Imperio, adicción fósil y negación del límite

En conjunto no hay un sustituto para el petróleo debido a su alta densidad energética, la facilidad de su manejo, la multiplicidad de sus usos y los volúmenes en que ahora lo usamos. El pico de la producción mundial de petróleo, con el consiguiente e irreversible declive, será un punto de inflexión en la historia de la Tierra cuyo impacto mundial sobrepasará todo cuanto se ha visto hasta ahora. Y es seguro que ese acontecimiento tendrá lugar durante la vida de la mayoría de las personas que viven hoy. Walter Youngquist

Se acabó la Fiesta: guerra y colapso económico en el umbral del fin del petróleo…a una parte de la raza humana se le dio un golpe de suerte de riqueza y decidió dilapidar esa riqueza organizando una fiesta extravagante…Pero pronto la fiesta será un recuerdo lejano – no porque alguien decidió hacer caso a la voz de la moderación, sino debido a que el vino y la comida se han acabado y la dura luz de la mañana ha llegado. Richard Heinberg

Por Carlos Merenson – La (Re) Verde

El inicio de los ataques contra Venezuela fue presentado ante la opinión pública estadounidense como una cruzada sanitaria y moral: la lucha contra el narcotráfico y contra las drogas que, según el discurso oficial, estarían ingresando masivamente a Estados Unidos desde el Caribe. Bajo ese encuadre, la intervención aparecía como una respuesta defensiva frente a una adicción que amenazaba con corroer el tejido social y la seguridad interna. Sin embargo, esa explicación resulta tan funcional como insuficiente. El problema no es la droga que llega desde Venezuela, sino la adicción que parte desde Estados Unidos. No se trata de cocaína ni de opioides, sino de una dependencia mucho más profunda y estructural: la adicción al petróleo.

Estadísticas recientes lo ilustran con cifras concretas: Estados Unidos consume alrededor de 20–21 millones de barriles de petróleo por día, una de las tasas más altas del mundo. Aun con la producción interna fortalecida por el fracking, el país importa más de 8 millones de barriles diarios, con Canadá y otros proveedores como fuentes principales.

Su Reserva Estratégica de Petróleo, diseñada como protección ante crisis, equivale solo a unas tres semanas de consumo nacional. Y las reservas internas probadas no alcanzan para más de seis años al ritmo actual de uso. Estas cifras no describen una economía “autosuficiente”, sino un metabolismo energético que devora combustible fósil sin respetar límites materiales ni ecológicos.

Esta dependencia no es un rasgo cultural ni una desviación moral, sino el resultado histórico de un modelo económico y político construido sobre la expansión ilimitada del consumo energético. En este marco, el concepto de cenit petrolero resulta central para comprender la violencia contemporánea. Formulado originalmente para describir el momento en que la producción de petróleo alcanza su máximo histórico y comienza su declive irreversible, el cenit no anuncia la desaparición inmediata del recurso, sino el fin de su abundancia barata y fácilmente accesible.

Estados Unidos fue el primer gran caso empírico que confirmó esta tesis. Ya a mediados del siglo XX se había anticipado que su producción de petróleo convencional alcanzaría un máximo hacia comienzos de la década de 1970. La predicción se cumplió con notable precisión: en 1970 la producción estadounidense tocó su techo y comenzó a descender. A partir de ese momento, el país ingresó en una nueva fase histórica marcada por la dependencia creciente de importaciones, la exposición geopolítica y la progresiva subordinación de su política exterior a la garantía del suministro energético.

Desde entonces, la gestión del límite petrolero se convirtió en un problema político de primer orden. Las crisis energéticas de los años setenta no fueron episodios coyunturales ni meras distorsiones del mercado, sino la manifestación histórica de un límite estructural. Frente a ese límite, Estados Unidos no optó por una transformación profunda de su matriz energética y de su modo de vida, sino por una estrategia sistemática de desplazamiento del problema hacia el exterior. La militarización del acceso al petróleo, la intervención en regiones estratégicas y la construcción de enemigos funcionales deben leerse, en este sentido, como respuestas a una adicción que el sistema se niega a reconocer como tal.

El fracking como postergación, no como superación

Décadas más tarde, el desarrollo masivo del fracking permitió reescribir parcialmente el relato. Estados Unidos volvió a presentarse como potencia energética “autosuficiente”, incluso como exportador neto. Pero esta recuperación no refutó el cenit petrolero: lo desplazó en el tiempo a costa de profundizar sus contradicciones.

