El quinto peronismo, ni neoliberal ni neoextractivista, como única vía para reconstruir un proyecto ecopolítico nacional
Por Carlos Merenson – La (Re) Verde
Introducción
La revista Noticias ha publicado un artículo de Jaime Durán Barba titulado “¿Tiene futuro el peronismo?”, una pregunta que expresa el sentido común dominante que busca clausurar, por agotamiento o irrelevancia, la experiencia peronista. La respuesta que propone Durán Barba es conocida: reducir al peronismo a su matriz sindicalista moderada, explicar sus desvíos posteriores como deformaciones ideológicas y, finalmente, sugerir que su futuro dependería de regresar a esa normalidad perdida. Este texto se sitúa en la dirección opuesta. El peronismo sí tiene futuro, pero no en la restauración de sus viejas formas, sino en la recuperación de una parte de sí mismo que ha sido sistemáticamente desoída: su dimensión ecopolítica. Ese componente —que Perón consideraba vinculado a un “peligro mayor” que amenazaba la supervivencia de la humanidad— obliga a pensar el porvenir del movimiento en términos que exceden lo partidario y se adentran en la relación entre sociedad, técnica y naturaleza.
Responder a la pregunta planteada por Durán Barba exige ir más allá de las genealogías tradicionales. A lo largo de su historia, el peronismo ha sido interpretado mediante diversas tipologías, entre ellas las de Alejandro Horowicz y Juan Carlos Torre, que permiten entender el movimiento en clave histórica y organizativa. Horowicz identifica cuatro grandes configuraciones que marcan rupturas profundas en el vínculo entre Estado, sociedad y poder popular: el peronismo fundacional que crea una nueva arquitectura estatal; el peronismo proscripto que reorganiza la resistencia bajo hegemonía sindical; el peronismo del retorno, atravesado por la guerra interna; y el peronismo de la descomposición, cuando el movimiento pierde coherencia estructural. Torre, por su parte, no periodiza por etapas, sino que examina los compartimientos internos —el sindical, el político, el social y el estatal— y las tensiones que moldean su persistencia incluso en escenarios adversos.
Sin embargo, pese a su valor interpretativo, ninguna de estas lecturas permite vislumbrar la posibilidad de un quinto peronismo. Ni la periodización histórica de Horowicz ni la anatomía organizativa de Torre incorporan un aspecto decisivo del pensamiento de Perón: su legado ecopolítico. Ese corpus, formulado tempranamente y explicitado con claridad en los años setenta, fue marginado durante la democracia y permanece ausente en las grandes genealogías del movimiento. Hoy, en un presente marcado por la devastación ecológica, el colapso climático y un extractivismo global cada vez más agresivo, aquel legado adquiere una fuerza reveladora. Tal vez sea allí —y no en las continuidades conocidas— donde pueda germinar el quinto peronismo, la única vía capaz de responder a la crisis civilizatoria de nuestro tiempo.
Dos ramas de un mismo desborde: el cuarto peronismo entre neoliberalismo y neoextractivismo
El peronismo en democracia —aquello que Horowicz identifica como el cuarto peronismo— terminó escindiéndose en dos grandes corrientes que, aunque adversarias en su discurso, compartieron un supuesto común: la aceptación plena de la matriz productivista y del patrón extractivo como base del desarrollo nacional. Por un lado, la rama neoliberal, inaugurada en los años noventa, que convirtió al Estado en garante de la desregulación, la privatización y la inserción subordinada en la economía global. Y por otro, la rama progresista–neoextractivista, que recuperó la centralidad estatal y reforzó políticas de inclusión, pero sin cuestionar la lógica estructural del crecimiento basado en commodities, energía fósil y enclaves extractivos.
