Carlos Merenson
El anarcocapitalismo, al pretender liberar al sistema capitalista de toda regulación y llevarlo a su forma más pura, se coloca a contramano de la historia. Esta doctrina parece ignorar que el capitalismo tardío atraviesa hoy una fase de agotamiento estructural marcada por la crisis ecológica, el incremento de las desigualdades y la erosión de los vínculos comunitarios. La insalvable contradicción capital–naturaleza evidencia que un modelo basado en el crecimiento ilimitado resulta insostenible en un planeta finito.(ver: LA COMUNIDAD ECOSOCIAL: UNA ALTERNATIVA POSCAPITALISTA)
Cuando un sistema complejo, como lo son las sociedades humanas, llega a ser tan críticamente inestable que de una manera u otra tiene que iniciar un proceso de cambio, se dice que ha arribado a su punto de caos; a partir del cual, cualquier intento por regresar al modelo anterior de organización o funcionamiento no resulta posible,[1] de allí que, en el punto de caos al que nos aproximamos intentar no solo mantenernos en la misma senda sino radicalizarla y acelerar solo puede precipitarnos hacia la decadencia.
Tal es la prédica del anarcocapitalismo: eliminar regulaciones y al Estado mismo, confiando ciegamente en el mercado no haría sino profundizar las crisis ecosociales, acelerando la degradación de los ecosistemas y agravando la conflictividad social. Lejos de constituir una alternativa viable, el anarcocapitalismo representa una radicalización de un sistema en declive, incapaz de dar respuesta a los desafíos históricos de nuestro tiempo, que exigen, por el contrario, avanzar hacia formas de sociabilidad convivencial y hacia la construcción de comunidades ecosociales orientadas por la justicia social y el respeto de los límites biofísicos.
La defensa fundamentalista del sistema capitalista por parte de los economistas libertarios expresa una profunda confusión entre economía y crematística, en el sentido aristotélico del término. Al reducir la disciplina al mero arte de hacer dinero, ignoran que la economía, como ciencia social, se ocupa de la organización de los recursos para la satisfacción de necesidades colectivas en un marco de instituciones, normas y límites materiales. Esta visión crematística, propia del anarcocapitalismo y del neoliberalismo, absolutiza la lógica del mercado, identifica el valor con el precio y desconoce tanto el papel de los bienes comunes y del trabajo no remunerado como los límites biofísicos que condicionan toda actividad productiva. En consecuencia, más que una comprensión rigurosa de la economía, lo que ofrecen los libertarios es una ideología monetarista que niega la historicidad, la politicidad y la base ecológica de los procesos económicos.
El anarcocapitalismo puede interpretarse entonces como un desesperado intento de resucitar un sistema que agoniza. Lejos de constituir una alternativa innovadora, representa la radicalización de un capitalismo que atraviesa un proceso de agotamiento histórico marcado por la crisis ecológica, la desigualdad social y la erosión de los vínculos comunitarios. En una verdadera actitud mesiánica y anacrónica el anarcocapitalismo pretende devolver vida a un sistema cuya lógica productivista y crematística ha demostrado ser incompatible con los límites biofísicos del planeta y con las condiciones mínimas de justicia social.
[1] Laszlo, E. (2006). El Punto de Caos: El mundo en la encrucijada. Hampton Roads Publishing Company