El petróleo no convencional es más caro, más intensivo en energía, más destructivo desde el punto de vista ambiental y más frágil desde el punto de vista financiero. Su rentabilidad depende de precios elevados, endeudamiento permanente y subsidios implícitos. Lejos de inaugurar una era de abundancia, el fracking consolidó una huida hacia adelante: más extracción para sostener un modelo que ya no puede reproducirse en sus propios términos.

Desde una perspectiva histórica, el fracking cumple la misma función que otras soluciones tecnológicas tardías en imperios en decadencia: ganar tiempo, no resolver el problema de fondo. Y el tiempo ganado suele ser utilizado no para reorganizar el sistema, sino para intensificar su lógica predatoria.

Productivismo y fósiles: una pareja explosiva

El productivismo y los combustibles fósiles conformaron una pareja singular que, en permanente interacción y retroalimentación, impulsó una expansión económica y tecnológica sin precedentes. El resultado fue un crecimiento exponencial de las principales variables económicas acompañado de un decrecimiento igualmente acelerado de los recursos naturales y de los servicios ecosistémicos que no solo hacen posible la actividad económica, sino la vida misma en el planeta.

Tras casi tres siglos de convivencia, las señales de crisis son inequívocas. Mientras los combustibles fósiles avanzan de manera irreversible hacia su cenit, el productivismo —preso de su propio impulso— ha adquirido una dinámica de crecimiento infinito que le impide detenerse, e incluso ralentizar su marcha.

Frente a este desajuste estructural, la tecnoburocracia política y empresarial se obsesiona con sostener un metabolismo económico crecientemente irracional, apelando a combustibles fósiles no convencionales —de altísimo impacto ecosocial y bajísimas tasas de retorno energético—, a megaproyectos hidroeléctricos o, en un gesto desesperado, a la reapertura del horizonte nuclear. Todo ello sin advertir que, en un sistema profundamente desequilibrado, más energía no resuelve el problema, sino que lo agrava: acelera el agotamiento de materiales, profundiza la contaminación y exacerba las desigualdades sociales.

En el mismo sentido, distintos análisis coinciden en que, si no se cuestiona el modelo de crecimiento socioeconómico vigente, las energías renovables resultan incapaces de cubrir una demanda estructuralmente sobredimensionada. El problema no es la falta de energía, sino la persistencia de una racionalidad productivista que se rehúsa a reconocer el límite.

No necesitamos más y más energía. Necesitamos detener la sinrazón del productivismo.

Venezuela y el hambre estructural de petróleo

En este marco, el ataque de Estados Unidos a Venezuela no puede interpretarse como un episodio aislado ni como una reacción coyuntural frente a un gobierno específico. Venezuela concentra las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, precisamente en un momento histórico en el que el acceso a crudo barato, abundante y políticamente controlable se vuelve cada vez más difícil.

La agresión no responde a una desviación personal de un presidente excéntrico, sino a una necesidad estructural del imperio. Donald Trump no inventó esa lógica: la expresó sin eufemismos. Allí donde otros administradores del poder recurrieron al lenguaje de los derechos humanos, la democracia o la estabilidad regional, Trump habló de petróleo, control y dominio. En ese sentido, su brutalidad discursiva no es un exceso, sino una sinceridad.

El paralelismo con ciertos emperadores romanos resulta inevitable. En las fases tardías del Imperio, la expansión dejó de ser una estrategia de crecimiento para convertirse en una política defensiva: conquistar para sostener lo ya conquistado, saquear para alimentar una maquinaria que ya no producía lo suficiente. La violencia no era señal de fortaleza, sino de agotamiento.

Trump encarna ese momento crepuscular. No gobierna un imperio en ascenso, sino uno atrapado en su propia dependencia material. Su retórica autoritaria, su desprecio por los acuerdos multilaterales y su exaltación de la fuerza no son anomalías personales, sino síntomas de una civilización incapaz de aceptar el límite.

Leída de este modo, la agresión a Venezuela no solo responde a una coyuntura energética, sino que expresa una forma histórica de ejercer el poder cuando la base material del imperio comienza a agotarse.