Si la comparación se realiza entre el peronismo neoliberal de Menem y el peronismo progresista-neoextractivista de los Kirchner, la distancia doctrinaria es evidente. El menemismo consumó una ruptura abierta con el ideario original: subordinación al orden neoliberal global, privatizaciones masivas, desindustrialización, pérdida de autonomía y retroceso histórico en justicia social. El kirchnerismo, en cambio, recuperó elementos centrales de la tradición nacional-popular —reconstrucción del Estado, redistribución, cierta autonomía frente a organismos internacionales— y por eso resulta más próximo al espíritu del primer peronismo. Sin embargo, su modelo de acumulación profundizó una matriz dependiente y extractivista, en tensión con las advertencias de Perón sobre conservar “con uñas y dientes” los recursos del Tercer Mundo frente a los monopolios y al productivismo irracional. Por eso, aunque el kirchnerismo se ubica más cerca del ideario original que el menemismo, ninguno de los dos encarna plenamente el proyecto peronista cuando se lo lee desde una perspectiva que incorpore la cuestión ecológica, la soberanía material y la autonomía tecnológica que Perón consideraba pilares de la Nación.
Ambas corrientes, a su modo, quedaron atrapadas en la arquitectura global que subordina a los países periféricos a la exportación de naturaleza barata y a la dependencia tecnológica y financiera. En ninguna de ellas el legado ecopolítico del tercer peronismo —sus advertencias sobre los límites naturales, la irracionalidad del despilfarro y la necesidad de autonomía material— encontró un cauce real. La disputa interna del cuarto peronismo quedó así encerrada en un falso dilema entre mercado y Estado, mientras el mundo atravesaba un deterioro ecológico acelerado que desbordaba esas categorías y exigía un cambio de paradigma.
Una lectura frecuente, expresada por consultores como Jaime Durán Barba, sostiene que el peronismo perdió su identidad cuando el kirchnerismo se apartó del paradigma industrialista y abrazó un “facilismo” sostenido por subsidios, clientelismo y capitalismo de amigos. Esta mirada, que interpreta la crisis del movimiento como una deriva moral o de valores, omite el trasfondo material de la época: la reestructuración global que: desplazó industrias, consolidó el extractivismo y redujo drásticamente los márgenes de autonomía nacional. Al atribuir el declive del peronismo a la corrupción o a los excesos de una etapa, deja fuera el dato decisivo: el movimiento no supo procesar la mutación histórica del capitalismo, su dependencia creciente de recursos naturales y la irrupción de los límites ecológicos. No fue la pérdida de virtudes lo que desorientó al peronismo, sino la continuidad acrítica del productivismo en un mundo que ya había cambiado de suelo.
Esta fractura interna dejó un vacío doctrinario que hoy pesa sobre el movimiento: ninguna de esas dos ramas está preparada para responder a una crisis que combina colapso ambiental, dependencia energética, financiarización extrema y pérdida de soberanía territorial. Esa es la razón por la cual el legado ecopolítico ignorado vuelve a cobrar centralidad, y por la que se vuelve posible —y necesario— plantear la hipótesis de un quinto peronismo capaz de pensar el desarrollo desde la vida, los límites y la justicia ecosocial.
Es en este escenario donde la irrupción de la Nueva Derecha —con su negacionismo ambiental declarado y su ofensiva cultural contra toda noción de límite— tensiona aún más la situación. Porque, al no poder apropiarse de los objetivos ecosociales, solo puede recurrir a su descalificación: no tiene un horizonte alternativo, apenas un rechazo emocional al ambientalismo y una defensa ciega del mercado. Y es precisamente aquí donde el peronismo, si pretende confrontar en serio al experimento anarcocapitalista en curso, debe revisar su propio lugar histórico.
No podrá hacerlo desde la matriz productivista que comparte —con matices— con las variantes neoliberales. La verdadera oposición estratégica no es el rechazo al trabajo o al desarrollo, sino la ruptura con la lógica que subordina la vida al lucro y al consumo. Desde ese punto de inflexión, el peronismo puede recomponer su potencia histórica: no replicando las armas del adversario, sino recuperando una doctrina que ponga límites, cuide territorios y organice la vida. Y es en esa encrucijada donde comienza a vislumbrarse la necesidad —y la posibilidad— de un quinto peronismo.
