Ilustración Sofia Verano

Carlos Merenson

¿Alguna vez has sentido que nuestro modelo de «progreso» no es sostenible? ¿Que la carrera constante por crecer, producir y consumir más nos está llevando a un callejón sin salida? Esta sensación no es una simple intuición, sino la consecuencia de un conjunto de creencias profundas y a menudo invisibles que actúan cual «sistema operativo» de nuestra civilización; el productivismo.

El productivismo se basa en supuestos que hemos aceptado como verdades absolutas:

  • que la naturaleza es un almacén de recursos inagotable,
  • que el crecimiento económico infinito es posible y deseable, y
  • que la tecnología resolverá cualquier problema que surja en el camino.

Sin embargo, estas ideas, que una vez prometieron un futuro brillante, se revelan hoy como obsoletas, peligrosas y casi letales.

El propósito de este artículo es sacar a la luz cinco de los mitos más sorprendentes del productivismo y desmontarlos desde la perspectiva de la Ecología Política. No se trata de rechazar el progreso, sino de redefinirlo, presentando una alternativa coherente, sostenible y, en última instancia, más humana.

1. El mito del Antropocentrismo

La creencia productivista fundamental es el antropocentrismo: la idea de que nos hemos creído el centro de la existencia y que la naturaleza no es más que un almacén de recursos a nuestro servicio. Esta visión, reforzada por una «tradición imperial» de dominación, un legado de colonialismo y conquista que nos enseñó a ver la naturaleza —y a otras culturas— como algo que debe ser sometido y explotado, nos ha permitido saquear el planeta sin considerar las consecuencias.

La antítesis ecologista es el ambiocentrismo. Una visión del mundo que reconoce el valor intrínseco de todas las formas de vida y entiende que la humanidad es solo una parte de una compleja red de interdependencia. Está basada en una «tradición arcadiana» de reciprocidad y cuidado, que evoca un ideal de convivencia armónica con el entorno, viéndonos como integrantes del mundo natural en lugar de amos.

Este cambio de perspectiva es radical. Nos mueve de una lógica de dominio a una de interdependencia y cuidado. Reconocer que dependemos de la salud de los ecosistemas para nuestra propia supervivencia es el primer paso para construir una relación armónica y sostenible entre nosotros y con el resto de la naturaleza.

2. El mito del crecimiento infinito

El productivismo impulsa el crecimientismo: la creencia de que el crecimiento económico continuo constituye el principal objetivo social y equivale automáticamente a bienestar. Bajo esta lógica, la economía debe expandirse sin límites, sin considerar el costo para los sistemas biofísicos que la sustentan ni para la propia sociedad. Este crecimientismo ha sido, desde los orígenes del colonialismo, el motor del extractivismo que se despliega en el Sur Global.

La propuesta del ecologismo es el desarrollo sin crecimiento. Esto no significa detener el progreso humano ni aspirar a una vida de carencias. Significa satisfacer las necesidades humanas y alcanzar el bienestar colectivo sin necesidad de una expansión material constante. No se trata de vivir peor, sino de vivir mejor con menos. Significa invertir en salud, educación y comunidades resilientes en lugar de en la producción de más y más bienes superfluos.

Aunque pueda parecer contraintuitivo, esta idea se basa en una realidad ineludible: nuestra economía es un «subsistema de la biosfera». No puede ignorar los límites físicos de un planeta finito sin provocar su propio colapso y el de los sistemas vivos que la sustentan.

3. El mito de la Tecnolatría

Para sostener el mito del crecimiento infinito en un planeta con límites evidentes, el productivismo necesita una fe ciega en un salvador: la tecnología. Esto nos lleva al tercer mito: la tecnolatría. Es una fe acrítica en que la tecnología es un fin en sí misma y que, inevitablemente, solucionará todos nuestros problemas, desde la crisis climática hasta el agotamiento de recursos. ¿Pero es la tecnología una varita mágica, o una herramienta que debe ser guiada con sabiduría?

La alternativa ecologista es un uso responsable de la tecnología. Esto implica poner la tecnología al servicio de la vida, no al revés. Significa tomar decisiones conscientes sobre qué tecnologías desarrollamos y cómo las usamos, evaluando siempre sus impactos sociales y ambientales y guiándonos por principios éticos y de sostenibilidad.

En un mundo saturado de promesas tecnológicas, este punto es crucial. La tecnología debe ser una herramienta guiada por la ética, no un dogma incuestionable que nos impide afrontar los verdaderos problemas estructurales de nuestro modelo de civilización.

4. El mito del Consumismo

Y, ¿cómo se alimenta esta máquina de crecimiento sin fin? A través de un apetito insaciable. El sistema nos convence de que nuestra identidad depende de lo que compramos, dando lugar al cuarto mito: el consumismo. Este modelo se alimenta de la obsolescencia programada (productos diseñados para fallar), la obsolescencia percibida (modas que nos hacen sentir que lo nuestro ya no vale) y el crédito fácil, generando un ciclo de despilfarro y dependencia.

