El deshielo expone reservas de minerales críticos —tierras raras, uranio, hierro y níquel— indispensables para la industria tecnológica, militar y para las propias transiciones energéticas promovidas por las potencias. A ello se suman potenciales reservas de petróleo y gas en su subsuelo y en las aguas circundantes, cuya explotación se vuelve técnicamente más viable con el retroceso del hielo. De este modo, el Ártico deja de ser un límite natural y pasa a ser incorporado plenamente a la lógica extractivista global, aun cuando esa misma lógica profundiza la crisis climática que hace posible el acceso a esos recursos.

El cambio climático como acelerador geopolítico

Lejos de ser un telón de fondo, el cambio climático opera como un acelerador de estas dinámicas. El deshielo abre rutas marítimas, facilita la exploración y extracción de recursos y redefine prioridades estratégicas de los Estados. Al mismo tiempo, sus efectos trascienden el Ártico: el aporte al aumento del nivel del mar y la alteración de corrientes oceánicas impactan sobre ecosistemas y poblaciones a escala planetaria. Se configura así una paradoja civilizatoria: mientras el hielo desaparece como consecuencia del calentamiento global, las potencias interpretan ese mismo proceso como una oportunidad económica y estratégica, profundizando la dinámica que amenaza la estabilidad climática global.

Soberanía y dilema civilizatorio

La propuesta de Donald Trump de “comprar” Groenlandia, finalmente rechazada por Dinamarca y por el gobierno autónomo groenlandés, puso en evidencia la tensión entre soberanía local y ambición global. Más allá de su carácter provocador, el episodio reveló una lógica subyacente: en un mundo que se calienta y enfrenta crecientes restricciones materiales, los territorios estratégicos tienden a ser concebidos como activos geopolíticos antes que como espacios habitados y ecosistemas a preservar. Groenlandia condensa así un dilema civilizatorio más amplio: la confrontación entre intereses estratégicos de corto plazo y la necesidad de reconocer que los límites ecológicos —al igual que la soberanía de los pueblos— no son negociables.

De Groenlandia a la Antártida: la expansión de la geopolítica del deshielo

Lo que hoy se expresa de manera explícita en Groenlandia no constituye una excepción, sino un anticipo. La misma lógica que convierte al Ártico en un espacio de disputa estratégica comienza a proyectarse, de forma todavía incipiente pero creciente, sobre la Antártida. Aunque las diferencias jurídicas y políticas entre ambos territorios son significativas, el factor que los conecta es común: el cambio climático está modificando las condiciones materiales que hasta ahora habían limitado el acceso, la explotación y la disputa geopolítica sobre los grandes reservorios de hielo del planeta.

La Antártida se encuentra protegida formalmente por el Tratado Antártico, que congela los reclamos de soberanía y prohíbe la explotación de recursos minerales con fines comerciales. Sin embargo, este marco fue concebido en un contexto histórico en el que el continente era prácticamente inaccesible desde el punto de vista técnico y económico. El acelerado deshielo, el avance tecnológico y la creciente presión sobre recursos estratégicos comienzan a tensionar esos acuerdos, no mediante su ruptura abierta, sino a través de una acumulación de intereses científicos, logísticos, militares y tecnológicos que reconfiguran silenciosamente el equilibrio existente.

Al igual que en Groenlandia, la Antártida concentra enormes reservas de agua dulce, desempeña un rol central en la regulación del clima global y ocupa una posición estratégica en las dinámicas oceánicas y geopolíticas del hemisferio sur. A medida que el calentamiento global avanza, la tentación de reinterpretar los límites del Tratado Antártico —ya sea bajo el discurso de la investigación científica, la seguridad estratégica o la futura escasez de recursos— se vuelve cada vez más evidente.

Un espejo del futuro

Groenlandia y la Antártida quedan así unidas por una misma dinámica histórica: el pasaje del hielo como límite natural al hielo como activo geopolítico. Allí donde durante siglos el frío y la inaccesibilidad impusieron fronteras materiales, el cambio climático abre territorios, rutas y recursos que rápidamente son incorporados a la lógica del poder, la seguridad y la competencia entre Estados. El deshielo no solo transforma ecosistemas: reordena prioridades estratégicas y revela, con crudeza, las tensiones profundas de una civilización que, enfrentada a sus propios límites, insiste en expandirse.

La propuesta de Donald Trump de “comprar” Groenlandia condensa esta lógica de época. No se trata de una anomalía personal ni de un gesto aislado, sino de un síntoma temprano de un mundo que comienza a concebir los territorios polares como piezas disputables en un tablero global marcado por la escasez, la crisis climática y la competencia geopolítica. Lo que hoy se ensaya en el Ártico anticipa, bajo otras formas y con otros actores, presiones futuras sobre la Antártida, incluso a pesar de los marcos jurídicos internacionales que hoy la protegen.

Groenlandia se convierte así en un símbolo de poder y codicia, pero también en advertencia. Allí donde el hielo retrocede, emergen preguntas fundamentales que ya no pueden postergarse: ¿podremos redefinir nuestras prioridades antes de que los recursos, la soberanía y los ecosistemas que sostienen la vida queden definitivamente subordinados a la lógica de la competencia y la extracción? ¿Podremos reconocer los límites de nuestro mundo antes de que el Ártico —y mañana la Antártida— se conviertan en escenarios abiertos de una geopolítica del colapso?

En última instancia, lo que está en juego no es solo el destino de los grandes hielos del planeta, sino la capacidad de nuestra civilización para aceptar que existen fronteras que no pueden ser atravesadas sin consecuencias irreversibles. El deshielo expone territorios, pero también desnuda un interrogante decisivo: si incluso los últimos confines helados del planeta dejan de ser intocables, ¿qué espacio queda para imaginar un futuro que no esté regido por la expansión, la apropiación y la disputa permanente?