Hasta aquí hemos visto que las dos grandes clasificaciones del peronismo —Horowicz y Torre— permiten comprender su trayectoria histórica, pero no explican por qué el movimiento ingresó en una deriva productivista que lo dejó sin respuesta ante la crisis ecológica actual. El cuarto peronismo, dividido entre una rama neoliberal y otra progresista–neoextractivista, careció de una perspectiva capaz de pensar los límites materiales del país. Este vacío doctrinario coincide hoy con un escenario global crítico y con la emergencia de una Nueva Derecha negacionista. Lo que sigue explora cómo ese vacío puede transformarse en oportunidad para reconstruir una doctrina peronista desde la ecopolítica y los límites.
Por qué este es el momento más crítico de la historia humana —y por qué allí puede emerger un quinto peronismo
Nunca antes la humanidad había enfrentado una confluencia tan densa y simultánea de crisis. No estamos ante problemas sectoriales ni ante ciclos económicos adversos, sino frente a un verdadero límite civilizatorio: una crisis ecológica global que se superpone con una crisis energética, una crisis de desigualdad, una crisis política de legitimidad y una crisis cultural que erosiona los sentidos más profundos de la vida colectiva. La humanidad ha ingresado en un territorio para el cual las categorías tradicionales de la modernidad ya no ofrecen brújula.
Por un lado, la dinámica entrópica de la economía mundial —esa máquina que exige crecimiento infinito en un planeta finito— ha ingresado en su fase de máximo estrés. La concentración de CO₂, el colapso de los ciclos biogeoquímicos, la pérdida de biodiversidad, la ruptura de los equilibrios climáticos y la expansión de zonas inhabitables ya no son escenarios futuros: son hechos verificables que reconfiguran la habitabilidad del sistema Tierra. Las advertencias de los estudios sobre límites planetarios, de la economía ecológica y de las tradiciones críticas del ecologismo político convergen en un mismo diagnóstico: atravesamos un punto de inflexión histórico, un umbral que definirá el destino humano por siglos.
Por otro lado, las sociedades experimentan una creciente sensación de orfandad política. Las instituciones del siglo XX, diseñadas para un mundo industrial que ya no existe, se muestran incapaces de contener los choques ecosistémicos, moderar la desigualdad o frenar la deriva extractivista. La gobernanza global se disuelve en disputas geopolíticas que aceleran la carrera por recursos críticos; los Estados nacionales, atrapados entre deudas impagables y exigencias de competitividad, profundizan modelos que destruyen sus propios territorios; y las democracias, exhaustas, parecen renunciar a imaginar horizontes transformadores.
En este cruce —el más crítico de la historia humana— se vuelve evidente que no habrá proyecto político viable sin una respuesta ecopolítica profunda. Ningún movimiento, ideología o tradición podrá atravesar el siglo XXI si no incorpora la centralidad de la vida, de los bienes comunes, de la energía, de la naturaleza y de la justicia intergeneracional. El mundo que viene no admite la continuidad automática del productivismo, del desarrollismo ni de las formas clásicas de soberanía desvinculadas de su base material.
Es justamente aquí donde el peronismo enfrenta su prueba más exigente desde 1945. Su potencia histórica —la capacidad de leer la época y articular un proyecto nacional-popular adecuado a sus tensiones— solo podrá reactivarse si asume que la crisis ecológica no es un capítulo más, sino el nuevo suelo de la política. Y, paradójicamente, es en este punto donde su propia tradición contiene una clave olvidada: el legado ecopolítico de Perón, que anticipó el carácter depredatorio del orden internacional, la irracionalidad energética del capitalismo avanzado y la necesidad de defender los recursos naturales como fundamento de la soberanía.