Frente a esto, el ecologismo propone el consumo responsable. Este enfoque se centra en satisfacer necesidades reales en lugar de deseos creados artificialmente. Prioriza la durabilidad, la reparación, la reutilización y la reducción de nuestro impacto ambiental general. Esto nos libera de la ansiedad de la acumulación y nos reconecta con el valor real de las cosas: su utilidad, su belleza y su capacidad para perdurar.

Este cambio desafía no solo un modelo económico, sino también uno cultural. Implica pasar del despilfarro y la acumulación como símbolos de estatus a un consumo consciente y equitativo, donde el bienestar no depende de la cantidad de cosas que poseemos.

5. El mito del Darwinismo Social

Para justificar la desigualdad y la competencia extrema, el productivismo a menudo recurre al Darwinismo Social, la idea de que la vida es una lucha donde solo sobrevive el más fuerte, naturalizando así la pobreza, la supremacía y la violencia estructural como resultados inevitables.

La antítesis ecologista se centra en la solidaridad, la cooperación y la responsabilidad. Nos recuerda una verdad fundamental que a menudo olvidamos: la cooperación y el mutualismo son principios naturales y esenciales para la supervivencia. Adoptar la solidaridad no es un acto de caridad, sino una estrategia inteligente que fortalece a las comunidades y preserva los ecosistemas de los que todos dependemos.

Repensar el progreso es urgente y posible

Es importante señalar que los cinco mitos aquí desarrollados —el antropocentrismo, el crecimiento infinito, la tecnolatría, el consumismo y el darwinismo social— constituyen solo el núcleo más visible y estructural del imaginario productivista. No obstante, el sistema-mundo que nos conduce al colapso se sostiene también en otras creencias igualmente obsoletas y peligrosas: la ilusión neolítica, que instaló la ficción de una naturaleza inagotable; el militarismo, que normaliza la violencia y llegó a convertirse en motor económico a través del complejo militar-industrial; el fundamentalismo de mercado, que absolutiza la “mano invisible” como solución universal; y el negacionismo ambiental, que cierra los ojos frente a las evidencias científicas más contundentes. Todos ellos conforman un entramado ideológico coherente en su destructividad. La tarea de la Ecología Política es, entonces, desmitificar este edificio cultural en su conjunto, para abrir paso a un horizonte donde la vida, la justicia y la sostenibilidad sean los nuevos fundamentos civilizatorios.

Desmontar estos mitos no significa rechazar la ciencia, la tecnología o el deseo de una vida mejor. Al contrario, la perspectiva ecologista nos invita a redefinir estos conceptos para ponerlos al servicio de la vida, la comunidad y los ecosistemas. Nos muestra que el progreso real no se mide por la expansión material, sino por la salud de nuestro entorno y la justicia de nuestra sociedad.

Abandonar las creencias del productivismo no es una opción, sino un imperativo urgente y estructural. Para entender lo que está en juego, basta con recordar esta conclusión fundamental de la Ecología Política: el crecimiento ilimitado en un planeta finito conduce a crisis múltiples; la abundancia sin equidad es insostenible.

Solo reconociendo esta verdad podremos construir sociedades resilientes, justas y verdaderamente sostenibles. La pregunta que debemos hacernos ahora es: ¿cómo sería nuestra vida cotidiana en una sociedad que midiera su éxito no por la acumulación material, sino por el bienestar de su gente y la salud de sus ecosistemas?

La vida cotidiana, en ese escenario, se vería transformada de raíz.

El trabajo dejaría de ser una condena ligada al sacrificio y la precariedad. Sería una actividad digna y limitada en el tiempo, orientada a satisfacer necesidades reales, liberando horas para la comunidad, el cuidado, el arte y el disfrute. El consumo, por su parte, ya no estaría marcado por la ansiedad de lo nuevo ni por la lógica de lo descartable. Los objetos serían duraderos, reparables, compartidos; símbolos de utilidad y belleza más que de estatus.

En nuestras mesas habría alimentos locales, diversos y sanos, cultivados sin venenos ni explotación. Comer sería reconocernos parte de la tierra y honrar la energía que sostiene la vida. La movilidad estaría organizada alrededor de transportes públicos limpios, accesibles y seguros, que reduzcan la dependencia de combustibles fósiles y devuelvan el aire respirable a las ciudades.

Con menos desigualdad, la convivencia sería más cooperativa y menos violenta. La participación democrática se expandiría a lo cotidiano, y las decisiones colectivas recuperarían el sentido del cuidado mutuo. Y, sobre todo, el tiempo dejaría de estar subordinado a la carrera productivista: habría espacio para el encuentro, la creatividad y la experiencia profunda de lo común.

Este horizonte no es una utopía lejana, sino la consecuencia natural de abandonar los mitos obsoletos del productivismo. Es la promesa de una sociabilidad convivencial, de un buen vivir posible aquí y ahora, si elegimos medir el progreso no por lo que acumulamos, sino por lo que cuidamos y compartimos; valer por lo que somos y no por lo que tenemos.

A primera vista puede parecer imposible, utópico, pero recordemos que, parafraseando a Iván Illich (1978), en el colapso, lo imposible puede hacerse posible y lo utópico, puede revelar su realismo extremo.