Leída en perspectiva comparada, la agresión contra Venezuela deja de ser una anomalía y se revela como parte de un patrón histórico consistente. La relación entre reservas petroleras y conflictividad inducida por Estados Unidos no es accidental ni episódica. Allí donde el control político del recurso no está garantizado, la diplomacia cede rápidamente su lugar a la coerción, la desestabilización o la guerra abierta. El siguiente cuadro sintetiza esta relación entre geografía del petróleo y violencia imperial, mostrando con claridad que la distribución de los conflictos no responde a criterios morales ni humanitarios, sino a la lógica del acceso y control de un recurso estratégico en un contexto de creciente escasez.

PaísReservas certificadas de petróleo (millones de barriles)Conflictos armados / intervenciones impulsadas por EE. UU.
Venezuela300.000+Intentos de golpe de Estado, sanciones económicas, bloqueo financiero, operaciones encubiertas, amenazas e intentos de intervención militar directa.
Arabia Saudita266.000No. Aliado estratégico. Apoyo militar, ventas masivas de armas y respaldo político a conflictos regionales.
Canadá169.000No. Aliado estratégico. Integración energética y geopolítica sin intervención militar.
Irán158.000Sí. Golpe de Estado (1953), sanciones, sabotajes, amenazas militares, guerra indirecta y presión permanente.
Irak142.000Sí. Guerra del Golfo (1991), invasión y ocupación (2003), guerra prolongada y control estratégico del territorio.
Kuwait100.000Sí (indirecto). Guerra del Golfo (1991) con intervención militar masiva de EE. UU.
Emiratos Árabes Unidos97.000No. Aliado estratégico. Cooperación militar y energética.
Rusia80.000No conflicto directo, pero sí guerra indirecta: sanciones, cerco geopolítico y presión energética.
Libia48.000Sí. Intervención militar directa (2011), destrucción del Estado y guerra civil prolongada.
Nigeria37.000No invasión directa. Presencia militar y apoyo a fuerzas locales en conflictos ligados al petróleo.

El cuadro confirma lo que el discurso oficial se esfuerza por ocultar: no hay una política energética neutral, ni una geopolítica de los “valores”. Los países con mayores reservas que se integran disciplinadamente al orden imperial son protegidos; aquellos que buscan autonomía o disputan el control del recurso se convierten en amenazas. Venezuela, con las mayores reservas certificadas del planeta, ocupa por ello un lugar central en esta cartografía de la violencia: no por lo que hace, sino por lo que posee, en un mundo que ha superado el cenit del petróleo convencional y se niega a aceptar las consecuencias de ese límite.

En el espejo de César y Heliogábalo: el imperio frente al límite

La tentación de comparar a Donald Trump con figuras del pasado suele caer en caricaturas fáciles. Sin embargo, si se abandona la anécdota y se observa la estructura histórica, el paralelismo con ciertos emperadores romanos resulta no solo pertinente, sino esclarecedor. No se trata de identificar rasgos psicológicos comunes, sino de comprender qué tipo de liderazgo emerge cuando un imperio comienza a chocar contra sus límites materiales.

Julio César encarna el momento de inflexión en el que la República romana deja de ser gobernable bajo sus propias reglas. Su ascenso no fue un accidente ni una traición individual, sino la consecuencia de un sistema que ya no podía sostener su expansión sin recurrir a la concentración extrema del poder. Las guerras de conquista —especialmente en la Galia— no respondieron únicamente a ambiciones personales: eran necesarias para alimentar una economía política basada en el botín, los tributos y la esclavitud.

Roma, como Estados Unidos hoy, había construido su grandeza sobre una lógica expansiva que requería recursos externos crecientes. Cuando la expansión territorial comenzó a mostrar signos de saturación, la solución no fue la redistribución ni la reforma profunda, sino la militarización de la política. César cruza el Rubicón porque el orden republicano ya no podía garantizar la continuidad material del imperio. Trump, en su propio registro histórico, actúa del mismo modo: desprecia las mediaciones institucionales porque estas se vuelven obstáculos frente a una urgencia estructural: asegurar el acceso a los recursos estratégicos que sostienen el poder imperial.

Heliogábalo, en cambio, representa otra fase: no la del ascenso autoritario que reorganiza el sistema, sino la del desgobierno excéntrico de un imperio que ya ha perdido su horizonte histórico. Su figura suele ser reducida al escándalo moral, pero lo relevante no es su extravagancia, sino el contexto que la hizo posible. Heliogábalo gobierna una Roma agotada, dependiente de provincias cada vez más inestables, sostenida por un aparato militar sobredimensionado y desconectada de cualquier proyecto de largo plazo.