Si este es el momento más crítico de la historia humana, también es el momento en que un “quinto peronismo” puede —y debe— emerger. No como una continuidad mecánica de sus formas históricas, sino como una refundación ecopolítica que reconecte justicia social, soberanía nacional y justicia ecológica. Un peronismo capaz de leer el colapso civilizatorio, de enfrentar la lógica extractiva del orden global y de construir una idea de nación compatible con la vida en un planeta finito.
Porque, si la historia se acelera, también se abren las condiciones para que las viejas tradiciones encuentren nuevos sentidos. Y tal vez, solo tal vez, en esta cornisa de la humanidad, el peronismo pueda reencontrarse con su vocación más profunda: ser una respuesta popular a los desafíos de su tiempo. Hoy, el desafío es la supervivencia civilizatoria. Y allí comienza el quinto peronismo.
El germen ecopolítico del peronismo: una advertencia premonitoria
Si las grandes taxonomías del peronismo —la periodización histórica de Horowicz y la anatomía organizativa de Torre— permiten comprender la trayectoria del movimiento, también dejan a la vista aquello que ambas dejan por fuera: el legado ecopolítico de Perón. Ese vacío conceptual es decisivo, porque justamente allí se encuentra el hilo que podría abrir la puerta a un quinto peronismo. Un hilo que no responde a una cronología interna del movimiento, sino a una intuición doctrinaria mayor, dispersa a lo largo de décadas y retomada con fuerza en los años setenta, cuando el mundo comenzaba a advertir la magnitud del colapso en curso.
Aunque Perón se interesó en el naciente ecologismo de los años 60 y 70, sus advertencias sobre el territorio, los límites de la modernidad y la crisis del modelo civilizatorio ya estaban presentes en 1949. En La Comunidad Organizada denunciaba la reducción materialista del progreso y advertía que la grandeza humana no podía medirse por los recursos acumulados ni por un desarrollo subordinado al mercado. Allí late la matriz conceptual que vincula comunidad, vida y límites, una visión que cuestiona de raíz el productivismo como sentido común.
Ese hilo doctrinario se profundiza en los textos del retorno: el Mensaje a los Pueblos y Gobiernos del Mundo (1972), la intervención en la IV Conferencia de Países No Alineados (1973) y su obra póstuma El Modelo Argentino para el Proyecto Nacional (1974). En ellos, Perón formula una tesis axial: la cuestión ambiental no es un problema más, sino el verdadero problema, porque expresa el límite histórico del proyecto humano. La advertencia es directa: el planeta no es inagotable; el lucro y el despilfarro no pueden organizar la vida de ningún país; el consumismo y la tecnolatría conducen a una espiral autodestructiva. Es una crítica temprana al paradigma económico hegemónico que consumía recursos, debilitaba autonomías y reforzaba dependencias.
Perón observa que la humanidad transforma sus condiciones de existencia más rápido de lo que puede comprender y que sus decisiones —guiadas por intereses creados y por la ilusión de abundancia infinita— profundizan contradicciones insoportables. No se trata de notas estratégicas aisladas: es una protoagenda ecopolítica, una comprensión anticipada de los límites biofísicos del planeta, de la injusticia ecológica global, de la dependencia tecnológica y de la necesidad de modelos de desarrollo compatibles con la autonomía material de los pueblos.
La recuperación de este corpus no es un ejercicio arqueológico. Fernando “Pino” Solanas, en El Legado, mostró que la etapa final del pensamiento de Perón contiene una comprensión estratégica de la soberanía basada en el control de los recursos naturales, la autonomía energética, la planificación estatal y la ruptura de la dependencia tecnológica y financiera. Solanas identifica allí un proyecto inconcluso, un puente entre el pensamiento tardío de Perón y la formulación contemporánea de un peronismo de la crisis ecosocial global que todavía no encontró expresión política.
Ese fue el germen de un nuevo peronismo: un hilo que conectaba soberanía con cuidado del territorio, autodeterminación con límites ecológicos, justicia social con justicia ambiental. Pero ese hilo fue sepultado por la violencia política, la posterior ofensiva neoliberal y, más tarde, por una democracia que naturalizó la matriz extractiva como parte de su sentido común.
Del legado ecopolítico al peronismo de la crisis ecosocial global
Las intuiciones ecopolíticas del tercer Perón —ya no como una etapa particular, sino como una dimensión doctrinaria transversal— condensan una visión estratégica sobre la relación entre economía, territorio y vida. Allí se gesta la posibilidad de un quinto peronismo: un proyecto capaz de recuperar esta inteligencia política ante la crisis ecosocial global, no como ambientalismo superficial sino como una doctrina nacional adaptada al colapso civilizatorio del siglo XXI.
Las advertencias sobre límites naturales, dependencia tecnológica y consumismo despilfarrador adquieren hoy un carácter premonitorio. La crisis ecosocial global no es un capítulo ambiental: es la fractura estructural de un modelo. Es agotamiento de bienes comunes, inestabilidad climática, desigualdad creciente, financiarización, migraciones forzadas, expansión de enclaves extractivos y pérdida de soberanía material a manos de corporaciones transnacionales y fondos de inversión. Es el límite físico del paradigma industrial productivista, basado en energía fósil, expansión infinita y acumulación sin freno.
Sin embargo, el peronismo democrático —el cuarto peronismo— nunca incorporó este legado como eje doctrinario. La crisis ecológica fue tratada como un costo del desarrollo; la matriz extractiva se volvió sentido común; los modelos que Perón había señalado como irracionales y dependientes se asumieron como inevitables. Así, mientras el mundo entraba en un ciclo de degradación acelerada, el movimiento que había recibido una advertencia temprana se replegó en el esquema clásico —crecimiento, empleo, consumo— sin herramientas conceptuales para enfrentar la complejidad civilizatoria de la época.
Ese repliegue no puede entenderse sin el contexto estructural: la transición democrática heredó un país endeudado, desindustrializado y dependiente de commodities; el boom de materias primas reforzó una cultura de renta fácil; el federalismo fiscal consolidó alianzas con economías provinciales extractivas; el imaginario del “bienestar vía consumo” clausuró toda discusión sobre límites. La tradición doctrinaria quedó reducida a una gramática social-democrática parcial, sin capacidad para cuestionar la matriz energética, el metabolismo material o las nuevas formas de dependencia tecnológica y financiera.
En un movimiento paralelo, las encíclicas de Francisco recuperaron lo que el peronismo había olvidado: la unidad entre crisis ecológica y crisis social, la crítica al paradigma tecnocrático, la denuncia del descarte y la necesidad de una ecología integral. Allí donde Francisco cuestiona el mercado como rector de la vida, resuena el Perón tardío; donde exige límites y responsabilidad intergeneracional, reaparece la Comunidad Organizada como horizonte ético. Esa convergencia exterior al movimiento revela hasta qué punto el legado ecopolítico permaneció vivo fuera del peronismo, mientras su expresión política se aferraba a un productivismo exhausto.
Hoy, justicia social, soberanía nacional y cuidado ecológico no pueden pensarse como agendas separadas. Son la misma agenda. Y si el peronismo aspira a confrontar de manera real al experimento anarcocapitalista en curso, no podrá hacerlo desde la misma lógica productivista que comparte —con matices— con las variantes neoliberales. La disputa ya no es sobre la idea de “trabajo” ni sobre versiones gastadas de “desarrollo”, sino sobre la racionalidad civilizatoria que organiza la vida: una racionalidad que subordina todo al lucro y al consumo, incluso cuando destruye sus propias bases materiales.
Y aquí aparece un punto decisivo: la Nueva Derecha argentina, con Milei a la cabeza, es abiertamente negacionista del colapso ecológico. No sólo desestima la crisis climática y los límites biofísicos; carece de cualquier horizonte que trascienda la rentabilidad inmediata. Ese negacionismo la incapacita para disputar sentidos ecosociales: no puede liderar una transición justa, ni diseñar soberanía energética, ni proponer modelos de bienestar no basados en la expoliación territorial. Su única estrategia es el insulto, la deslegitimación y la ridiculización de toda agenda socioambiental.