En ese sentido, Trump se aproxima más a Heliogábalo que a César. No busca fundar un nuevo orden; administra el colapso con brutalidad y negación. Su desprecio por el conocimiento experto, su rechazo de la ciencia climática, su impulsividad geopolítica y su fascinación por la fuerza no son signos de poder, sino de vacío estratégico. Como en la Roma tardía, el espectáculo reemplaza a la política y la violencia sustituye a la planificación.

Negar el cambio climático antropogénico para no nombrar el petróleo

El negacionismo climático se inscribe exactamente en esta misma matriz. Reconocer el cambio climático implicaría admitir la necesidad de dejar bajo tierra una parte sustancial de las reservas fósiles. Pero hacerlo equivaldría a aceptar que el modelo de acumulación, consumo y poder geopolítico construido en torno al petróleo ha llegado a su fin.

Negar el cambio climático es, en última instancia, negar el cenit petrolero. Es una estrategia de supervivencia discursiva: si no hay límite climático, tampoco hay límite energético; si no hay límite energético, el imperio puede seguir actuando como si la historia no hubiera cambiado.

Por eso el negacionismo no es ignorancia, sino voluntad política. No es falta de información, sino rechazo consciente de una verdad incompatible con la continuidad del poder. La misma lógica que impulsa la agresión a Venezuela impulsa la descalificación del consenso científico: ambas buscan sostener artificialmente una forma de dominación que depende de un recurso en declive.

El límite, la historia y la decisión política

El cenit petrolero no es una hipótesis técnica ni un debate académico pendiente. Es un hecho histórico que estructura el presente. Define las guerras que se libran, los discursos que se niegan y las formas de poder que se endurecen. La agresión a Venezuela, el negacionismo climático y la deriva autoritaria de las potencias centrales no son fenómenos separados: son expresiones convergentes de una civilización que se resiste a aceptar que su base material se ha vuelto insostenible.

Si se suman las reservas certificadas de los principales países petroleros del planeta, el resultado ronda los 1,4 billones de barriles de petróleo. A un ritmo de consumo mundial cercano a los 100 millones de barriles diarios, ese volumen alcanzaría, en el mejor de los casos, para algo más de 38 años de consumo global. Esta cifra, que suele ser ocultada o relativizada, no describe un futuro de abundancia, sino un horizonte de agotamiento. Y ni siquiera contempla que una parte sustancial de ese petróleo no es técnica, energética ni económicamente extraíble, ni que otra parte no debería ser quemada si se pretende evitar un colapso climático irreversible.

La historia enseña que los imperios no colapsan cuando se quedan sin recursos, sino cuando persisten en organizarlo todo en función de ellos. Roma no cayó por desconocer sus límites, sino por intentar gobernarlos mediante la fuerza. El petróleo ocupa hoy el lugar que ocuparon el grano, el botín y la expansión territorial: es el sostén material de un orden que ya no puede reproducirse sin violencia. La diferencia es decisiva: el límite contemporáneo no es regional ni político, sino planetario.

Desde la ecología política, asumir este diagnóstico implica rechazar dos falsas salidas. La primera es la ilusión tecnocrática de que una nueva fuente energética permitirá sostener intacta la lógica de acumulación y dominación. La segunda es el repliegue autoritario que, frente al agotamiento, opta por asegurar el acceso a los recursos mediante la coerción, la guerra y la negación sistemática de la realidad biofísica.

Frente a ambas, la única salida histórica es política. No se trata de gestionar mejor el colapso ni de administrar el último tramo del petróleo, sino de disputar el sentido del futuro. Aceptar el límite no equivale a resignación, sino a abrir la posibilidad de otra organización social fundada en la suficiencia, el cuidado de los bienes comunes y la democratización radical de las decisiones sobre el uso de la energía y la materia.

El siglo XXI no enfrenta un problema de escasez, sino de exceso de poder concentrado sobre recursos finitos. Mientras ese poder siga estructurado en torno al petróleo, la negación del clima, la violencia imperial y la devastación ambiental serán inevitables. Romper esa lógica no es solo una exigencia ecológica: es una condición histórica para evitar que el fin del imperio fósil se escriba, una vez más, como tragedia.

La pregunta que queda abierta no es si ese imperio caerá, sino qué fuerzas políticas serán capaces de construir una salida antes de que su derrumbe arrastre consigo a la casa común.