En cambio, el peronismo sí podría recomponer su potencia histórica si se atreve a recuperar aquello que lo distinguía desde su origen: un proyecto capaz de poner límites al poder económico, cuidar los territorios, pensar la energía y los recursos como bienes estratégicos, y organizar la vida colectiva desde la justicia social y ecológica. No replicando las armas del adversario, sino proponiendo otra racionalidad. Una racionalidad que el propio Perón anticipó cuando denunció la “irracionalidad del capitalismo tecnológico”, la dependencia energética, la destrucción de recursos y la subordinación del Tercer Mundo al metabolismo voraz de los centros.
Allí, en esa convergencia entre tradición doctrinaria, crisis civilizatoria y ausencia de alternativas reales, surge el lugar posible —y necesario— para un quinto peronismo: el peronismo de la crisis ecosocial global.
El quinto peronismo
El peronismo de la crisis ecosocial global no es todavía un ciclo histórico, sino una hipótesis de futuro. Es la posibilidad latente de que el movimiento reactive el legado doctrinario de Perón frente a los límites del mundo real. Un peronismo potencial que interpela a la tradición desde adentro para abrir un horizonte nuevo en una época donde la supervivencia material del país está en juego.
La Argentina enfrenta un escenario crítico: sin territorios sanos, sin soberanía sobre los bienes comunes y sin freno al saqueo, ninguna forma de justicia social es posible. El movimiento está ante una disyuntiva decisiva: o continuar atrapado en un paradigma productivista agotado, o convertirse en la fuerza capaz de liderar una transición ecosocial que vuelva a unir justicia, soberanía y cuidado de la vida.
Ese quinto peronismo sólo puede construirse sobre cuatro pilares inseparables: justicia ecosocial, independencia económica, soberanía política y prudencia ecológica. Debe ser postextractivista, postproductivista, popular, plurinacional y anticolonial. Necesita recuperar el control estratégico de la energía, del territorio y de los bienes comunes; cuestionar la idea de crecimiento por el crecimiento; y escuchar a los pueblos y comunidades que resistieron donde la política eligió callar.
En esencia, es la reactivación del legado ecopolítico: una doctrina que: reconoce límites, denuncia el consumismo como despilfarro organizado y desconfía de la tecnolatría como falsa promesa de progreso. Con la misma decisión con la que defendió derechos sociales en el siglo XX, el quinto peronismo debe luchar en el siglo XXI por la reproducción de la vida, por una sociabilidad convivencial y por una Nación capaz de habitar un planeta finito sin resignar justicia ni autonomía.
Conclusiones
En definitiva, la pregunta real no es si el peronismo puede simplemente seguir existiendo, sino qué tipo de peronismo queremos que exista. Durán Barba nos advierte sobre su posible extinción si no vuelve a sus fórmulas clásicas. Pero esa visión vuelve a encerrar al movimiento en su pasado: un peronismo sindicalista, vertical, sin proyecto ecológico. Nuestra respuesta va en otra dirección. El peronismo sí tiene futuro, pero sólo si asume el legado ecopolítico que Perón dejó como advertencia estratégica, y si lo convierte en la guía para un proyecto nacional que respete los límites materiales del planeta.
Ese es el desafío del quinto peronismo: reconstruir una identidad que no replica las contradicciones del pasado, sino que las supera. No como una versión nostálgica, sino como una fuerza de transformación capaz de liderar una transición ecosocial, justa y autónoma. Quizás ese futuro ya no dependa de líderes individuales ni de fórmulas electorales tradicionales, sino de una verdadera refundación doctrinaria: para que el peronismo no sólo sobreviva, sino que recobre su potencia moral y política para un mundo en crisis. Porque el verdadero porvenir que merece preguntarse no es el retorno a lo viejo, sino la construcción de un peronismo que sea compatible con la vida sobre un planeta finito.
